El horizonte no tiene fin. Kilómetro tras kilómetro te hipnotiza el más estilizado vacío espacial que se pueda imaginar. El asfalto de la recta carretera arde bajo el sol mientras nos acompaña el clásico paisaje del outback australiano: sedientos eucaliptos enanos, mulgas y otras acacias medio abrasadas; un manto reseco de esa hierba autóctona conocida como “spinifex”, héroe a prueba de bomba de las soledades australianas. Allí donde aparecen gomeros casi difuntos, éstos marcan los cauces invisibles de torrentes secos.

Avanzando en vastedades de vida tan precaria como es el desierto del corazón de Australia, uno mira invariablemente hacia el cielo y éste te hace sentir aún más pequeño. El sol cae a plomo y escasos jirones de nubes peinan un cielo azul pálido que contrasta con los ocres y rojizos de la tierra que cruzamos. Cuando dejas de hablar, oyes el viento golpeando los cristales de las ventanas del Land Cruiser, como si te rogara que le hicieras un hueco en nuestro insólito mundo de aire acondicionado.

¿Qué estoy haciendo en el outback australiano? Pues convirtiendo en realidad un viejo sueño, una extraña promesa.
Años ha, Iñaki y yo, un amigo vasco de la mili, juramos que al fin de la misma iríamos a buscar fama y fortuna al fin del mundo. Pero al licenciarnos, una prima lejana me engatusa para que vaya con ella a México a escribir sobre los huicholes, e Iñaki pierde el oremus con una colombiana que conoce en un “kibutz” de Israel. Más tarde, lo que sé de él es que está intentando vender su moto en Goa, camino de los Mares del Sur. Ni fama ni fortuna parecen sonreírnos. Yo acabo trabajando de camarero en Puerto Vallarta y el chicarrón del norte me escribe diciendo que se gana la vida cazando conejos en algún lugar de Australia. Sin embargo, nuestro pacto resiste los embates del tiempo y veinte años después vuelo a Sidney, dispuesto a cumplir con la vieja promesa.

Curiosamente, en un encuentro regado de cerveza, descubrimos que a nuestra edad ya no nos importa la fama ni la fortuna. Coincidimos en que la primera es ridícula y que después de haber dado tantas vueltas, ya es suficiente milagro que ambos estemos de una pieza. Iñaki se ha adaptado a Australia. Se ha casado con Viky, una guapa muchacha armenia, con la que lleva una empresa de pintura para embarcaciones deportivas. Yo malvivo del periodismo de viajes y aún padezco la resaca de un matrimonio que ha durado un bostezo; pero lo más extraño de todo es que a los dos nos sigue rondando la más infantil de las ideas: ir al fin del mundo.

Asoleándonos en una de esas barcas para turistas que recorren la bahía de Sidney, Viky exclama que estamos perdiendo el tiempo. El famoso puente metálico de la ciudad hace décadas que ya no es el símbolo del país. Le ha arrebatado el honor una atracción mucho más primigenia y atávica. Una maravilla de la naturaleza que simboliza el giro gradual de este país hacia la búsqueda de sus auténticos orígenes. Se trata, cómo no, de Ayers Rock, el Uluru de los aborígenes, el mayor tesoro del desierto australiano.

EL OUTBACK AUSTRALIANO
Para quien dude de la distancia que hemos recorrido, sólo decir que el viaje en tren rápido desde Sidney hasta Alice Springs, a través del desértico Territorio del Norte, dura dos días. En automóvil puede ser más del doble. Nosotros hemos optado por la aproximación más acelerada: avión hasta Alice y, una vez aquí, un Land Cruiser alquilado para acceder a los impresionantes espacios abiertos de la zona. Si miramos un mapa de Australia, veremos que Alice Springs se encuentra justo en el epicentro de este vasto país, la isla más grande del mundo.

Por la carretera se encuentran numerosas señales alertando de la presencia de cangurosAscendiendo Uluru, la montaña sagrada de los aborígenes

El Territorio del Norte es la última frontera australiana. Constituye una sexta parte de su territorio, con una densidad que estremece al europeo acostumbrado a las masas: 0,12 habitantes por kilómetro cuadrado. Alice Springs es la única población importante del árido centro. Una cuadrícula de calles abrasadas por el sol donde todo el mundo va con pantalón corto y conduce un Land Cruiser. La ciudad está a miles de kilómetros de cualquier otra y eso se nota. Sin embargo, no es el lugar soñoliento y olvidado que yo imaginaba. Todo lo contrario. La llegada del turismo masificado generado por el hechizo de Ayers Rock ha convertido Alice en un horno muy cosmopolita.

