El calor duele. Aquí sudar es una costumbre de hombre blanco irritable, de analfabeto ambiental en tierras donde las temperaturas son elevadas, la humedad es muy alta y el aire es un tejido espeso que hay que atravesar para llegar a cualquier sitio. No estamos habituados a este contexto, y eso afecta al cuerpo y al estado de ánimo. La primera sensación que se tiene al llegar es de desidia. La inmovilidad parece la única vía para soportar el golpe del trópico. Es entonces cuando uno empieza a comprender a Kapuscinski, a Paul Bowles, a Conrad, a Griaulle… Se entienden esos párrafos dedicados a explicar el espasmódico cruzar de sus cuerpos por las calurosas regiones africanas.

Numerosos poblados y aldeas se estructuran alrededor del Níger. Arriba, lavando la ropa en el río (Mopti)

Numerosos poblados y aldeas se estructuran alrededor del Níger. Arriba, lavando la ropa en el río (Mopti)

Para los locales, claro está, la cuestión es bien distinta. Casi no sudan, se han acostumbrado a un estar pausado, a un descanso obligado ante la perpendicularidad del sol. Tal como se planteaba en el magnífico “Ebano” del periodista polaco Kapuscinski, quizás sea en el calor donde se halle una de las respuestas a la calma, lentitud y suavidad que define el carácter de todas las Áfricas que están en África.

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Esto es Mali, un país que ya existía mucho antes de que los franceses decidieran, por mutuo acuerdo con británicos y belgas, quedarse con este trozo de pastel colonial. Fue reino en el siglo XIII, gobernado por los Malinké, fue el imperio medieval más importante de la zona y uno de los ejes introductores de la cultura islámica en el continente. Aquellas eran épocas en las que florecían ciudades míticas como Djenné, Tombuctú y Gao. En el siglo XVI la zona fue ocupada por el sultán de Marruecos hasta que en 1868, después del desembarco francés, pasó a formar parte (junto a Burkina Faso, Senegal y Benín) de lo que se denominó Sudán francés o África occidental francesa. En 1960 la semilla de los movimientos independentistas ya daba sus primeros brotes en la región; el territorio logró entonces la libertad y retomó el nombre de Mali.

El Níger, llamado "río de los ríos", en lengua bereber, nos campaña toda la ruta.

El Níger, llamado «río de los ríos», en lengua bereber, nos campaña toda la ruta.

UN REGALO PARA LOS SENTIDOS

No se puede hablar de un Mali aséptico, sin olores, sin calor, sin mosquitos, sin esos elementos que son la base del folclore real. Y no es que eso sea el país en sí, sino que son aspectos que forman parte de él, tanto o más que la música en las calles o los atardeceres de postal que regala el Níger. El cielo aquí aparece inmenso. Mali es una llanura interminable sólo agrietada por la falla de Bandiágara en la zona oriental. El Níger es su arteria principal, el eje alrededor del cual se han ido estructurando aldeas y ciudades a lo largo de los tiempos, y donde hoy conviven unas 26 etnias. Allí pasan sus días los bambara, los senufo, los peul, los sarakolé, los mianka, los bozo o los bobo, entre otros grupos.

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Nos encontramos casi en el centro del continente, en el seno de las Áfricas contadas, relatadas. Bamako, la capital y puerta de entrada, es una ciudad que se despliega uniforme y caótica a orillas del Níger. Hay sólo un par de edificios de altura, un banco y un hotel; el resto es plano como un lago en calma. La vida aquí transcurre entre un enjambre de chiringuitos improvisados, ciclistas y negocios montados alrededor de un único teléfono o de una cajetilla de cigarros. El mercado, en el centro urbano, reúne a vendedores de pomadas milagrosas, creadores de fetiches (cabezas de chacal disecadas), artesanos que tallan tambores (djembé) y cosen carteras de cuero de cabra, y cazadores de turistas que intentan venderles lo imposible.

A pie, en carros, en furgonetas... cientos de personas procedentes de distintos puntos del valle del Níger llegan cada lunes al mercado de Djenné.

A pie, en carros, en furgonetas… cientos de personas procedentes de distintos puntos del valle del Níger llegan cada lunes al mercado de Djenné.

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Salir de la ciudad es tan simple como coger la carretera que bordea el turbio Níger. Tomamos rumbo a Mopti, la segunda ciudad en importancia. A lo largo del trayecto, nos acompaña el río de forma casi permanente y van naciendo los pueblos, aldeas bambaras o senufo, aldeas sin luz eléctrica en las que las noches tienen estrellas. Al detenernos, los niños se acercan en busca de regalos o simplemente un espacio de conversación. Para ellos somos tubabu (hombre blanco), y un tubabu simboliza muchas cosas: exotismo, torpeza, ignorancia, dinero, opresión, medicamentos, oportunidad y un sinfín de contradicciones históricas. Balbucean el francés, lengua oficial que facilita la intercomunicación entre las distintas etnias.

