No hay duda alguna. Si Marrakech, la roja y bereber, la gran vividora, es la que más nombre tiene; si Casablanca ha alcanzado fama mundial gracias al “Tócala otra vez” de Bogart; si los grandes y maravillosos tours por el Gran Atlas convocan a la aventura; si el aroma de otros tiempos conducen nuestros pasos a los bellos pueblitos de Asilah, Chauen y la bella Essaouria, entre otros; Fez es la que permanece ahí, como un secreto a voces entre los buscadores de tesoros.
Siempre que puedo me escapo a Fez. Siempre me recibe con los brazos abiertos. Y siempre me dejo arrastrar por la marea humana que desciende de las callejuelas; perdiéndome bajo las bóvedas, en callejas sin salida con muros ciegos cuyas casas dan, en su interior, a patios tan frescos como oasis; o por entre el barrio de los curtidores, donde los hombres con las piernas desnudas se introducen en grandes cubetas redondas, llenas de un líquido rojo, de pieles que huelen horrible.

Y entonces, al poco rato y desorientado, me siento a beber, sorbo a sorbo, un té ardiendo y muy azucarado, mientras contemplo el hormiguero urbano que se precipita por todos los lados hacia el lecho de un oued hoy día parcialmente recubierto.
Desde el bulevard circular que abarca las colinas cubiertas de pequeños olivos y miserables suburbios se llega a las tumbas merinidas, que se destacan sobre bellas montañas salvajes. Antaño se podía sentar uno en un admirable café moro para admirar el panorama. Actualmente, signo de los tiempos, es desde el gran hotel de los merinidas desde donde se puede ver la ciudad de color leche acostada en el valle como obligada por la frondación de los parques.

Por la mañana, la luz es blanca y recorta grandes patios de sombra sobre kilómetros de murallas ciegas que cierran estrechamente la ciudad. Por la tarde, la ciudad es más rosa.

Un poco de historia
Pero para entender mínimamente lo que la ciudad ha sido y lo que en ella acontece, nada mejor que conocer un poco de su historia. Idris I, descendiente directo de Alí, yerno de Mahoma, huyendo de los califas de Bagdad, vino desde Arabia a instalarse a estas tierras magrebíes, donde al parecer existía ya una modesta población beréber llamada Madinat Fas. En el año 789 fue reconocido imán por las tribus beréberes que aquí habitaban, instalando su capital en la orilla derecha del oued Fas. El Islam quedaba por tanto instalado en Marruecos.

Su ubicación en una hondonada al abrigo de los vientos, la fertilidad de la región y los bosques de cedro del Medio Atlas de los que extraer madera para las construcciones fueron motivos de peso para su elección. Su hijo, Idris II, fundó en la otra orilla del río una auténtica ciudad árabe con todo su refinamiento, y dio la luz verde para la llegada, en el 817, de unas 800 familias hispano-musulmanas procedentes de Córdoba, que fundaron en torno a una mezquita el hoy llamado Adua-al-Andalus, o Barrio de los Andaluces. Años más tarde, Fez dio también cobijo a miles de árabes procedentes de Kairouán (Túnez), quienes también crearon su propio barrio junto a la mezquita Al-Qarawiyyin. Sumados, ambos barrios forman el conocido Fez el Bali, o el viejo.
Luego la ciudad atrajo a un gran número de judíos. Toda esta población extranjera contribuyó, sin duda, a un rápido desarrollo de la ciudad, aportando conocimientos de sus propias civilizaciones. Con menos de cien años de vida, Fez pasó a ser un reputado centro religioso, político y cultural, y sede de la primera universidad del mundo conocido. Doce siglos después, Fez sigue siendo la principal ciudad marroquí desde el punto de vista religioso, intelectual y artístico, con una tradición artesana sin parangón, y una medina declarada en 1976 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Pasear, oler, mirar…
Fez es una ciudad que ante todo hay que “sentir” y aprender a partir desde algunos puntos de observación privilegiados: cerca de la deliciosa plaza en Nejjaarin; bajo las callejuelas cubiertas de esteras de los zocos; en el umbral de los lugares santos como la zauiya de Moulay Idriss; o, tal vez, de la Guelsa, donde el viejo monarca reposó antes de descender la cuesta y escoger el lugar de su capital. Y sobre todo, mirar, mirar…
Para ubicar Fez en su justa geografía es imprescindible realizar un paseo de circunvalación de la ciudad, preferentemente a primera hora de la mañana o al atardecer, para aprovechar mejor la luz sobre la medina. La ciudad está estructurada en tres unidades urbanas perfectamente diferenciadas: la primera es Fez el Bali, la vieja medina árabe, un amasijo de patios, terrazas, zocos, cúpulas y minaretes; próxima a ella está Fez el Jedid, un conjunto trazado en época meriní (siglo XIV), que contiene el viejo barrio judío y el palacio Real; y hacia el sudoeste está la Nouvelle Ville, edificada durante el protectorado francés.