Autobuses turísticos la inundan a diario, infinidad de pubs ofrecen la cerveza más fría al sur de Singapur, y todos los restaurantes ofertan los bistecs de buey más grandes del hemisferio sur. Sin embargo, cuando se dejan atrás las cuidadas casitas con jardín, aparece repentinamente el outback australiano; aquello que Iñaki y yo veníamos buscando: el fin del mundo.

Y se preguntarán ¿qué es el outback? Literalmente es la zona exterior (out) y trasera (back) de aquello conocido por el mundo civilizado y las prósperas ciudades que levantaron los primeros pioneros de herencia anglosajona que llegaron a Australia. Conceptualmente, no es otra cosa que la región de naturaleza salvaje, la sabana o semidesierto del interior australiano; ese espacio vacío abrasado por el sol, donde sólo crece el eucalipto, la acacia y la spinifex. En este inmenso territorio que recorremos camino de Ayers Rock, hay ranchos tan grandes como toda una provincia española.

 

El desierto rojo sorprende por sus olores y coloresEn Australia viven 300.000 aborígenes

 

Aquí los granjeros usan avionetas para localizar sus rebaños de cientos de cabezas, y los escolares reciben su lección por radio. Por la carretera, pueden pasar horas sin que nada ni nadie reclame tu atención. Cada doscientos kilómetros un asentamiento humano formado por una gasolinera, un hotel y un restaurante, te rescatan de la abstracción y te recuerdan que no estás solo. Es aconsejable no conducir de noche, pues un canguro, una vaca o un caballo deslumbrados por los faros del vehículo pueden producir un accidente fatal.

Los 448 kilómetros que separan Alice de Ayers Rock, circunscrito en el Parque Nacional de Uluru-Kata Tjuta, son más que suficientes para experimentar lo opuesto de aquello que huimos: las aglomeraciones y la presión de una vida mecanizada. Pero nada nos prepara para la visión final que surge de este universo de tierra roja y latentes soledades.

EL SAGRADO MACIZO DE ULURU
Si no estuviera señalizado, la aparición del macizo de Uluru alzándose en la llana nada, sería una experiencia rayana al éxtasis. A pesar de ello, no deja de ser algo tremendamente mágico, inolvidable. Con una altura de 450 metros sobre la llanura de Mulga, y una extensión de casi 9 km en torno a su base, la roca –o más bien el conjunto de ellas–, es realmente impresionante. Sus erosionadas formas nos recuerdan que si hay una tierra antigua, modelada por el tiempo, ésta es sin duda Australia. La evidencia más antigua de vida en el planeta se ha encontrado en ella: fósiles de microorganismos que nacieron hace nada menos que 3.465 millones de años; una fecha que se aproxima de forma extraordinaria a la de la misma creación de la Tierra, hace 4.500 millones de años… Pero no son cifras lo que nos baila en la cabeza, sino la serena rotundidad de que estamos ante un escenario que nos supera, nos embriaga y fascina.

Tras la primera sensación de estupefacción, nuestro grupo se deshace en risas porque todos coincidimos en el deseo de postrarnos de rodillas y reverenciar la vieja roca. Y de hecho no es un mecanismo visceral insólito, pues Uluru es un lugar sagrado para los aborígenes australianos. Y no sólo eso. Para ellos es nada menos que el mismísimo ombligo del mundo.

Los protuberantes y monolíticos contornos de Uluru forman flancos surcados por profundos barrancos que, sin duda, mandan sugerentes mensajes al ser humano. Entre ellos, que uno se lo piense dos veces antes de intentar su empinada ascensión. Al fin y al cabo, el macizo es un altar sagrado, y ¿quien se atrevería a subirse por las columnas salomónicas del altar del Vaticano? Aquí cada sumidero, peñasco, roca, inclusive piedra, camino y torrente, tiene su parte en el universo sagrado de los aborígenes.

No existe una hora del día que la luz no confiera un aire misterioso y extraño al macizo. Sus cambios de color son prodigiosos, dependiendo de la claridad o sombras que planeen sobre el desierto. En días soleados, todos los tonos, del rojo al naranja y el rosado, aparecen sobre sus formas. Con cielo tormentoso o el rielar de la canícula, puede ser negruzca, lila e incluso blanca. Pero el efecto más sorprendente es al atardecer, cuando la llanura ya está a oscuras y la roca todavía recibe los rayos del sol poniente. Entonces parece encenderse entera, ardiendo como una llama sobre la inmensidad del entorno.