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Retomamos la carretera, entre baches y un entorno teñido de verde y rojo. Sin embargo, Thiemo, uno de los responsables de nuestra aventura, insiste que en unos meses, cuando se acaben las lluvias, todo será amarillo, seco, con los matices del desierto. Éstos son los colores por los que fluctúa la estética geográfica de Mali.

Según las cifras oficiales, el 85% de la población es musulmana

Según las cifras oficiales, el 85% de la población es musulmana

En la furgoneta suena una cinta de Salif Keita, un bambara albino considerado uno de los iconos de la música maliense y africana. De pronto, un peaje, un grupo de barriles en medio de la carretera que nos obliga a detenernos. Un policía nos exige los papeles, mientras el conductor responde que todo está en regla. Intentamos seguir, pero antes hay que sortear el tumulto de vendedores y sonrientes locales que se agolpan ante el vehículo. Es lo de siempre, ser tubabu llama la atención, para bien o para mal. En un país de negros es difícil que un blanco pase desapercibido.

Río Níger, el río de los ríos

Río Níger, el río de los ríos

Retomamos el camino y en cada pueblo se repite la misma escena: docenas de niños que se abalanzan, que piden bolígrafos como quien dice buenos días, que se sorprenden, que sonríen incansablemente rompiendo así, sin saberlo, la imagen tópica de tristeza africana que ofrecen en Europa. La segunda noche dormimos en Segou, entre Bamako y Mopti. Y al día siguiente partimos hacia oriente por la misma carretera, ahora salpicada en sus orillas por imponentes baobab, los árboles que fascinaban al Principito. Más adelante van surgiendo las tradicionales aldeas peul, con sus construcciones en barro y sus mujeres moliendo a mortero semillas para preparar harinas.

MOPTI, CIUDAD ENCRUCIJADA

La ciudad de Mopti es un punto clave a la hora de conocer la región oriental del país.  El centro urbano está construido sobre la base de tres islas unidas a través de diques de relleno en la confluencia de los ríos Níger y Bani. El mercado es uno de los espacios cruciales, la médula de la sociabilidad. Desde todas las esquinas llegan mujeres cargando cántaros de barro, metal o plástico sobre sus cabezas en un fascinante equilibrio, y se mezclan con vendedoras de pescado, carnes y frutas tropicales. En los alrededores están las artesanías: los bogolan (telas pintadas con tierra y tintes naturales), los sombreros peul, las puertas dogón, las mujeres de pechos en punta y ombligos sobredimensionados talladas en madera, las máscaras étnicas… Un grupo de peules intercala ventas, conversación y té. La bebida forma parte de una ceremonia heredada de los tuaregs que consiste en tomar tres tazas pequeñas que deben probarse una tras de otra. Las tres tienen una especie de lema o eslogan local que las acompaña. La primera es “amarga como la muerte”, agria y astringente; la segunda es “densa como la vida” porque el té ya hace rato que flota en el agua y se espesa; y la tercera es “dulce como el amor” y va repleta de azúcar.

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Las tardes en Mopti son para el Bozo, un café restaurante regenteado por la etnia homónima, justo al otro lado del mercado. La terraza principal se abre al puerto, hacia las pinazas de colores y el ir y venir de todas las etnias que llegan a ofrecer sus productos. Desde aquí también se puede contemplar la fábrica artesanal de barcas, o los trabajadores que hacen la parada que dicta el Islam para la plegaria de las cinco de la tarde. Y, para terminar el día, nada como asistir a la función que regala el sol cuando se escapa al atardecer, pasando de un gris celeste pastoso a un intenso rojizo y, después, a negro.

En Mopti, como en el resto del país, hay formas de hacer las cosas que podrían tentarnos a pensar en la Europa medieval. Sobre todo en lo que respecta a las labores cotidianas, al cuidado de la higiene, a la construcción de las pinazas y, en general, a todas aquellas acciones que requieren mucha mano de obra. Pero hay que saber ver los peligros de toda comparación transcultural. Pensar en “ellos” como atraso frente a “nosotros” como progreso es complicado y, muchas veces, injusto. Para viajar a África es fundamental desterrar este tipo de juicios, cuestionar el etnocentrismo, el “yo” como referencia de todo. Cada cultura tiene su ritmo y su particular camino y debe ser apreciada como tal. La noción de tiempo, por ejemplo, es diferente en estas tierras. Aquí es algo que no avanza si uno no lo acciona; sólo corre cuando el individuo se pone en movimiento.

