En el confín del Antiguo Mundo, allí donde el sol ardiente emerge cada día de entre las olas del océano más dilatado y violento del planeta, una auténtica constelación de islas e islotes (más de 3000 en total), en forma de media luna, llena de montañas y volcanes, conforman un mágico universo. Es el Japón. Cada año, un tifón, un terremoto… asola las orillas del Pacífico, donde se levantan las grandes ciudades.
Lo cierto es que Japón, sobrellevando con valor y fatalismo las leyes de la naturaleza, vivía encerrado sobre sí mismo. A partir de la Segunda Guerra Mundial se produce la explosión. No es que temblase la tierra esta vez, sino que, arrastrados por un impulso comercial irresistible, todas las estructuras sociales, heredadas de milenios de historia, se hundían. Tras haber considerado sus productos como pacotilla, occidente tuvo que rendirse a la evidencia: Japón se había convertido en una potencia mundial de primer orden.

De ello se concluyó que el “viejo Japón”, el Japón sintoísta y budista, tan misterioso, fascinante e incomprensible para las culturas asentadas sobre una lógica formal, había muerto bajo los ardores conjugados de un progreso material.
Nada más lejos de la realidad.
Cuando un occidental lee que el Japón es un país de contradicciones, se irrita porque cree ver en ello uno de los más tópicos prejuicios sobre aquel país. Pero cuando se ve personalmente confrontado con él, invariablemente reacciona de una de esas dos formas más bien insólitas: o escapa, desconcertado y trastornado, o bien se enamora del Japón y de la inagotable capacidad de fascinación que suscita. No hay otra alternativa.

Mucho más pequeño que España, Japón tiene una población tres veces superior. Más de 130 millones de personas distribuidas de forma irregular. Honshu, la isla principal, donde se levantan las ciudades más importantes del país, agrupa más de 70 millones de personas, el resto permanece sino desierto, discretamente poblado.
Hay que planificar bien un viaje a Japón. Hay mucho que ver. Sin embargo, cualquier viaje a este país debe incluir ineludiblemente la visita a la ciudad que mejor representa el Japón milenario, el Japón de los antiguos templos y santuarios. Debe uno, entonces, dirigirse a las llanuras Kansai. Allí sobresale Kioto, la principal ciudad-templo del país y su mayor foco de cultura tradicional.

KIOTO
Kioto es la ciudad japonesa que más fascinación ejerce entre los viajeros. Capital imperial durante más de 1000 años, antes de ceder este honor, en 1868, a Tokio, sigue siendo todavía el corazón de la cultura, el arte y las tradiciones niponas.

Cuando se llega al centro de la ciudad se experimenta una cierta frustración porque uno pensaba encontrar una especie de Florencia asiática: bulevares anónimos, escaparates más o menos rutilantes, fachadas grises… Sin embargo, en los barrios de pequeños restaurantes, de bares y salones íntimos, se puede ver, por la tarde, a auténticas geishas descender de su carromato con mil precauciones, levantar graciosamente su kimono sobre los tobillos y trotar, con los ojos bajos, hacia su cita cercana.

En Kioto, como por arte de magia, muchos de sus edificios han sobrevivido a las guerras civiles y a los otros muchos desastres que han asolado la ciudad a lo largo de su agitada historia. Y también, milagrosamente, no sufrió los bombardeos que hubieron podido asolarla durante la Segunda Guerra Mundial.
Los geomantes del siglo VIII eligieron cuidadosamente el punto exacto en que debía construirse el primer núcleo de la ciudad. Tal como estaba escrito en las antiguas profecías, el lugar tenía que estar encerrado entre montañas y encontrarse cerca de un lago y de un río. Además, claro, tenía que levantarse en un paisaje natural sugestivo y bello.

En el curso del milenio durante el cual Kioto fue la capital, se concentró en ella la mayor parte de las riquezas del país. Aquí, las familias imperiales construyeron sus palacios, los templos y santuarios budistas y sintoístas, adornando la ciudad y las colinas cercanas con fabulosos jardines dispuestos de tal manera que las montañas circundantes cubiertas de nubes se convirtieran en maravillosas escenografías naturales. Aquí se dieron cita los más importantes artesanos del país para satisfacer las exigencias de una casta aristocrática entregada sin reservas al culto de lo bello.

