Mi primer invierno en el desierto del Thar, el guardián del palacio de maharajá de Jaisalmer me hizo una extraña promesa. Cada vez que yo llegara a la ciudad, rompería la prohibición de su señor y me llevaría a lo más alto de la fortaleza de los príncipes Bhatti. Allí abriría una cámara que siempre permanece sellada a los visitantes. La estancia es pequeña y sofocante, y aunque sus ventanas dan al este –donde en verano se ven llegar las lluvias del monzón- sus paredes transpiran un olor agrio y triste a excrementos de murciélagos y aleteo de tórtolas.

Pero si uno consigue ahuyentar esta primera impresión, se descubre con gradual asombro que la sala es un tesoro. Las paredes están decoradas  con delicados mosaicos portugueses, el suelo es de un exquisito mármol italiano y una asombrosa serie de miniaturas rajput se expone bajo un cielo incrustado de lapislázuli y diminutos cristales belgas.

Remota e intacta, Jaisalmer es la ciudad más fascinante de la India

Remota e intacta, Jaisalmer es la ciudad más fascinante de la India

No sé porque lo hizo, pero desde luego la promesa no fue realizada al azar. Yo había llegado a Jaisalmer con todo un vestuario de inmaculadas curta-pajamas, confeccionadas en Jaipur, que mandaba planchar cada mañana.

Por supuesto la oferta del guardián tuvo en mi un efecto hispnótico, aunque contrario al previsto. Volvería a Jaisalmer tantas veces como pudiera,  pero no lo haría para deleitarme en sus placeres palaciegos. El motivo lo oculta otra extraña carambola típica del Thar.

Jaisalmer

Jaisalmer

Una noche fui invitado a una casa rajput dentro de la fortaleza de la ciudad. Como es costumbre en el desierto del Rajasthán, a los asistentes se les ofrece dos tentadoras posibilidades de ensoñación : beber cerveza y whisky (escocés, por supuesto), o bien tomar opio. Conociendo la brecha que se produce entre los invitados cuando se ofertan ambas cosas, elegía la segunda opción.

Bajando más tarde en la oscuridad por la cuesta del fuerte que conduce al mercado, oí el sugerente tintineo que producen los aros que llevan algunas mujeres en los tobillos.

Templo y pabellones junto al lago Gadsistar. Jaisalmer

Templo y pabellones junto al lago Gadsistar. Jaisalmer

Todo el que ha vivido en la India sabe lo que significa ese sonido en la noche. Me detuve deleitándome en el viaje que estaba realizando al siglo XII, cuando me encontré a un rostro familiar. Era un hombre bhopa, de la casta hindú de los músicos, tratando de ocultar que detrás suyo llevaba a su hija vestida para bailar. Por derecho inviolable de casta, los bhopa son músicos que tienen prohibido pisar el mercado a la casta de los bailarines. La expresión de mi mirada, que vagaba felizmente por el Medioevo, atemorizó al hombre.  Me prometió que si yo no decía nada siempre sería bien recibido en su casa.

“Y Santos Bailará para Vd” –añadió-. “Sin que deba darme nada a cambio”.

EN CAJAS DE MADERA Y PLATA

En el Thar se dice que uno debe esperar un año sin lluvias de cada dos, y hambre al tercero. Pero aquí la escasez aparente de recursos  ha fomentado otro tipo de riqueza: la más pura e inquietante de las magias.

Mágica es, sin duda, la historia que envuelve a Jaisalmer. El impresionante fuerte de la ciudad lo levantaron los príncipes de Bhatti el siglo XII. Era testimonio de la riqueza que les reportaba estar en la ruta de las caravanas que conectaban la India con Persia y el mar de Arabia. Jaisalmer era un emporio medieval de primer orden en el que se vendían ricas alfombras de Herat, cimitarras de Damasco, finas sedas chinas…

Jaisalmer

Jaisalmer

Pero el articulo más deseado de sus bazares era el amargo y preciado narcótico que se guardaba en cajas de madera y plata hermosamente decoradas: el opio. Su consumo estaba estrechamente ligado a la estilizada vida del Thar. Y, exactamente como hoy, rechazar una invitación a tomar opio era considerado todo un insulto. En dosis doble, los guerreros lo tomaban antes de entrar en combate. En expertas pizcas  lo hacían los artesanos para embellecer los intrincados havelis  o mansiones de la ciudad. Los nobles y mercaderes lo usaban para deleitarse en ellos, y sus esposas lo hacían para mecerse con la brisa del desierto.

La riqueza de vestuario y abalorios de los habitantes del Thar, responde a antiguas señas de casta y tribu

La riqueza de vestuario y abalorios de los habitantes del Thar, responde a antiguas señas de casta y tribu

COMO UNA TAZA EN EL AGUA

Ser un brahmin en la India posee sus innegables encantos. Eres respetado. También tiene sus inconvenientes. Eres un sacerdote o secretario de los dioses; no puedes andar por ahí haciendo el ganso, tienes que fingir cierta actitud digna… Eres rey en los templos, pero fuera de ellos sólo puedes mascullar oscuros mantras y predecir el tiempo. Yo quería más. El maharajá de Jaisalmer fue quien me dio la clave, Un día,  en palacio, para mostrarme la maestría de los talladores de piedra del Thar, levantó en el aire una delicada taza rosácea de arenisca. Seguidamente la lanzó al estanque de una fuente cercana, pero la taza no se hundió. Permaneció flotando mágicamente en el aire.

