Quien vaya a Dominica en busca de playas paradisíacas de arenas blancas, aguas cristalinas y palmeras que languidecen sobre la orilla, mejor que no baje del avión. Las playas que encontramos en Dominica son de origen volcánico y, en general, su escasa arena es gris o negra. Sin embargo, a mí Dominica no me cogía por sorpresa. Gracias a diversos artículos que había leído en revistas y libros de viajes, sabía cómo era la isla y conocía lo que era capaz de ofrecerme.

Aldea de la costa oeste

Aldea de la costa oeste

Recuerdo que me desperté temprano (siempre me ocurre lo mismo cuando viajo: retorno a la infancia, me desprendo de las sábanas con una facilidad pasmosa y salto de la cama, pues sé que me espera un día lleno de descubrimientos, diferente e irrepetible). Era sábado y estaba en la capital, Roseau, en día de mercado. Un colorista y tropical plato de frutas (naranja, pomelo, banana, fresas, papaya…) es lo que desayuné aquel día. Y lo hice rápido, debo reconocerlo… Pero es que estaba muy ansiosa por salir a recorrer la capital.
Como cada sábado, los agricultores bajan de las montañas muy temprano a vender sus productos en el mercado. Y la ciudad se llena de movimiento, barullo, color y aromas. Un espectáculo que se repite desde hace siglos. En el antiguo mercado de la capital, Old Market Square, se organizaban antaño las lamentablemente famosas subastas de esclavos, ejecuciones y castigos públicos. Hoy su mercado está emplazado en el otro extremo de la ciudad -en New Market- y sus paradas están repletas de productos de la tierra.

Roseau, New Market

Roseau, New Market

Lo recorro con calma, deteniéndome a cada paso, dejándome mecer al ritmo caribeño. Una ráfaga de vainilla me reclama desde una parada de especies, junto a ella descubro clavo, laurel, nuez moscada, cacao… Una dominiqueña chata y oronda me mira fijamente y sonríe. Está a la espera de mi demanda, lleva un vestido estampado con enormes flores rojas que resaltan sus generosas curvas y está sentada bajo una sombrilla, sobre un cubo invertido. Esparcidas por el suelo, en pequeños sacos, tiene todas sus mercancías. Finalmente decido acercarme y la oigo conversar animadamente con la compañera de la parada de frutas. No entiendo nada, pues están hablando en criollo, una mezcla de francés y africano. Pero al descubrir mi interés por sus productos se dirige a mí en un inglés impregnado de un curioso acento isleño.
Hello, madam. What do you need? Perhaps a few of cocoa beans…? Please, taste them. I´m sure…
Los dominiqueños son amigables y risueños y yo no pude resistirme a su encantadora amabilidad.

Roseau

Roseau

EL ÚLTIMO REDUCTO DE LOS CARIBES
Salí de la capital al día siguiente tomando la carretera Norte, hacia Castle Bruce. Lo primero que llama la atención a medida que uno se acerca por la carretera es la falta de indicaciones; en esta zona, la señalización brilla por su ausencia y uno tiene que orientarse y deducir dónde se encuentra constantemente. Descubrí, una vez más gracias a la amabilidad dominiqueña, que hacía ya rato que estaba en la “reserva del territorio caribe”, en Sineku, un poco más al norte de Castle Bruce.

Territorio caribe, donde viven los indios garifuna

Territorio caribe, donde viven los indios garifuna

Waitukuhuli o «Alto es tu cuerpo» (nombre con el que los caribes conocen Dominica) fue la última isla que perdió el control indio frente al invasor blanco. Los descendientes de aquellos indígenas que recibieron con flechas envenenadas a los visitantes europeos, viven hoy precisamente aquí. Las leyendas sobre su ferocidad y canibalismo mantuvieron a raya a los españoles -que fueron los primeros en pisar la isla-, y ni los franceses, ni los ingleses después, pudieron tampoco dominar su territorio. Finalmente fueron éstos últimos quienes acabaron negociando -en su calidad de últimos administradores coloniales-, y establecieron una “reserva” para los indios caribes, en 1883, como condición para concederles la independencia.