Durante los siglos X y XI, Kioto fue ciertamente una de las ciudades más refinadas del mundo. Hoy, todavía lo es, a pesar de que algunos de sus más grandiosos edificios fueron destruidos durante las luchas internas desatadas en el siglo XV entre las familias más poderosas, que se disputaban la dignidad de shogun, importante título militar.
Hay, pues, que programar muy bien la visita. De lo contrario se corre el riesgo de quedarse saturado de templos. Pensemos que Kioto alberga más de 1.800 templos budistas, cientos de santuarios sintoístas, un montón de villas imperiales y más de 200 jardines clasificados. Efectivamente, visitar Kioto sin reparar en sus jardines sería imperdonable. La esencia de la ciudad y de la cultura japonesa reposa, también, en ellos y son un reflejo de la estética tradicional japonesa.

CÓMO IR
Turkish Airlines (www.turkishairlines.com) ofrece vuelos a Osaka y Tokio desde Madrid y Barcelona con breve parada en Estambul.

QUÉ SABER
Formalidades de entrada. Los ciudadanos de la Unión Europea no necesitan visado. Sólo pasaporte.
Cuándo ir. Lo ideal es en primavera (cielos despejados y cerezos en flor), o en otoño (temperaturas suaves y toda una paleta de color en los campos)
Cómo moverse. La red ferroviaria del país es impresionante. Para trasladarse de una ciudad a otra, nada como el tren bala. Una buena forma de recorrer los más bellos barrios de la ciudad es en bicicleta.

QUÉ VER

Higashiyama o Montaña del Oeste. Aquí se concentran algunos de los templos más hermosos: Sanjusangen-do, construido en 1266, alberga 1001 estatuas de kannon (divinidad budista de la misericordia); Kiyomizu-dera (siglo VIII) es uno de los templos budistas más viejos de Kioto: Desde su veranda de madera se obtiene una buena vista de la ciudad; el santuario Heian, levantado en 1895, posee amplios jardines famosos por sus cerezos y lirios; Ginkaku-ji, de 1489, alberga singulares jardines de arena con esculturas que representan el monte Fuji. También destacan el Pabellón de Plata y el barrio de Gyon, una zona ideal para pasear y disfrutar de la vida nocturna tradicional.
Al noroeste se hallan diversos templos zen de gran belleza, entre ellos el Kinkaju-ji, que en 1950 quedó completamente arrasado por culta de un monje demente. Ha sido reconstruido varias veces, pero siempre aparece luminoso con su revestimiento de pan de oro.
Un paseo por los jardines más célebres de la ciudad debe incluir los templos de Daitoku-ji y Rioan-ji, conocido por su jardín de rocas y arena blanca.
El Castillo Nijo, antigua residencia de un shogun (1603), se alza en pleno centro de la urbe con sus vastos jardines. Nijo ofrece una buena perspectiva de la arquitectura de los samuráis, elegante, simple, con espacios de madera decoradas con pinturas en las paredes.
También el centro se encuentra Ponto-cho, un callejón más bien antiguo y de aire oscuro, que se ha hecho célebre gracias a la película Memorias de una geisha. Las casas de té de Ponto-cho, son famosas por su exclusividad, sobre todo las que dan al río. Con un poco de suerte aquí se ven a las geishas entrar o salir de alguna de estas casas vestidas con sus kimonos y su peculiar caminar a base de pequeños pasitos rápidos.
Al sureste, está Gyon. Es el barrio de ocio de la ciudad. Un paseo diurno permite descubrir tiendas de antigüedades en la calle Shinmozendori. Por la noche, la zona está llena de los animados bares que tanta fama le han dado a esta zona.
Por su emplazamiento en las colinas de la zona sur, tiene especial encanto el santuario Fushimi Inari, uno de los más importantes conjuntos sintoístas de la ciudad.

DÓNDE DORMIR
Para vivir a la japonesa son ideales los ryokan, los albergues tradicionales. Los hay lujosos como Hiiragiya (www.hiiragiya.co.jo) . También están muy bien Yuzuya (www.yuzuyaryokan.com) , junto al parque Maruyama y el Hatanaka. Situado en el distrito de Gyon, en este último la cena viene acompañada de un espectáculo de música y danzas tradiciones en directo con geishas.
Si de hoteles occidentales se trata, el mejor de la ciudad es el Hyatt Regency Kioto (www.kyoto.regency.hyatt.com) Es magnífico, con un servicio muy cualificado.

QUÉ COMER
En los restaurantes no hay que preocuparse si no se habla japonés: basta señalar con el dedo las reproducciones de los platos que se ofrecen en los mostradores. A los famosos sushi y sashimi, conviene añadir la tempura, la sopa de soja o los populares establecimientos de shabu-shabu, donde el propio comensal prepara su fondue con carne y verduras. Debe incluirse la degustación de un kaiseki, conjunto de platos preparados para ocasiones muy especiales que seducen tanto o más a la vista que al paladar.

MÁS INFORMACIÓN
www.kyoto.travel

www.turismo-japon.es