GALLARDOS RAJPUT. Los antiguos guerreros del Rajastán forman hoy parte de la élite social del Estado.

GALLARDOS RAJPUT. Los antiguos guerreros del Rajastán forman hoy parte de la élite social del Estado.

Sólo hay una casta en la India que conozca el secreto de ser lo que uno se proponga ser, flotando graciosamente sobre las aguas de la vida: los gitanos del Thar o kalbelya. Lógicamente también son la casta más temida. Viven acampados en las afueras de las ciudades y de noche tienen prohibido permanecer en ellas. Son por naturaleza un pueblo itinerante que vaga por el desierto, y es un conocimiento espacial muy peculiar lo que les permite ser encantadores del animal más respetado de la India: la serpiente. Símbolo de la energía vital del ser humano, de la alquimia, de la transformación y del deseo, los kalbelya son los únicos que tienen acceso a este reptil, así como a su veneno y sus misterios.

Los Kalbelya o gitanos del Thar son famosos encantadores de serpientes y expertos músicos

Los Kalbelya o gitanos del Thar son famosos encantadores de serpientes y expertos músicos

El campamento kalbelya es, por supuesto, la tentación de mi vida, y allí me dirijo. Los kalbelya son el único pueblo de la India que conocen la elaboración del surma: un polvillo negro que contiene veneno de serpiente, piel chamuscada, hueso de rana, uña de mula, apio, azafrán y miel. Paso muchas noches al abrigo del campamento gitano, no sólo por su música y sus bailes, sino porque las mujeres son las más hermosas del Thar.

Mujeres kalbelya

Mujeres kalbelya

AJEDREZ EN EL DESIERTO

Me dirijo hacia el pueblo de Khuri, meca de turistas en busca de puestas de sol sobre las dunas de desierto. Allí pido a mi veijo amigo rajput, Gajey Singh, que contribuya a materializar uno de mis sueños: prestarme tres de sus camellos, un saco de harina, otro de sal, agua y todo su tiempo, para llevarme hacia las profundidades del Thar.
La rajput son la orgullosa casta de los antaño famosos guerreros del Rajastán. Hay deliberaciones en la familia. El jefe del clan pregunta porque no estoy cuidando de mi familia, en lugar de andar merodeando a la sombra de la noche. Le digo que mi mujer no es buena cocinera y que para mi el desierto es el paraíso en esta tierra.

Poblado Rajput

Poblado Rajput

Familia Rajput

Familia Rajput

El Thar es uno de los rincones más inhóspitos y desconocidos de la India. Pero también es una de sus zonas más sensibles.

La vida en el Thar es la quintaesencia de lo que queda del espíritu medieval  indio. En él viven un número igual  de castas hindúes  y musulmanas. Ëstos últimos hablan el sindi, y practican una forma tan original  como heterodoxa del Islam. La monotonía paisajística del Thar es legendaria y su dureza monolítica. Hora tras hora avanzamos por un paisaje desnudo.

Los gitanos del Thar son la tribu más singular de este mágico desierto

Los gitanos del Thar son la tribu más singular de este mágico desierto

Pero el sopor queda interrumpido como un cuchillazo en cuanto llegamos a una aldea. Debemos bajarnos del camello como señal de modestia, pero no pidan a un rajput que la practique si no tiene necesidad. Cuando un pueblo es musulmán,  mi amigo se niega a tomar el tradicional té, a comer y aún menos a dormir. Se limitará a pedir permiso para utilizar el pozo más próximo y acampar junto a él. Pero el brillo de mis ojos rompe barreras. Cuatro saludos en árabe y tres frases en sindi, hace que  los musulmanes incluso sacrifiquen un cabrito para mi. Es el símbolo máximo de hospitalidad en el desierto.

La aridez del Thar contrasta con los colores vivos típicos de su gente

La aridez del Thar contrasta con los colores vivos típicos de su gente

Nuestro avance por el Thar es como andar como un tablero de ajedrez, en el que nunca se sabe cuál es el movimiento adecuado. Los manganyar son una casta de bardos musulmanes que sólo tocan para los rajput. Escucharemos su música pero no podremos pernoctar con ellos. Sus rivales, los bhopa, cantan de memoria sagas épicas que pueden durar una noche. Pero comen carne. Aceptaremos su té pero no compartiremos su puchero.

Músicos Bhopa

Músicos Bhopa

El punto culminante de este enrevesado periplo llega el día en que pedimos leche en un pueblo rajput. Nadie nos la ofrece, ni siquiera pagando. Mi amigo dice que acampemos a cierta distancia de allí. Se le cristaliza la mirada cuando en cuanto vemos venir a una muchacha con su rebaño de cabras.  El rajput exclama que ha sido ofendido por su propia casta y que es de rigor tomarse la revancha. Hay que raptar a la pastora y llevárnosla a nuestro pueblo. El restablecimiento del honor llegará en su momento.

Era mediodía y el sol caía implacable. Le pregunté si sabía dónde estaba. Me informó que Pakistán estaba muy cerca. A esa hora no hay contrabandistas que crucen la frontera no vigilancia.  Nos aprovecharíamos de este rodeo para burlar a quienes nos siguieran.

Ardía en deseos de regresar cuanto antes a Jaisalmer… y ver bailar a la bellísima Santos.