Garifunas, supervivientes de los genuinos pobladores de la isla

Garifunas, supervivientes de los genuinos pobladores de la isla

El territorio caribe se extiende a lo largo de la costa Atlántica ocupando una superficie de casi 1.500 hectáreas, y en esta tierra de afilados acantilados reside hoy el mayor grupo de supervivientes de un pueblo que antaño dominó una zona comprendida entre Venezuela y Puerto Rico. Poco queda ya de aquellos expertos y temidos navegantes, capaces de someter a los arahuacos de todas las Antillas, y menos aún de aquellos indomables guerreros que los españoles confundieron con caníbales. Hoy los caribes de Dominica prefieren ser llamados garifunas y son, en su mayor parte, agricultores dedicados al cultivo del coco, la banana, las papayas o a la artesanía y confección de cestos y sombreros de caña, o diestros constructores de canoas. En la actualidad poseen un gobierno propio, que eligen cada cinco años, para preservar sus leyes y costumbres.

Indígena garifuna

Indígena garifuna

PARQUE NACIONAL DE TROIS PITONS
Acompañada por un guía ocasional, decido otro día acercarme al Parque Nacional de Trois Pitons. Esta excursión hay que hacerla bajo al tutela de un guía local. Llegamos sorteando los hoyos de la carretera hasta la entrada misma del parque. Hemos dejado atrás el asfalto y nos adentramos en un mundo vegetal, de infinitas tonalidades de verdes. John, mi guía rasta, sigue tarareando el tema de Bob Marley que he ido escuchando durante todo el camino. De momento no me hace mucho caso, sin embargo, según transcurran las horas, su timidez parca en palabras se irá transformando en una verborrea imparable que mis oídos, ávidos de conocer más datos sobre la isla, escucharán encantados. La excursión no ha hecho más que comenzar, y aunque me doy perfecta cuenta de que parezco un zombi viviente, no puedo dejar de contemplar el maravilloso paisaje que se va descubriendo ante mis retinas. Dócilmente me dejo guiar hacia la cumbre.

-Shhh! Escucha este maravilloso canto-, me dice Jonh al poco rato.
-Es cierto- le digo-. Hace ya minutos que nos persigue ¿De qué se trata?
-Es el “silbador de la montaña”, un pequeño pájaro- comenta John juntando las manos e intentando dibujar en el aire su tamaño.
El trayecto hacia Boiling lake transcurre por un sendero poblado de arbustos y de los enormes gomeros, estos inmensos árboles cubiertos casi en su totalidad por distintas variedades de plantas, entre las que resaltan los párasitos helechos que, abrazados, ascienden hasta sus copas, dando al conjunto un aspecto fantasmagórico. A medida que vamos subiendo los árboles se van tornando más pequeños, raquíticos. Me encuentro en un mundo mágico y enano, un mundo de duendes. Finalmente alcanzamos la cima de Morne Nichols.
El paisaje cambia de pronto. El verde deja paso al gris y las fumarolas salen de la tierra echándonos su aliento de fuego. A medida que avanzamos se puede percibir con más claridad el sonido del vapor, de las emanaciones sulfurosas. Hace un calor infernal y me cuesta respirar.
-Mi querida amiga, hemos llegado al Valle de la Desolación-.
A mí no me cabe la menor duda.

Boiling Lake

Boiling Lake

Tras la erupción volcánica de 1880 el suelo es una especie de superficie sulfurosa en tonos ocres, árida, prácticamente nada crece en su superficie, los gases subterráneos no se lo permiten y todo recuerda la imagen que tenemos de un paisaje lunar. Rodeamos la colina y llegamos al fin a Boiling lake, sin duda una de las maravillas naturales del Caribe y el segundo lago de cráter más grande del mundo. Al principio, la espesa niebla gris de la fumarola que emana el lago no me deja ver su interior; el viento, a golpes intermitentes, concede pistas, hasta que poco a poco se va inclinando y aparecen aquellas turbulentas aguas blanquecinas rodeadas de acantilados. El Boiling lake en toda su inmensidad, en toda su belleza.

