A caballo por el Valle de la Muerte

A pesar de los años que han pasado, aún guardo el recuerdo de mi entusiasta profesor de historia y geografía explicándonos apasionadamente sobre lo duro, pero a la vez enormemente cautivante, que resultaba el desierto de Atacama. Recuerdo que a esa edad, acostumbrado a la cómoda vida de ciudad y a las vacaciones en las playas del Mediterráneo, sus descripciones del tipo: “es el desierto más seco del mundo, donde hay lugares donde no ha caído una gota de agua en los últimos cincuenta años”, no resultaban nada alentadoras, y menos como una invitación a conocer uno de los paisajes más fascinantes de Chile. Hoy, veinte años más tarde, las impredecibles circunstancias que suelen conducir nuestras vidas me dan la oportunidad de visitar este impresionante rincón de la Tierra.

Impresionan los paisajes desolados de Atacama por su belleza exuberante

Sentado al lado de la ventanilla del avión, el vuelo al norte de Chile es, además de un regalo para la vista y los sentidos, como regresar por un momento a mi aula y tomar una clase intensiva de geografía. Saliendo de la zona central, uno a uno vamos sobrevolando los conocidos  “valles transversales”, en cuyos suelos viajan los ríos en busca de su destino, el mar Pacífico. Transportan las aguas de deshielo provenientes de la omnipresente cordillera de los Andes que nos acompaña a nuestra derecha durante todo el vuelo.  Al otro lado, el azul profundo del cielo se funde en algún punto lejano en las oscuras aguas del océano Pacífico, cuya costa en ocasiones se alcanza a divisar. “Así de espectacular y caprichoso resulta el trabajo que la naturaleza ha moldeado sobre esta tierra”, recuerdo decir a mi maestro. Con razón los mapuches bautizaron a su tierra con el nombre de “chili”, que en su lengua viene a ser “El fin del mundo”.

Apenas llueve, pero algunas especies vegetales sobreviven en este inhóspito lugar

Pasada la primera hora de vuelo, el paisaje cambia radicalmente a uno de aspecto lunar, donde la monotonía de la tierra de color ocre sólo se ve interrumpida por una docena de impresionantes volcanes de perfectos perfiles cónicos cuyas cumbres permanecen siempre cubiertas de nieves eternas.


Es emocionante observar por primera vez el famoso desierto de Atacama y a su lado el altiplano chileno. La meseta, casi completamente plana y con un promedio de 4.000 metros sobre el nivel del mar, recorre casi mil kilómetros de territorio chileno de forma paralela a la cordillera de los Andes que aquí, en el norte de Chile, está representada por estos gigantes descabezados. Esparcidas en la inmensidad, de vez en cuando se divisan manchas blancas, los salares, en cuyas aguas se refleja la silueta del paisaje. Los oasis, pequeños reductos de vida para quienes han sabido doblegar la adversidad y han encontrado la manera de sobrevivir en estas duras condiciones, se encuentran unidos por lo que desde el aire parecen delgadas y tortuosas cicatrices que desafían la intrincada geografía.

Esparcidas en la inmensidad, de vez en cuando se divisan manchas blancas, los salares

El oasis de San Pedro de Atacama

San Pedro no llega a los 1.000 habitantes y, sin embargo, es el pueblo más poblado de toda la zona altiplánica. Sus calles son estrechas y las casas están construidas de adobe debido a la ausencia de canteras cercanas. El centro, que no es más que un par de calles ordenadas rectangularmente en torno a la plaza del pueblo, concentra la oferta hotelera y de servicios para el turismo, sector que ha tomado inusitada fuerza en los últimos años. Al lado de la mencionada plaza, la hermosa iglesia de San Pedro ha sido declarada Monumento Nacional por el gobierno chileno.

San Pedro de Atacama, el núcleo de población más importante en el desierto

Cruzando el arco de piedra abierto en su coqueto muro de adobe, se accede al interior de la nave, iluminada por una suave luz que se cuela por las ventanas y que da vida a un bonito altar y retablo de piedra tallada, ambos de estilo barroco. A un lado, la imagen de un imponente san Pedro, patrono del pueblo.

Cruzando la calle está el Museo Arqueológico Gustavo Le Paige, nombre del misionero jesuita, de origen belga, que comenzó el trabajo. “Don Gustavo llegó en 1955 para hacerse cargo de la parroquia de San Pedro y, de inmediato, se enamoró de la zona”, dice la guía.  La verdad es que el museo sorprende por la calidad de su muestra. Un entretenido recorrido por su colección de objetos explica la evolución de la cultura atacameña en sus once mil años de vida.

