Si quieres, puedes leer el primer capítulo.

El siguiente día fue muy especial: llegamos al Gran Lago sagrado ruso, el majestuoso Baikal. Este lago contiene la reserva de agua dulce más grande del planeta y mide más de 40 km de ancho y poco más de 650 km de largo. Su profundidad supera los 1620 metros, lo que le convierte en el más profundo del mundo. Hemos entrado en las vías del “Circum Baikal” y nuestro tren comienza a rodar a muy baja velocidad por las antiguas vías del “Transiberiano”, entre Sludyanka y Puerto Baikal. A mitad de camino organizamos una parada fotográfica cerca de una pequeña aldea con casitas de madera donde podemos estirar las piernas, remojarnos los pies en las frescas aguas del lago…  Algunos incluso se han bañado.

Lago Baikal

 

Al poco rato proseguimos viaje hasta la población de Puerto Baikal donde saboreamos una comida tipo pic-nic, a pie de tren, en la misma estación. Después de un paseo en barco de una hora y de las correspondientes compras y el paseo por la pequeña ciudad, el tren regresa a Sludyanka para retomar la línea principal hacia Irkutsk, donde pasamos la noche a bordo.

Irkutsk (Catedral de la Epifanía, de 1710)

 

Irkutsk es famosa por ser punto de partida de las caravanas que viajaban antiguamente hacia Mongolia y China. A esta ciudad se la conoce como la “París siberiana”, tal vez por su vibrante vida a finales del siglo XIX y principios del XX. Aquí visitamos la parte antigua, con sus casas de madera con bellos ventanales  y hacemos un recorrido por el viejo pueblo de Listvianka. Fue fundada en 1628 como bastión defensivo, aunque su primer nombre era Krasny (que en cirílico quiere decir rojo). Tres siglos después fue el centro del movimiento cosaco siberiano; al final del siglo XIX, ya contaba con algunas industrias mecánicas y ferroviarias.
Después del almuerzo visitamos el Museo Etnográfico donde podemos apreciar la vida y el trabajo en época de los zares, y asistir a un concierto clásico privado en la vieja casa de Marya Volkonsky, donde brindamos al finalizar con una copa de champán ruso al tiempo que cantamos alguna que otra canción.

Típica casa de madera de la población de Listvianka

 

A estas alturas nuestro tren ya se ha convertido en un segundo hogar. La magnífica naturaleza de Siberia se nos muestra hermosa a través de sus ventanillas. Hoy los cocineros se han esforzado y nos han presentado una comida especial. Durante un par de días hemos tenido conferencias y clases de ruso “para salir del paso”. También hemos cruzado el Yenisei cuando hemos pasado por Krasnojarsk, el río más poderoso de los que hay en Siberia y uno de los mayores de Asia.

Uno de los restaurantes del tren

 

Otra noche a bordo del tren aunque en esta ocasión nos han deleitado con una degustación de varios tipos de caviar y vodka ruso, lo que nos ha dado la oportunidad de experimentar la legendaria hospitalidad de este gran pueblo.

Cruzando las planicies de la Siberia Occidental el tren se detiene en Novosibirsk, que con millón y medio de habitantes dicen que es la tercera ciudad de Rusia y la más poblada de Siberia. Su nombre significa “Nueva Siberia” y fue fundada en 1893 como futura sede del cruce del río Obi por las vías del Transiberiano. Paseamos por la ciudad, con sus plazas y grandes avenidas. Vamos al Teatro de la Ópera y entramos en la Catedral de Alexander Nevsky. Además de visitar el Museo de Historia del Ferrocarril, y la “Akademgodorok”, donde se encuentra el Museo Geológico que guarda ejemplares únicos de los minerales de Siberia. Cenamos en un típico restaurante de la ciudad y pasamos una vez más la noche a bordo del antiguo tren de los Zares.

Novosibirsk

 

Al día siguiente nos dirigimos a Yekaterinburgo, capital de los montes Urales. Una ciudad que fue fundada en 1723 por Pedro I El Grande, y donde visitamos la Catedral de la Sangre, construida en el lugar donde los bolcheviques fusilaron el 17 de Julio de 1918 al Zar Nicolás II y a toda su familia. De regreso al tren tenemos la oportunidad de pasar por el obelisco que recuerda el lugar donde en el verano de 1918 fueron enterrados los cuerpos de la familia del Zar. El tren ya está rodando por el continente europeo y nosotros podemos disfrutar del paisaje de los Urales. Pasamos una noche más a bordo del “Zarengold”.

Calle principal de Yekaterinburgo

 

El viaje va llegando a su fin, aunque todavía quedan dos paradas más de gran interés: Kazán y Moscú. Dedicamos todo un día para visitar Kazan, en la República Autónoma de Tatarstan, que ofrece una bella ciudadela, también llamada Kremlin, que ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad en 2000. Kazan es una de las principales ciudades de Rusia, y evidencia la turbulenta historia entre tártaros, cosacos y rusos. Visitamos la mezquita de Qol-Sarif, damos un paseo en barca por el río más grande de Europa, el Volga, y regresamos al tren para cenar ya que sería la última noche a bordo del “Transiberiano”.

Paseo en barco por el Volga

 

Nuestra llegada a la capital rusa es lenta y con mucha nostalgia. Toca despedirse del atento personal del tren que ha cuidado de nosotros durante casi diez días. Una vez en Moscú, Anna, nuestra guía rusa, nos lleva al hotel y una vez finalizados los trámites salimos a visitar la ciudad en el famoso metro de Moscú.

El metro de Moscú es uno de los más bellos de Europa

 

Paseamos por el Kremlin y por el centro de la ciudad, y cruzamos el río Moscova. Pero también podemos ver la orgullosa y moderna Plaza Roja con el mausoleo de Lenin y la Catedral de San Basilio, además del Teatro Bolsoi y otros lugares de interés. Después de cenar con todos los expedicionarios en un céntrico restaurante, realizamos un tour en autobús.
La mayoría de la gente regresa a sus respectivos países de origen, aunque yo decido permanecer dos noches más en Moscú y patear un poco más esta ciudad.
Nuestro viaje en el transiberiano finalizó, pero nos llevamos en la memoria el recuerdo de diez días inolvidables.