RUMBO A LA COSTA OESTE
Los últimos días en Dominica decido pasarlos en la costa oeste, hacia la segunda ciudad más importante después de la capital, Portsmouth. Alojada entre palmeras, Portsmouth se extiende bordeando el mar a lo largo de la bahía de Prince Rupert’s, enclave estratégico y parada durante siglos de explotadores, piratas y comerciantes en busca de descanso, agua fresca o madera para intercambiar con los indios caribes. El visitante actual puede encontrar múltiples servicios y comodidades en Portsmouth: bancos, agencias de turismo, iglesias, una gasolinera, un hospital, bares, restaurantes, casas de huéspedes y hoteles. Y si coincide su estancia en sábado, puede darse una vuelta por el mercado, al final de Bay Street, donde encontrará deliciosas frutas y vegetales. La ciudad se extiende mirando al mar y en su orilla resulta curioso ver la cantidad de embarcaciones, algunas de ellas tradicionales goletas y balandras, sobre la arena o a pocos metros de la orilla, inclinadas, como adormecidas y olvidadas.
Portsmouth es el lugar ideal para organizar desde allí una excursión al Parque Nacional The Cabrits, un paseo en barca por el Indian river o unas jornadas de submarinismo en Douglas bay.
Había leído que en el Parque Nacional The Cabrits encontraría bosques tropicales, una fortificación militar del siglo XVIII y las vistas más espectaculares de Dominica, así que ascendí hasta el cabo que lleva su nombre, formado por dos volcanes gemelos extinguidos en la actualidad.
Desde allí, en efecto, la perspectiva del mar es sobrecogedora, acantilados que descienden y se sumergen en el Caribe, la línea de la barrera coralina marcando una franja turquesa en el horizonte y una panorámica de dos de las mejores playas de la isla: Portsmouth y Douglas Bay.

Catarata de Trafalgar

Catarata de Trafalgar

No sé cuanto rato llevo buceando, la percepción del tiempo cambia bajo el agua. Sólo oigo mi respiración, y de nuevo el silencio. La luz del sol se filtra descubriendo las caprichosas formas del coral. De vez en cuando, doy un golpe de aletas y avanzo un tramo, pero la mayor parte del tiempo me dejo arrastrar por la corriente, descubriendo a mi paso fortificaciones de coral, praderas de algas, rocas escarpadas y bancos de incontables variedades de peces tropicales.
Unas gafas y un tubo son suficientes para zambullirse en una aventura fascinante al otro lado de la superficie. Corales de tonos ocre, redondos y con aspecto aterciopelado, otros en forma de astas de reno y unas ramas de un intenso tono morado se alzan entre las rocas en un esfuerzo infructuoso de alcanzar la luz solar. En este marco submarino un sinfín de peces tropicales de vivos colores se pasean por su hábitat, completamente ajenos a mi presencia. Nado formando parte de un Universo en perpetuo movimiento, de oscilaciones azules, de falsos silencios, donde todo se mueve al ritmo acompasado de las mareas.
Ha empezado a llover, pero no importa, unos niños juegan en la orilla, indiferentes al chaparrón. De pronto, la lluvia con la misma rapidez que llegó se marcha y la playa de Douglas Bay vuelve a aparecer brillante y luminosa bajo al luz solar. No hay prisa, me dejo absorber por la belleza hipnótica del paisaje, por la calma del ambiente, simplemente observo el ir y venir de las casi inexistentes olas que se acercan a la bahía.
Empieza a caer el sol, el agua pierde parte de su transparencia, convirtiéndose en una balsa de un azul grisáceo, sereno y uniforme. Todo a mi alrededor adquiere entonces la pausada calma del atardecer, los tonos se difuminan poco a poco sumergiendo a Dominica en una luz dorada antes de dejarme entre penumbras. La calma se adueña de toda la isla. Es la hora de partir.

Portsmouth

Portsmouth

Desde el aire Dominica adquiere una nueva perspectiva. Su silueta dentada parece ahora flotar sobre el Atlántico, verde e indiferente. Atrás queda una semana de impresionantes montañas, espesos bosques, húmedas selvas, ríos y más ríos, volcanes, lluvia, acantilados de vértigo, juegos de azul y verde… El otro Caribe.