Instalamos nuestra tienda de campaña a los pies del macizo para sentir sus latidos de cerca. Al caer la noche, Iñaki y yo encendimos una gran hoguera. Las chicas asaron bistecs con patatas, brindamos con latas de cerveza, también peleamos con los molestos mosquitos… Las noches en Uluru son, si cabe, todavía más mágicas, pues con el descenso de la temperatura parece que te habla la tierra. Desde tiempos inmemoriales, los aborígenes han tenido una aproximación similar con ella, dejándonos uno de los legados más fascinantes que haya ideado pueblo alguno. Éstos creen que en el tiempo primordial del Gran Ensueño, los antepasados totémicos de cada especie –canguros, lagartos, emús y demás–, surgieron del vacío.

Recorriendo el mundo, crearon cada criatura y elemento de la naturaleza, simplemente cantándole a cada paso. Así nacieron las montañas, los ríos, las rocas como Uluru o las Olgas, las dunas y árboles. Todo. Los aborígenes dicen ser descendientes directos de este acto de creación y tener la responsabilidad eterna de perpetuar y cuidar la Tierra. Tienen la obligación de mantener la Iwara –conocida por los blancos como “Trazos de la Canción” o “Rastros de Sueños”–, reflejando así cada viaje de sus ancestros.

ENCENDIDOS CAÑONES ROJIZOS EN TERRITORIO ABORIGEN
Aunque los aborígenes australianos sólo forman el 1,7% del total de la población, en el Territorio del Norte, una de cada cuatro personas es aborigen. Uno sabe instintivamente que este desierto es el último reducto “intocado” que les queda. Y, por ello, se impone ser lo más respetuosos posible con su maravillosa geografía sagrada. Gran parte de esta zona, conocida como el Centro Rojo, es reserva aborigen y hay que saber dónde nos metemos por si es necesario un permiso o, sencillamente, pasar de largo. Para ello, nada mejor que contratar los servicios de un guía aborigen especializado que nos interprete cuanto tenemos a nuestro alrededor.

A nosotros nos acompaña Mutju, un robusto aborigen “angatja”. Solidarizándonos con su reivindicación de que se prohíba escalar Ayers Rock, nos lleva a experimentar otras sensaciones equiparables. Los umbrosos cañones de las evocadoras Olgas o Kata Tjuta –un grupo de 36 monolitos pulidos por la erosión que forman, junto con Uluru, la totalidad del parque–, son otra evidencia física de la proeza de los ancestros en representar la creación. En toda la región parece que la naturaleza sea fruto de un hechizo, aunque Mutju insista que no es más que un ensueño.
Al norte de Ayers Rock, en el Parque Nacional de Watarrka, rompe la tierra el magnífico Kings Canyon, un dramático cañón de 110 metros de profundidad.

El Parque Nacional de West MacDonnell, al oeste de Alice Springs, ofrece un auténtico catálogo de parajes majestuosos. La carretera que lo cruza pasa por un cañón tras otro; por la angosta grieta de Standley Chasm; las piscinas rocosas de Simpsons Gap, o las verticales paredes rojizas de Ormiston Gorge. Redbank y Serpentine requieren de caminatas arduas para poder apreciar su verdadera naturaleza salvaje, aunque la recompensa final siempre es una vista estremecedora, impagable.
No obstante, para nosotros lo mejor acabó siendo la acampada junto a un asentamiento aborigen. Durante varios días Mutju nos enseña cómo encontrar los frutos más alimenticios, cómo seguir el rastro de un canguro o un lagarto, o cómo conseguir miel en los paneles de las abejas más fecundas.

Nuestra última noche en el outback fue impresionante: Mutju nos llevó junto a su clan para compartir una noche de danzas rituales. Los “angatja” se habían embellecido con pinturas corporales y bailaban al anochecer en un cuadro mágico de cuerpos negros y polvo rosado. Durante unos instantes eternos, sentí realmente que me encontraba en los tiempos de la Prehistoria. Iñaki y yo nos intercambiamos una mirada, como si por fin hubiéramos cumplido con la vieja promesa. En el fin del mundo, logramos traspasar el umbral de la Tierra del Ensueño. Todo cuanto éramos desapareció para acabar siendo parte del espíritu del canguro, el lagarto y el emú. En lo más profundo de esta Australia ancestral, hallamos el más íntimo deseo de nuestra juventud: reencontrar las voces de la Tierra y descubrir que somos tan inmortales y únicos como ella.

