No puede ser sólo un simple dato o una mera anécdota cuando un pueblo de casi 3.000 habitantes ha recibido la visita de artistas de un prestigio más que reconocido e incluso los ha alojado durante algún tiempo. Estos lugares suelen tener una belleza, una atracción y una vida propia que los hace resaltar sobre el resto. Collioure es uno de esos parajes en los que cuesta definir exactamente qué es lo que seduce al visitante y donde es difícil no quedarse abducido por su encanto. Así, es comprensible que numerosos artistas acudieran a este acogedor enclave situado en la Costa Roja francesa para encontrar una buena fuente de inspiración para sus trabajos.
Son continuos los halagos que recibe el pueblo de Collioure, pero uno de los más destacados salió de las palabras del pintor y escultor francés Henri Matisse con las que sentenció: “No existe en Francia cielo más azul. […] Sólo tengo que cerrar los postigos de mi ventana para conservar en mi alcoba todos los colores del Mediterráneo”. No sólo es su amplia tonalidad lo que destaca, Collioure también muestra con fuerza sus contrastes en los que la naturaleza juega un papel destacado. Bañada por las aguas tranquilas del Mediterráneo, pero a la vez estas aguas se entumecen contra las primeras rocas de los Pirineos dando como fruto un bonito espectáculo natural.

La joya por excelencia de la Costa Roja también fue el regazo de algunos artistas españoles. Hay dos nombres que destacan por encima del resto. El primero, Picasso. El pintor quedó tan seducido por este rincón del litoral francés que acudió a este pequeño pueblo para trazar algunos de los bocetos que, después, utilizaría en sus obras. Pero si hay un nombre estrechamente relacionado con Collioure ese es el del poeta Antonio Machado. Es el símbolo más destacado de aquellos artistas que tuvieron que exiliarse con la llegada del franquismo. Concretamente, Machado cruzó la frontera en un tren el 27 de enero de 1939. Paseando por el cementerio se puede visitar su tumba, que se ha convertido en uno de los lugares más visitados de este pueblo costero francés. Junto a ella se encuentra un buzón donde sigue recibiendo cartas en las que la gente le envía bonitas palabras de pésame, de agradecimiento o de afecto. El detalle no es despreciable ya que cada año recibe miles de epístolas que mantienen vivo el recuerdo del poeta. No es el único modo de homenaje que los turistas realizan a Machado en su tumba. En el que se ha convertido, quizás, en el memorial más importante del éxodo republicano español, la gente también acude a leer versos de sus poemas en el lugar donde yace para mantener encendida la llama de su recuerdo. Incluso hay quién se inclina delante de la tumba como forma de homenaje al exiliado.
A parte de esta estrecha relación con lo que supuso la guerra, el pueblo de Collioure tiene otras vertientes muy recomendables que le dan un encanto único y muy diferenciado. Deambulando por sus calles, realmente se puede apreciar su verdadero carácter y su identidad. Rápidamente, el visitante puede cambiar y andar por dos ambientes distintos, pero que combinados dan como resultado esa atracción que seduce a los sentidos.
La zona costera es uno de los paseos obligatorios a realizar. Es aquí donde se puede captar el diálogo reposado que mantienen las rocas abruptas con las aguas mansas y tranquilas del mar Mediterráneo. Avanzando por el paseo marítimo, no sólo se puede observar el puerto y las pequeñas calas que nos recuerdan que estamos en la Costa Roja, sino que es el dominante e imponente Castillo Real quien reina por encima de cualquier otra cosa. A pesar de que los primeros documentos que hablan de una insipiente fortaleza datan del año 673, la ampliación del castillo, que actualmente se puede disfrutar como fruto de ese pasado intenso, fue más tardía. No fue un cambio fácil para los habitantes porque, para ampliarlo, tuvieron que arrasar parte del pueblo de Collioure. El argumento: se consideraba que el enclave no estaba suficientemente protegido. No fue ni el primer ni el último cambio que sufriría esta construcción. La influencia de la guerra civil española fue tal que, en marzo de 1939, el Castillo Real se transformó en una prisión, convirtiéndose así en el primer campamento disciplinario para los refugiados españoles.

Prosiguiendo por este recorrido por el litoral de Collioure, hay otra parada obligatoria: la iglesia de Notre Dame des Anges, construida en el año 1684. Su campanario alzado casi sobre el mar es uno de los puntos más fotografiados de la ciudad. Quizá es la imagen más conocida de este pequeño rincón francés. Así pues, el Castillo Real y el campanario de la iglesia han forjado la identidad de este pueblo costero.

Avanzando por las calas hacia al norte, queda aún otra pequeña perla para descubrir: la capilla de Saint Vincent. Situada sobre un peñón de rocas oscurecidas por el efecto del agua de mar, este monumento goza de una de las mejores panorámicas sobre Collioure. Si se gira la cabeza a un lado, se pueden divisar los acantilados que quedan escondidos por el Castillo Real y la iglesia cuando se pasea por la playa principal y, de este modo, la capilla ofrece una nueva perspectiva diferente y sugerente mostrando el lado más natural de Collioure. Girándola hacia el otro lado, se tiene un plano general perfecto de la ciudad vista casi desde el mar. El acceso a la capilla sólo se puede hacer por el estrecho paso de un espigón adecuado para el paso de la gente, tal como si se tratara de un abordaje a este peñón. Desde este lugar se experimenta una de las mejores sensaciones que produce la visita a Collioure, que no es otra que la de sentirse invadido por un ambiente de confort personal que invita a pasar un rato sentado y tranquilo en este rincón junto a la capilla. Contemplar Collioure desde la capilla de Saint Vicent es como estar contemplando un cuadro en directo, pero esta vez, plasmado al natural delante mismo de los ojos y en el cual se perciben todos sus olores y sensaciones al momento.

Queda por descubrir la otra cara de Collioure, la interior. Sus estrechas y coloridas calles son lo que distinguen y dan ese carácter especial a este pequeño enclave de la costa francesa. No sólo porque sea aquí donde se puedan encontrar los comercios y los restaurantes, sino porque los callejones tienen su propio encanto. Cada uno es diferente del otro, hecho que invita a pasear y a disfrutar de cada uno de ellos. La combinación de la arquitectura medieval con los edificios del Renacimiento permite hacer una inmersión en un ambiente realmente único y pintoresco.

Una vez abandonada la zona más turística y las calles céntricas, se llega al auténtico corazón de Collioure. Los callejones se transforman por completo. Perdiendo toda comodidad, pero ganando belleza. El empedrado de su pavimento denota el irresistible interés en detener el tiempo para permanecer anclado en un pasado remoto que le da una singularidad característica. La simbiosis culmina con la combinación de la pavimentación antigua con una amplía gamma de colores ofrecida por las fachadas de las casas. Cada una intenta mostrar su personalidad con la decoración exterior. El diálogo de unas viviendas con las otras realza una armonía y una belleza que forma un paisaje visual único. Por todo esto, la única forma de entender lo que captivó a tantos artistas es pasear por las entrañas de un Collioure que, gracias a su originalidad, se ha convertido en el gran atractivo de la Costa Roja.