El autor del reportaje en Rodas

Me gusta el mar. Y me gustan las islas. Me gustan las islas no muy grandes, de un tamaño que puede abarcarse con la mente sin grandes dificultades. Me gustan esas islas que caben en un pensamiento, que regalan sensación de isla, que se dejan envolver por el mar como si fueran un paquete para regalo. Son las islas más acogedoras. Se integran en el paisaje marino de forma natural. Y aunque puede que no sean muy grandes, son islas orgullosas.
Rodas es una idea precisa con una chispa de fantasía. Es luz azul, blanca y dorada. Es presente y es una historia trepidante como una película de acción. Y es bastante grande, sin serlo demasiado. Se imagina con facilidad, pero nunca se llega a conocer totalmente. Y eso está bien….

Murallas de Rodas

UN PUERTO COLOSAL, PERO SIN EL COLOSO
La aproximación al puerto de Rodas exhala un aroma solemne. Entre el cielo y el mar, ambos del mismo azul denso y profundo, se extiende una franja dorada, salpicada del verde de la vegetación y del blanco de algunas casas. El aire huele a sal fresca y a pinos. La ciudad medieval emite destellos de luz tostada, impertérrita, orgullosa al paso del tiempo. A un lado, el imponente malecón, hogar de los últimos tres molinos de viento medievales que molían el grano traído por navíos mercantes. En su extremo, como ya despidiéndose de la tierra, la fortificación de San Nicolás, del siglo XV. El viejo puerto, Mandraki, aloja yates, barcas de pesca y toda clase de embarcaciones que hacen las veces de “tren de cercanías” con las islas vecinas, mientras que al otro lado, en una amplia ensenada, cruceros de lujo comparten las aguas con ferries.

Palacio del Gran Maestre, en el punto más alto del puerto. Ya en el mar, los molinos de viento

Pero, ahora que recuerdo, aquí, enmarcando la entrada del puerto antiguo, aquí “falta” algo… Es una de aquellas imágenes que tienes desde niño. Y un día, ¡zas!, por sorpresa, explota en la mente… Debí toparme con una estampa del Coloso de Rodas, no recuerdo cuándo ni dónde, seguramente al consultar un libro de historia o de arte, en mi época de estudiante. Era una figura inmensa, grande de verdad, erguida, con una pierna a cada lado de la bocana de un puerto, a horcajadas. Era tan alta que los barcos le pasaban holgadamente por entre las piernas. Lucía una especie de corona de llamas y asía una antorcha encendida en el extremo de un brazo levantado… Llegados a este punto, es de justicia avisar para evitar luego las desilusiones. El Coloso de Rodas ya no está en Rodas. No está aquí desde que el violento terremoto de 226 a.C. le quebró la rodilla, le flaquearon las piernas, se desplomó y se hizo pedazos. Fue un pena. Tuvo una vida corta. Sucumbió con apenas 78 años. Terminado hacia 304 a.C., ocupaba la entrada del puerto viejo, honrando al dios Sol, como símbolo de unidad del pueblo de Rodas.

Fuerte de San Nicolás, a la entrada del puerto de Mandraki

El Coloso durmió plácidamente por los suelos durante casi nueve siglos, hasta que en 654 d.C., los sarracenos invadieron Rodas, hicieron añicos los restos que encontraron y los embarcaron hacia Siria, donde los vendieron a un rico comerciante judío.

Calle típica de la ciudad vieja

 

EL MAR, LA CIUDAD Y LOS PUEBLOS MEDITERRÁNEOS
Las islas cuidan a sus puertos como si fueran una garantía de supervivencia. Pero a menudo, los puertos son zonas de nadie entre el mar y la ciudad, un lugar donde el brazo de la naturaleza y la mano humana hacen un pulso, ganando y cediendo terreno siguiendo un compás. Así, un puerto como el de la ciudad de Rodas, a veces, parece vivir sobre el mar, y en otras ocasiones, el mar parece ocupar las plazas y las calles de la ciudad.

El imponente malecón, hogar de los últimos molinos de viento medievales

La historia del mar mezcla sus aguas con la historia de las piedras de la ciudad, qué es lo que es gracias al mar.
Por eso, en Rodas, no resulta fácil distinguir la ciudad medieval del mar, en especial al atardecer cuando la luz que ilumina los grandes monumentos se inmiscuye en las aguas del puerto y se disuelve en un espectáculo de luz y sonido, que tiene como telón de fondo los imponentes muros del palacio del Gran Maestre. Y flotando, ondulantes, lamen las aguas y revientan el aire la silueta heptagonal del Mercado Nuevo, con sus cafeterías y restaurantes; la iglesia de la Anunciación, construida por los italianos copiando los planos de la iglesia de San Juan, destruida a mediados del siglo XIX, y el palacio del Gobernador, entre los mástiles de veleros de ensueño y las quillas gráciles de los pesqueros.