 

Guia del viajero:

CÓMO IR
No hay vuelos directos de España a Australia. La mejor opción es la que ofrece British Airways (www.britishairways.com), en vuelo compartido con Qantas –vía Londres– a Sydney, a partir de 950 e. Desde Sydney, Qantas tiene un vuelo diario a Alice Springs, capital del Centro Rojo.

 

QUÉ SABER
Formalidades de entrada. Es necesario el pasaporte en regla y un visado de turista para visitar Australia. El visado es gratuito si la estancia es inferior a tres meses.

Cuándo ir. Australia se encuentra en el hemisferio sur, por lo que las estaciones del año son opuestas a las nuestras. A pesar de ello, el clima del Centro Rojo, en el corazón desértico del Territorio del Norte, siempre es seco y las precipitaciones son mínimas. Durante el invierno australiano, de junio a agosto, las temperaturas oscilan entre los 15 y los 20 ºC, con drásticos descensos durante la noche. En verano, de diciembre a febrero, el promedio es de 33 ºC, llegando a menudo a los 40 ºC. Las mejores épocas del año para visitar el país son primavera y otoño.

Idioma. El idioma oficial de Australia es el inglés.

Indicativo telefónico. 00 61.

Precauciones sanitarias. No existe ninguna vacuna obligatoria.

Qué llevar. Es aconsejable llevar prendas cómodas y ligeras, a ser posible de algodón o lino. No hay que olvidar que en el desierto las temperaturas caen en picado durante la noche, por lo que siempre hay que contar con una chaqueta o un anorak. También son imprescindibles un sombrero o gorra, crema de protección solar con el factor más alto, gafas de sol y un buen calzado deportivo.

 

QUÉ VER
En el reportaje nos referimos a tres de los cuatro parques nacionales que se encuentran en el Centro Rojo: Uluru-Kata Tjuta, Watarrka y West McDonnel (falta Finke Gorge). Las Devil’s Marbles no se hallan en la zona mencionada, sino en la región de Barkly, un poco más al norte.

Parque Nacional de Uluru-Kata Tjuta
Este parque, con una superficie de 1.326 km2, alberga el macizo de Ayers Rock (Uluru para los aborígenes), gran símbolo de Australia y uno de los 11 Patrimonios Naturales de la Humanidad cataloga- dos por la Unesco en el país austral. Tiene una altura de 348 m, una anchura de 3,6 km por 2,4 km y su base mide unos 9 km. Sus hechizantes formas son resultado de la erosión causada por el viento, el agua y la arena.
Al oeste de Uluru, a unos 30 kilómetros, aparecen las Olgas, una fascinante colección de monolitos redondeados (el más alto mide 546 m). La población de Yulara, situada al norte de los límites del parque, es el único punto donde se puede encontrar alojamiento.
A un kilómetro de Ayers Rock se encuentra el Uluru-Kata Tjuta Cultural Centre (tel. 8956 3138). Este centro, abierto todos los días de 7 a 5.30 h, ofrece dos exposiciones multilingües sobre la historia y gestión del parque, además de visitas guiadas, tiendas de arte aborigen, un café y una zona de recreo.
El parque está lleno de senderos que pueden recorrerse a pie. Otra forma original de conocerlo es a vista de pájaro, desde una avioneta o un helicóptero.

Información y reservas de vuelos en todos los hoteles de Yulara. El aeropuerto Cornellan, a 5 km de Yulara, recibe un vuelo diario de Alice Springs.

Parque Nacional de Watarrka
Este parque abarca la mitad occidental de la cordillera de George Gill, con una de las vistas más espectaculares del centro de Australia: el escarpado Kings Canyon. El cañón, cuyas paredes verticales pueden llegar hasta 100 m, se abre desde una meseta de piedra arenisca, cubierta en muchos lugares por erosionadas cúpulas.
El Parque Nacional de Watarrka posee la mayor diversidad de plantas del interior del país, algo que puede comprobarse en el Garden of Eden. Además, hay tres comunidades aborígenes viviendo dentro de sus límites, por lo que se precisa un permiso para coger algunas pistas y carreteras. El Kings Canyon Resort ofrece alojamiento, así como información sobre rutas a seguir y vuelos en helicóptero. A menos que forme parte de un grupo organizado, no hay transporte público para llegar al parque.