Iglesia de San Pedro de Atacama


Para tener la mejor vista del atardecer, nos acercamos hasta el “Valle de la Luna”, una de las depresiones en la cordillera de la Sal. El lugar se ha hecho conocido entre los visitantes porque, por obra del azar y de la erosión de algunos afloramientos salinos, se ha creado una serie de impresionantes esculturas naturales que sobresalen en un medio que evoca al paisaje lunar. Además, es el lugar perfecto para observar la puesta de sol, cuando las peculiares crestas filosas de los cerros de la cordillera de la Sal dibujan espantagóricas figuras sobre las laderas de sus vecinos y entre los intrincados escondrijos existentes entre ellas.

No es el Sahara. Es el Valle de la Luna de Atacama


Hacia el este destaca el demoledor tamaño del volcán Licancábur que, con sus 5.916 metros de altura, es el más alto de los alrededores. Desde siempre ha sido objeto de veneración por los atacameños, y su cumbre, un altar que los incas utilizaban para realizar ceremonias de culto al Sol.

Salar de Atacama, mucho más que sal

Ya estamos en pie cuando los primeros rayos del sol comienzan a aparecer tras la gran barrera que suponen los volcanes al este. Traen la vida propia de un nuevo día hasta esta colonia de flamencos andinos que observamos en la laguna Chaxas, en pleno salar de Atacama. El espectáculo es genial. A nuestro alrededor, costras de sal se extienden infinitamente hacia el horizonte, sólo interrumpidos esporádicamente por una que otra laguna donde revoltean los flamencos.

Flamencos en la laguna Chaxas

A simple vista, el salar de Atacama parece no tener fin. Son más de 15.000 kilómetros cuadrados, 100 de longitud por 80 de ancho, comprendidos en una depresión que contiene el depósito salino más grande del país. “Y no sólo eso, -dice la guía-, bajo la superficie salina se estima que descansa el 40% de las reservas mundiales de litio, además de potasio y bórax. La Sociedad chilena El Litio explota los recursos mineros, empleando y dando trabajo indirecto a todos los pueblos que se encuentran alrededor del salar.

Los atacameños han sabido adaptarse a las duras condiciones del desierto

Volviendo a San Pedro por la carretera que rodea el salar por el este, la luz del día revela un espectáculo sobrecogedor. Las empinadas laderas del volcán Licancábur caen directamente contra el borde del salar a escasos kilómetros de distancia, creando un desnivel de más de 3.600 metros no visto en ninguna otra parte del país.

Las fumarolas danzantes de los géiseres del Tatio

Un despertador rompiendo estrepitosamente el profundo silencio del desierto nos indica que es hora de levantarse y partir hacia nuestro esperado encuentro con las fumarolas danzantes de los géiseres del Tatio. Pero antes de llegar hasta ellas, tenemos que sufrir dos horas de sacudidas constantes provocadas por los baches y las curvas del camino que nos adentra hasta el interior del altiplano. Cansados del viaje, con esa sensación de apunamiento (mal de altura) rondando nuestras cabezas, al fin llegamos hasta el lugar, una llanura rodeada de altas cumbres andinas.

Pequeñas localidades salpican de vez cuando paisajes sublimes

Llegamos de noche y hace frío. Cuando miro al cielo se me ponen los pelos de punta. Y es que nunca antes había visto un espectáculo igual, con un cielo rebosante de brillantes  estrellas que parecen estar al alcance de nuestras manos.

A medida que el día se va aclarando, antes que los rayos aparezcan por encima de los cerros, se comienzan a dejar ver las fabulosas fumarolas de vapor que alcanzan alturas insospechadas. Nacen de pequeños cráteres situados a ras de suelo y en los cuales borbotea un agua hirviendo a 85 ºC.

La imagen de un turista se adivina entre el humo de los geiseres del Tatío

Respirando con esfuerzo me encaramo hasta la cima de una pequeña colina desde donde tengo una vista panorámica espectacular. Ante mis ojos, una veintena de fumarolas danzan al son que les marca el viento del altiplano, creando un espectáculo completamente fuera de lo común.

Aunque imperceptibles, las mismas fuerzas que han contribuido a formar este altiplano y la cordillera de los Andes siguen empujándose una contra la otra, lenta pero decididamente, causando que la actividad volcánica no cese nunca. Este campo geotérmico, el más alto del mundo y que tiene su fuente a 900 metros de profundidad, donde el magma del volcán Tatio calienta las aguas de algún río subterráneo, son un ejemplo palpable de este hecho.