En las tabernas se sirve cocina tradicional. El pescado es la gran especialidad

El comercio y la cultura o, simplemente, la ambición y las armas tejieron en la Rodas antigua un patchwork social y cultural único y mareante. Quien en su tiempo tuvo algo que decir, al menos en parte, lo dijo en Rodas. Desde el segundo milenio antes de Cristo, alzaron aquí su voz minoicos y micénicos, dorios, helenos, romanos, bizantinos, sarracenos, venecianos y genoveses, cristianos, otomanos, italianos, alemanes y, finalmente, los griegos. Todos dejaron su huella, algunos de forma leve y otros, quizás, demasiado profunda.

LOS CABALLEROS HOSPITALARIOS Y EL APOGEO MEDIEVAL
Durante la Edad Media, la isla vive una de las épocas de mayor esplendor. En 1308, los hospitalarios –caballeros de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén– arrebatan la isla a los turcos, que no la recuperarán hasta 1522, por el empeño de Solimán II. Bajo el dominio hospitalario, Rodas vivió dos siglos refulgentes y de gran prosperidad.

De aquellos tiempos medievales, la ciudad actual aún exhala un olor acre y dulzón que se desprende de las piedras de sus calles y callejas, de sus plazas y plazoletas y, en especial, de todo su barrio norte, denominado el Castello, que constituía la fortaleza interna de los hospitalarios con sus edificios oficiales, como el hospital de los Caballeros, los albergues o palacios de las siete lenguas (naciones o secciones en que se dividía la Orden, según la procedencia idiomática de los caballeros), y el palacio del Gran Maestre.

Antiguo hospital de la Orden de los Caballeros. Hoy, Museo Arqueológico

El Hospital de los Caballeros, hoy sede del Museo Arqueológico, es quizá el monumento más importante legado por los hospitalarios. Construido entre 1440 y 1484 aprovechando la piedra de una obra romana anterior, es un edificio de carácter severo e irrebatible, diseñado para atender a los peregrinos desvalidos o enfermos y a los cruzados heridos.

Algo más arriba, la empinada calle de los Caballeros reparte a ambos lados los albergues de las siete lenguas, de entre los que destaca el albergue de Francia, además de los de Italia, Inglaterra, Provenza, Auvergne, Aragón y Castilla, construidos con bloques de piedra porosa local y decorados con soberbios blasones. Y, ya al final de la calle, sobre una suave loma, el palacio del Gran Maestre, la joya de la ciudad medieval.

Calle Caballeros, brazo militar del poder eclesiástico

El palacio debía encontrarse en un avanzado estado de descomposición pétrea en 1856 cuando un rayo impactó en el campanario de la vecina iglesia de San Juan, convertido por entonces en el minarete de una mezquita, pues la ciudad estaba bajo dominio turco. El rayo prendió unos barriles de pólvora que debieron quedar olvidados en los sótanos. La explosión hizo saltar la iglesia por los aires, sacudió los restos del palacio y se cuenta que segó la vida de 800 personas. Del palacio quedaron sólo piedras irreconocibles. Sin embargo, años después, ya bajo la dominación italiana, el palacio fue reconstruido completamente con gran esmero y según los planos originales. La entrada principal del palacio queda comprimida entre dos torreones macizos. Tras franquear esta puerta, se accede a un gran patio interior, casi cuadrado, de unos 50 m de lado, donde destaca una robusta escalera y amplios nichos con estatuas de emperadores romanos.

Interior del Palacio del Gran Maestre

 

LINDOS Y LAS  PLAYAS ORIENTALES
Al otro lado de la isla, en la costa oriental, Lindos viene a ser uno de aquellos pueblos que cuando los ves en una revista asegurarías que se trata de un montaje fotográfico. La visión del pueblo es impecable, desparramado con calculada imprecisión sobre un llano e intentando encaramarse por una cuesta suave. Todo parece estar en su sitio. Nada desentona. Todo es tan pasmosamente bello que no parece auténtico. Pero es real y, además, de una realidad tricolor.

 

Lindos resalta sobre el extraordinario azul del mar y al amparo de la rocosa y bien fortificada acrópolis

Asé sería la Acrópolis

Dominan el azul, el blanco y todos los ocres. El azul del mar de su bahía fabulosa realza aún más el cegador blanco de las casas, coronadas por una mole terrosa que aturde y embelesa.
Lindos es pueblo de una sola calle y de numerosos callejuelas, donde la vida empieza en la plaza de la Libertad y cerca de la iglesia de Santa María para ascender, a lomos de asno (el taxi local) hasta la acrópolis. Por el camino, de las rocas brotan preciosas labores de puntillas y mantelerías, que ponen a la venta las artistas del lugar.