En Fez no hay excusas que valgan; hay que contener la respiración y colarse a otro mundo por alguna de las puertas que abren y cierran Fez el Bali. Es interesante observar el espectáculo de la calle. Espectáculo extraordinario. Aquí todo el mundo se conoce, se saluda, intercambia novedades. Pasan convoys de burros con sus guías gritando una y otra vez: “¡balek!, ¡balek!…
Fez el Bali huele a hierbabuena y a mugre, al jazmín y al azahar que destilan sus perfumistas y a las montañas perfectamente apiladas de clavo, comino, azafrán… de las tienduchas de los zocos en los que no cabe ni un alfiler. La pestilencia del barrio donde los hombres curten las pieles se apaga en los hipnóticos efluvios de los pasteles de hojaldre que salen de sus cocinas y de bollo recién hecho. Pero sobre todo huele a vida.

Pero están las otras dos Fez, quizás no tan fascinantes como la descrita, pero que reclaman nuestra atención. Una de ellas es la Nueva Fez o Fez el Jedid. En su interior se encuentra el barrio judío, o mellah, la palabra árabe que significa “sal”, así llamado porque tradicionalmente los judíos eran los encargados de cortar las cabezas de los enemigos vencidos del sultán y de ponerlas en salazón para ser exhibidas como trofeos a la entradas de la ciudad. Ya casi no quedan judíos en Fez, el grueso de la comunidad emigró a Israel durante la década de los 50.
En contraste con el encanto caótico de la medina, la Nouvelle Ville es una creación típicamente francesa con espaciosas avenidas bordeadas de árboles y un diseño majestuoso. Aquí encontraremos los cafés, los restaurantes y hoteles decentes.
Bien es cierto que no presenta un excesivo interés pero vale la pena perderse unas pocas horas y experimentar en un mismo espacio la magia de un modo de vida a años luz del ritmo medieval de la ciudad antigua.

Fez es una ciudad muy diferente del mundo moderno que conocemos. El asalto a los sentidos que representa es algo tan intenso que uno queda completamente embrujado. Al margen de algunos monumentos bien mantenidos y restaurados, lo esencial de la arquitectura está en grave peligro. Y, aunque se van empobreciendo, esta ciudad, que fue tres veces capital a lo largo de su historia, no deja por ello de ser la ciudad más noble y más cargada de tradición de todo Marruecos.

Por Olga Sunyer
Fotos de Patxi Uriz y Carlos Molina

MONEDA Y COMPRAS
La moneda de Marruecos es el Dirham.. Las tarjetas de crédito se aceptan en la mayoría de establecimientos.
Ir de compras es uno de los grandes atractivos, y de Fez en particular. Destacan los artículos de cuero, bandejas de cobre, teteras, cerámica, vestidos tradicionales, las especias y las alfombras y tapices.

GASTRONOMÍA
Es muy variada. Los platos más comunes son: cuscús (sémola de trigo cocida al vapor de un guiso de cordero aderezado con verduras), mechouti (cordero asado), bastilla (pasta de hojaldre rellena de pichones y almendras), tajine (estofado de carne de cordero, ternera, aves o pescado con diversas guarniciones). El té es la bebida nacional. Se toma a todas horas y en cualquier lugar.

QUÉ SE DEBE VER
En Fez el Bali.
La puerta Bab Bou Jeloud.
Santuario Zaoüia de Moulay Idriss.
Zoco de los tintoreros.
Mezquita de los andaluces.
Medersa el Sahrij.
Mezquita Karaouina. Su biblioteca disponde de 30.000 volúmenes y un Corán del siglo IX.

En Fez el Jedid
Calle Mayor de los Merinidas y Plaza de los Alauitas.
Cerca de Dar El-Makhzen, el palacio real de puertas doradas, se encuentra la calle Bou Khessissat, con sus casas de madera de hierro forjado.
Mellah, el barrío judío.

DÓNDE DORMIR

Les Mérinides. Destaca por vistas espectaculares de Fez el Bali  (www.lesmerinides.com)

Palais Jamais. Anrtiguo palacio rodeado de jardines andalusíes (www.sofitel.com)

Los riads eran frecuentes sólo en Marrakech. Hoy, el éxito de estos hoteles con encanto es tan grande que también podemos encontrarlos en otras ciudades de Marruecos, por ejemplo en Fez. Sugerimos:

Sheherazade. Piscina, hamman, buen restaurante… Catorce habitaciones entre 200 y 600 euros (www.sheheraz.com);  y La Maison Bleue (www.maisonbleue.com)

MÁS INFORMACIÓN

www.turismomarruecos.com