Por Marco Casiraghi


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QUÉ SABER
Formalidades de entrada. Es imprescindible presentar el pasaporte en regla y el billete de vuelta a nuestro país. No se requieren vacunas obligatorias.
Idioma. La lengua oficial es inglés, aunque la mayoría de sus habitantes hablan en privado una especie de patois francés (criollo).
Clima. Las temperaturas medias oscilan en torno a los 30°C, pudiendo alcanzar en verano unas máximas de 45 a 50°C. La temporada seca va de Enero a Abril, y la lluviosa de Julio a Octubre. La región de Barlovento de las montañas centrales de Dominica es uno de los lugares más lluviosos de la Tierra, las precipitaciones pueden llegar a alcanzar los 10.160 milímetros anuales. Sin embargo la zona Caribe es relativamente seca. Las temperaturas más frías se dan en las tierras altas y montañosas de la isla.
Moneda. La moneda de curso legal es el Dólar Caribeño (Eastern Caribbean Dollar). Los dólares americanos y los cheques de viaje son aceptados en todas partes.

CÓMO DESPLAZARSE
POR LA ISLA

Se puede optar entre tomar un taxi, un minibus o alquilar un vehículo, una motocicleta o una bicicleta. Las tarifas de los taxis son fijas (las marca el gobierno) y figuran en el aeropuerto y en las oficinas de turismo. El trayecto desde el aeropuerto a la capital, Roseau, cuesta alrededor de unos 50 Dólares americanos y dura unos 90 minutos.
El autobús resulta mucho más barato, y también se puede coger en el aeropuerto.
Otra opción es alquilar un vehículo en Canefield, cerca del aeropuerto, o en Roseau. También se pueden alquilar motocicletas. Las carreteras principales son buenas, pero las demás presentan tramos de curvas muy cerradas, abundantes baches y muy pocas señales.
Se Puede solicitar un mapa de carreteras en la Oficina de Turismo de Old Market, en Roseau.

QUÉ SE DEBE VER
En Roseau
La capital, por sí misma, merece una relajada y completa visita. Vale la pena recorrer con calma el mercado público, el nuevo Museo de Dominica, el Morne Bruce o los Jardines Botánicos.

Zona Norte
Reserva de Norther Forest con el pico más alto de la isla, Morne Diablotin. En la reserva hallamos el mejor bosque tropical de toda Dominica, principal hábitat de algunas especies protegidas de loros.
Portsmouth. Es la segunda ciudad más importante de la isla. Ubicada en la zona noroeste, desde allí se puede acceder al Indian River -una excursión en canoa atravesando marismas y pantanos-; al Parque Nacional The Cabrits; al fuerte militar Ford Shirley; construído entre 1770 y 1815, y a la hermosa playa de Douglas Bay.

Costa Este
Acotado por las poblaciones de Sineku, al sur, y Salybia, al Norte, se encuentra el territorio donde viven los indios caribes.
Un poco más al sur del Territorio Caribe nos encontramos con L’Escalier Tete Chien, nombre local de la boa constrictor. El lugar se conoce por ese nombre pues la lava endurecida que desciende por el acantilado se asemeja a una escalera que serpentea hasta el mar.

Zona centro-sur
Emerald Pool. En el interior de un bosque lluvioso, dentro del Parque Nacional de Trois Pitons, encontramos una estupenda piscina natural y una gruta tras la cascada que la abastece.
Las cascadas de Trafalgar Falls -en la zona del Valle Roseau, al noreste de la capital- vierten sus aguas sobre unas balsas aptas para tomarse un baño.
Hay varias excursiones en la isla que deben hacerse con guía: al Boiling lake, al Fresch Water lake, al Boeri lake, a las Victoria Falls y a las Middleham Falls, así como la ascensión al Morne Trois Pitons.

DÓNDE DORMIR
No hay grandes cadenas hoteleras internacionales de lujo, pero sí pequeños hoteles con encanto, refugios, guest-houses y bed and breaffast.

DÓNDE COMER
Guiyave
. En la calle Cork, en Roseau. Restaurante típico de comida criolla, y uno de los preferidos por los dominiqueños.

La Robe Creole. Ubicado en el número 3 de la calle Victoria, en Roseau, ofrece excelentes comidas criollas y mariscos. Aquí tendrá posibilidad de degustar comidas vegetarianas.

River Rock Café. En Trafalgar. Sus especialidades son las ancas de rana y las langostas.

COMPRAS
En los tenderetes de las carreteras o en las tiendas de turistas de Roseau se encuentran típicos y artesanales cestos de bambú, cestas de juncos del Caribe y miniaturas de sus canoas, ron de caña de azúcar y sus tarros de salsa Bello, de especias picantes.

MÁS INFORMACIÓN
www.dominica.dm