 

Parque Nacional de West MacDonnell
Situado a los pies de la cordillera homónima, este parque de 2.100 km2 se extiende desde las afueras de Alice Springs hasta el monte Zeil, unos 170 km al oeste. El terreno es particularmente accidentado y posee algunos de los escenarios que más fama han dado al Centro Rojo: Simpsons Gap, Standley Chasm y Finke Gorge. La región consiste en una serie de pronunciadas cadenas de montañas paralelas, con sus correspondientes valles y cañones formados por antiguos ríos. Tiene una gran importancia biológica y humana, con varias comunidades de aborígenes que se pueden visitar. Hay centros para visitantes en Simpsons Gap (tel. 8955 0310) y Ormiston Gorge (tel. 8956 7799). Ambos están abiertos a diario de 5 a 8 h.
La zona más atractiva para realizar trekking es la que recorre Larapinta Trail, todo un clásico para los amantes de largas caminatas, de 240 km de ruta desértica. Los que tengan previsto acampar, deben equiparse en Alice Springs.

 

Devil’s Marbles
Uno de los grandes reclamos del Territorio del Norte, circunscrito dentro de la reserva de conservación natural del mismo nombre, a unos 390 km de Alice Springs. Se trata de un conjunto de formaciones rocosas que, con el tiempo, han sido moldeadas por la erosión, en forma de huevo o esfera. Al este, hay un camping con algunos servicios esenciales. Si no quiere acampar aquí, existe un hotel a 10 km, en el asentamiento de Wauchope.

 

DÓNDE DORMIR

En Alice Springs
La capital del Centro Rojo cuenta con una amplísima oferta hotelera. Destacamos:
Outback Inn Resort. 46, Stephen Rd. Tel. 1800 810 664. Con canchas de tenis y un excelente restaurante.

Rydge’s Plaza. Barrett Dr. Tel.1800 675 212. Bien equipado, con spa y golf gratuitos.
Lasseter’s Hotel Casino. Barrett Dr. Tel. 1800 808 975. Con piscina y salas de juego.

 

En Uluru-Kata Tjuta
En las inmediaciones del parque, Yulara es el único pueblo de la región que ofrece alojamiento y servicios a los visitantes. Los mejores hoteles son:
Desert Gardens Hotel. Tel. 8957 7888. Habitaciones de lujo cerca del centro para visitantes.

Longitude 131º. Tel. 8957 7888. Tiendas de campaña de lujo con magníficas vistas de la roca.
Sails in the Desert Hotel. Tel. 8956 2200. Es el establecimiento más sofisticado del complejo.

 

En Watarrka
Kings Canyon Resort. Tel. 1800 089 622. Todas las comodidades en la naturaleza más virgen.

 

En West MacDonnell
El parque no cuenta con hoteles, pero tiene varias áreas de camping.

 

DÓNDE Y QUÉ COMER
El Territorio del Norte no es el lugar ideal para vegetarianos, ya que la carne es el alimento por excelencia en todos los menús y comidas. Los amantes de grandes bistecs y filetes, en cambio, encontrarán aquí un auténtico paraíso gastronómico. En los centros turísticos se pueden probar especialidades locales como carne de canguro, camello, cocodrilo, búfalo y emu, así como la perca autóctona (trucha criolla), llamada barramundi. Los ingredientes típicamente australianos son las semillas de zarzo y las nueces de quandong y macadamia. La proximidad de Asia ha favorecido la inclusión de muchos platos y sabores del continente vecino en la gastronomía local. De la amplia oferta de Alice Springs recomendamos:

Overlander Steakhouse. 72, Hartley St. Una institución para amantes de toda clase de carnes.

Oscar’s. 86, Todd Mall. Comida italiana y paella.

Jay Jay’s Restaurant. 20, Undoolya Rd. Afortunada mezcla de platos chinos, thai y europeos.
QUÉ COMPRAR
El mejor regalo que uno puede comprar en Australia son sus pinturas y piezas de artesanía realizadas por los aborígenes (ver recuadro). Además de las pinturas contemporáneas, pueden adquirirse los clásicos didgeridoos (instrumento ceremonial), boomerangs (tradicional palo curvado para la caza), tallas de madera, tallas hechas con fuego, artículos confeccionados con fibras vegetales, tejidos y la recientemente incorporada cerámica. Muchas galerías de arte y centros artesanales de Alice Springs están especializados en arte aborigen. Destacan:

Aboriginal Art & Culture Centre. 86, Todd St. Amplia oferta y lecciones de didgeridoo.

Caama Shop. 101, Todd St. Con libros, cd’s y productos con diseños aborígenes.

Jukurrpa Artists. Stott Terrace. Además de comprar, se puede observar a los artistas trabajando.

 

MÁS INFORMACIÓN

www.centralaustraliantourism.com

www.welcometocentralaustralia.com.au

 

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