Subir a la acrópolis requiere un gran esfuerzo. Muchos lo hacen en burro

Los imponentes muros de la ciudadela de la cima, construida por los hospitalarios, engloban y esconden los restos del templo dórico de Atenea y otros monumentos de gran interés.
Situada a una cincuentena de kilómetros de Rodas, Lindos es el segundo enclave turístico de la isla, pero destila un aire distinto, como más de las Cícladas quizás y no tanto del Dodecaneso, como Rodas. Debe ser por eso que famosos y famosillos han fijado aquí su residencia de verano, que para algunos parece durar prácticamente todo el año.

Bahía de Lindos desde la acrópolis

Toda esta costa oriental de Rodas está salpicada por playas de ensueño, cosmopolitas y de aguas cristalinas entre Faliraki y Haraki, al norte de Lindos, y solitarias e hijas de las dunas, hacia el sur, entre Pefkos y Prasonisi.
La isla del Sol y del espíritu devoto y guerrero de las órdenes militares, después de haber trampeado tantos avatares de la historia, parece encontrarse ahora muy a gusto, descansando indolentemente en la playa, sobre la arena, apostando por mantener remansadas sus aguas turquesas, un sol de justicia y la hospitalidad de sus gentes.

Texto y fotos: Oriol Pugés

CÓMO IR

Primero a Atenas. Desde la capital griega parten los aviones que nos llevarán hasta Rodas.
También desde el puerto del Pireo (en Atenas) hay ferries hasta Rodas.

QUÉ SE DEBE SABER
Formalidades de entrada. Documento Nacional de Identidad.
Moneda. El Euro.
Idioma. El griego. En los hoteles y restaurantes es fácil comunicarse en inglés e italiano.
Clima. La estancia en Rodas es agradable todo el año. En efecto, la isla es una de las más soleadas de toda Grecia. También en invierno el clima es benigno y las precipitaciones esporádicas.

QUÉ SE DEBE VER
En Rodas ciudad
En interesante visitar el antiguo puerto de Mandraki, muy pintoresco con sus embarcaciones de colores y sus molinos. En el extremo del muelle se encuentra el fuerte Agiou Nikolau. Dando la vuelta al mismo, se entra en la ciudad vieja por la Porta Elefterias que, abierta en 1924 por los italianos, da acceso a Collachium (el barrio habitado por los Caballeros). Precisamente frente a esta puerta se encuentran las ruinas del templo de Afrodita (siglo III a.C.)
En la plaza Arghirocastro se encuentra uno de los más antiguos edificios de Collachium: el palacio de la Armería (siglo XIV).
Iglesia de la Virgen del Castillo. Del siglo XI, fue trasnformada por los turcos en mezquita.A continuación se llega a una gran plaza en la que se encuentra el Hospital de los Caballeros, construido para albergar a los peregrinos que regresaban de los Santos Lugares. Inmensa e imponente, es la más importante construcción de los Caballeros en Rodas (de 1440). Actualmente, en este edficio se encuentra ubicado el Museo Arqueológico.
La ciudad turca. En la parte meridional de la ciudad amurallada es particularmente sugestivo el antiguo barrio turco, con casas típicas y bellas mezquitas. Entre las mezquitas destacan: Dzamí Souleïman (Suleimán el Magnífico) e Ibrahim Pasha Dzamí (1531).
En el punto más alto del Collachium el palacio del Gran Maestre.

En Lindos
Lindos es, después de la capital, el pueblo más emblemático de la isla. En la acrópolis se encuentra el templo dedicado a Atenea. Esta zona fue sacada a la luz durante las excavaciones realizadas por unos arqueólogos daneses entre 1902 y 1912. Una larga escalinata lleva hasta el templo, y en sus peldaños, en la pared de la izquierda, está esculpida una nave en relieve. Aquí se reunía el gobierno de Lindos.

LAS MEJORES PLAYAS 

Tsambica. Es la larga y bellísima playa de la parte nororiental de la isla, dominada por una colina sobre la que se encuentra el monasterio homónimo. Desde este punto de la costa en adelante, hasta el extremo final de Prassonissi, lo que vemos es una continua sucesión de playas bellísimas: Charaki, Afandu y Colimbia.

DÓNDE DORMIR

Hotel Rodos Palace (www.rodos-palace.gr). En la misma ciudad de Rodas. Se trata de un gran hotel, con piscinas exteriores, restaurantes, bellos jardines…

Hotel Sheraton (www.sheraton.com/rhodes). En Rodas ciudad.

DÓNDE COMER

Restaurante Nireas (Sofokleous 22). Taberna típìca en el mismo casco antiguo de la ciudad de Rodas. El pescado es delicioso.
Restaurante Alexis. (Sokratou 18). Una de las tabernas más antiguas de la isla. Excelente pulpo a las brasas.

En Odos Sokratou, una de las principales arterias de la ciudad vieja de Rodas, encontraremos una larga lista de cafés y restaurantes.
Mavrikos. En Lindos. Con buena Comida griega e internacional.