Géiseres del Tatío

Sea cual sea la explicación para tan extraordinario fenómeno geológico, lo cierto es que el resultado es digno del esfuerzo que lleva llegar hasta él. Remojando nuestros músculos en las aguas termales que se encuentran a un lado de las fumarolas ardientes, reponemos las fuerzas y combatimos el mal de altura que nos afecta a unos cuantos  antes de emprender el regreso.

Ahora sí, ahora podremos ir apreciando lo que la oscuridad de la noche nos ocultó en el viaje de ida a los géiseres. Estamos viajando hacia el oeste, camino de regreso a Calama, y transitamos por esta ancha meseta llamada altiplano que, según contaba mi maestro, “separa el desierto de Atacama de la cuenca amazónica”. Es curioso pero, a pesar de estar sobre los 4.000 metros de altitud, el paisaje hace gala de un verdor inusitado. “Es normal –apunta el guía-, en el altiplano suelen haber lluvias tropicales, en enero y febrero”. Luego, el suelo poroso del altiplano, una acumulación compactada de cenizas volcánicas, filtrará el agua que reaparecerá en el desierto en forma de ríos y salares.

Las llamas, otro habitante de Atacama

Sobre una explanada, un grupo de llamas pasta despreocupadamente ante nuestra presencia. “En la meseta altiplánica ya no viven atacameños –me explica de nuevo el guía-, aquí arriba viven los aymarás, un grupo étnico de pastores, más acostumbrados al frío y la altura, dedicados al pastoreo de llamas y alpacas”.

Dejando atrás el altiplano, volvemos a la monotonía del desierto. Poco antes de llegar a Calama, cruzamos la cuenca casi vacía del río Loa, el más emblemático de los ríos del desierto de Atacama y uno de los más largos del país.

Pozas de agua caliente permiten a los turistas bañarse en pleno desierto

Con la sensación de que me ha quedado mucho por descubrir en esta extraordinaria tierra, no me queda más remedio que aceptar la triste realidad de que ha llegado el fin de mi viaje. Un apretón de manos y un abrazo con mis grandes amigos y acompañantes de aventuras sellan también mi simpatía y amor incondicional por esta tierra a la que he prometido volver. Mientras espero que ello suceda, me conformo defendiéndola y recomendándola a todos los que me preguntan por ella.

Texto: Oriol Puges; Fotos: Jesús P. Sánchez

CÓMO LLEGAR

LAN (www.lan.com y tel. 902 112 424) ofrece vuelos diarios Madrid-Santiago de Chile-Calama. Lo más cómodo para llegar a San Pedro de Atacama desde Calama es tomar un taxi en el mismo aeropuerto.

QUÉ SE DE SABER
Formalidades de entrada. Solamente el pasaporte en vigor.
Cuándo ir. La mayor afluencia de visitantes se registra entre los meses de diciembre y marzo, correspondientes a los meses de verano.
Clima. El típico del desierto. Se caracteriza por una gran nitidez atmosférica, un promedio de doce horas de sol al día, baja humedad relativa (40%), fuerte oscilación térmica entre el día y la noche y precipitaciones muy escasas. Las temperaturas presentan valores extremos de 26 ºC para la máxima en enero (verano) y de -2 ºC para la mínima en junio (invierno).

LA MEJOR MANERA DE EXPLORAR EL DESIERTO
A pie, en bicicleta o a caballo. Es recomendable para descubrir los rincones del oasis de San Pedro de Atacama. También es factible visitar otras atracciones cercanas al pueblo, como el pukara de Quitor y el Valle de la Muerte, ambos a sólo tres kilómetros de San Pedro. Para los más aventureros es posible también caminar o pedalear hasta el Valle de la Luna, a 15 kilómetros de San Pedro.

QUÉ VER
San Pedro de Atacama. Este pueblo de origen prehispánico es pequeño y su entramado rectangular posee angostas callejuelas. Lo más destacado para visitar aquí son la iglesia de San Pedro, Monumento Nacional, ubicada junto a la hermosa plaza del Pueblo. Casi opuesto a la iglesia, el Museo Arqueológico Padre Le Paige merece una detenida visita. El museo, que lleva el nombre del misionero belga que lo creó, muestra la evolución de la cultura atacameña en sus once mil años de historia. Exhibe objetos de gran belleza, seleccionados de una colección de 380 mil piezas arqueológicas. Destacan la cerámica, las momias, algunas en extraordinario estado de conservación, objetos de vestimenta y ornato, y tres colecciones de figuras de oro.
Apenas fuera del pueblo, el pukara de Quitor, Monumento Nacional, data originalmente del siglo XII. La fortaleza de piedra fue construida sobre la empinada ladera de un cerro con el objeto de defender el pueblo y los territorios atacameños.
Cordillera de la Sal. Ubicada a lo largo del camino que une Calama y San Pedro. Geológicamente corresponde a un antiguo fondo marino y las capas de sedimentos, normalmente horizontales, aquí aparece verticales debido a los plegamientos de la corteza. Debido a la erosión del viento y el agua, el material blando se contornea creando un asombroso espectáculo de inusitados perfiles, semejantes al espinazo de un dinosaurio.
Valle de la Luna. Incluido dentro de la Cordillera de la Sal, este valle es el lugar preferido para disfrutar del amanecer y sobre todo del atardecer, cuando los cálidos rayos solares caen horizontales, dibujando sombras de peculiares formas con la ayuda de los cerros que le rodean. Recibe su nombre por considerársele tan inhóspito como un verdadero paisaje lunar.
Valle de la Muerte. Incluido dentro de la Cordillera de la Sal, este valle, de color rojizo y manchas blancas (producto de la sal encostrada), constituye un lugar sagrado para los atacameños por albergar un cementerio indígena.
Salar de Atacama. Una de las expediciones más excitantes en la región, el salar se encuentra a 65 kilómetros de San Pedro. A 2.305 metros de altura y con 15.620 kilómetros cuadrados de extensión, este es el depósito de sal más grande de Chile. En la superficie es blanco y rugoso, producto de la sal cristalizada, pero por debajo es un gran lago que sale a la superficie esporádicamente en forma de pequeñas lagunas. Este es el caso de Laguna Chaxa, donde es común encontrar familias de flamencos andinos. Bajo el salar se encuentra el 40% de las reservas mundiales de litio, además de grandes depósitos de potasio, bórax y otras sales.
Géiseres del Tatio. Constituyen, sin duda, el paseo más atractivo de la región. Ubicados a 94 kilómetros de San Pedro, y por encima de los 4.300 metros de altura, los géiseres conforman el campo geotérmico más alto del mundo. Rodeado de altas cumbres correspondientes a la cordillera de los Andes, los géiseres se contemplan mejor al amanecer, cuando desde los cráteres afloran violentos chorros de agua hirviendo y fumarolas de vapor de agua de hasta seis metros de altura.

DÓNDE DORMIR
En San Pedro de Atacama

San Pedro es el pueblo turístico por excelencia de Atacama. No será difícil encontrar un hotel en el mismo pueblo para hospedarnos.
Sin embargo, la mejor alternativa es el Hotel Explora.
En esencia se trata de un magnífico hotel construido para relacionar el hombre con la naturaleza. Su equipamiento incluye todas las comodidades requeridas para relajarse y los mejores medios para explorar las tierras de Atacama (caballos, bicicletas, automóviles…).
Información y reservas en:
reservexplora@explora.com
www.explora.com
Una alternativa más económica es el Hotel Terrantai, ubicado en el centro del pueblo, diseñado en estilo atacameño y construido con materiales utilizados en la región. Calle Tocopilla 19.
www.atacamadesert.cl

GASTRONOMÍA
La cocina chilena gira en torno a la carne de vacuno, pollo, pescado y mariscos. Entre las especialidades del país se cuentan la parrillada, barbacoa que en Atacama suele ser de carne de alpaca o llama; las empanadas (masa delgada rellena de carne o mariscos, cebolla, huevo y pasas), el salmón, la trucha y una larga lista de mariscos. Sabrosa también es la cazuela, sopa de carne o pollo acompañada de patatas, calabaza y maíz, el pastel de choclo (un soufflé de maíz con el mismo relleno que el de la empanada), o las humitas, un tamal de maíz envuelto en las hojas de la mazorca. Una comida típica de Atacama son las patatas a la Huancaina (patatas hervidas y cubiertas de una salsa de guindillas y pimiento).
El aperitivo de rigor en Chile es el pisco sour, una bebida típica a base de pisco, destilado de uvas, jugo de limón, azúcar y un poco de clara de huevo. Para acompañar la comida, los vinos chilenos son una excelente alternativa: blancos Chardonnay y Sauvignon Blanc, y tintos: Merlot y Cabernert Sauvignon.

MÁS INFORMACIÓN

Oficina de Turismo de Chile. Lagasca, 88. 28006 Madrid. Tel. 900 102 060

www.sanpedroatacama.com

www.visitchile.org