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LA GRAN MEZQUITA DE BARRO

Cruzamos a Djenné en transbordador. La ciudad está en una suerte de isla, al otro lado del río. Es lunes, y como todos los lunes de mercado, la aldea se ha transformado en un hervidero de gente. Centenares de personas llegan desde todos los rincones de la región. A caballo, en carros, a pie, en furgonetas deshechas… Y poco a poco se van arremolinando a los pies de la mezquita de barro, un edificio del siglo XIII que aparece como una erupción sobredimensionada, contrastando con la sencillez y nimiedad del entorno. El monumento, que ocupa más de un kilómetro cuadrado, es uno de los más extraordinarios de África y el mayor de su tipo, en tamaño e importancia, a nivel mundial. Quizás por eso fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Cada año el pueblo entero se aboca a sus tareas de mantenimiento, que consisten en dar una nueva mano de barro a toda la estructura. Así, los vendedores de especias, fetiches, pescado disecado, carnes, telas y semillas, dejan por un rato sus trabajos de supervivencia y dedican el día a esta labor tan pautada como religiosa.

Djenné es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO gracias a su mezquita de barro.

Djenné es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO gracias a su mezquita de barro.

En el mercado el calor abraza, no hay nunca una bendita brisa que limpie. El entorno es un maravilloso estruendo de colores y gritos donde uno vuelve a ser analfabeto y sólo le queda soltarse al intercambio activo de sudores, olores y miradas. Hay estantes repletos de mangos dulces, hermosas papayas, plátanos, carnes, gallinas y cabras atadas por las patas.

UN PAÍS PERDIDO

Al octavo día la ruta señala la falla de Bandiágara, allí donde se escondieron los dogón para escapar del Islam siglos atrás. En aquel entonces tomaron las construcciones de los antiguos pigmeos y diseñaron de forma escalonada sus pueblos de casas de barro y graneros cónicos de vigas cruzadas. La falla es como un corte en la tierra, un tajo de más de 300 metros de profundidad y 250 kilómetros de longitud que se abre en el corazón de la meseta maliense. Fue justamente la particularidad de aquel aislamiento histórico lo que hizo que los dogón desarrollasen su cultura a través de los años, sin apenas la intromisión de elementos externos.

 

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Un halo de misterio envuelve al país dogón, un pueblo al amparo de la falla de Bandiágara. Los graneros, con sus techos de paja en forma cónica, dan una imagen realmente singular a las aldeas.

Un halo de misterio envuelve al país dogón, un pueblo al amparo de la falla de Bandiágara. Los graneros, con sus techos de paja en forma cónica, dan una imagen realmente singular a las aldeas.

Esta cultura ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco con el firme objeto de salvaguardar sus particularidades. Los dogón son uno de los polos de atracción más importante de Mali.

Un hechicero dogón practica uno de sus ritos sagrados.

Un hechicero dogón practica uno de sus ritos sagrados.

A la falla hay que entrar en furgonetas altas. Los caminos de asfalto construidos por los franceses a mediados del siglo XX están ya destrozados, de modo que la tracción en las cuatro ruedas se impone como una necesidad. La primera aldea que aparece es Shanga.  A medida que vamos avanzando, la roca se hace más rojiza. Cruzamos ríos y campos de mijo, arroz y cacahuetes (los dogón son agricultores) hasta llegar a la aldea de Tireli. Hoy hay una ceremonia, una danza por los antepasados que estamos invitados a presenciar en la parte más alta del poblado. Empieza el espectáculo y con él llegan los colores, las máscaras de madera con formas de pájaros y serpientes, los símbolos, el sudor y el ritmo. El espacio se sumerge entre el sonido de los tambores, los cantos de los ancianos que guían la ceremonia y los cuerpos que nunca pierden ni el compás ni el equilibrio.

Un simbolismo dificil de descifrar: las danzas dogonas.

Un simbolismo dificil de descifrar: las danzas dogonas.

En la toguna se toman las decisiones más importantes que afectan a toda la comunidad

En la toguna se toman las decisiones más importantes que afectan a toda la comunidad

Ha llegado el momento de volver a Mopti. En el camino de regreso contemplo como, por las tardes, el horizonte de Mali se vuelve bruma, sombra que esconde al sol demasiado temprano. Y ahí, en la distancia infinita, siempre hay una bicicleta que cruza temblorosa, una mujer que exhibe la destreza del cántaro sobre su cabeza, un pescador que remienda la red a orillas del Níger… Y entre todos diseñan una visión que logra lo imposible: por un instante, uno se olvida del calor.

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QUÉ HAY QUE SABER

Idioma. El francés es la lengua oficial, que convive con otras lenguas y dialectos locales.

Clima.  El mejor momento para visitar el país es entre octubre y marzo.

Formalidades de entrada. Se necesita visado; puede tramitarse en las agencias de viaje o en el mismo aeropuerto.

Moneda. La unidad monetaria es el franco CFA (100 FCFA equivalen a 0,15 e).

Precauciones sanitarias. Es obligatorio vacunarse contra la fiebre amarilla. Para más información, contactar con los servicios de sanidad exterior de su ciudad.

QUÉ VER

Mopti. La segunda ciudad del país es conocida como la Venecia de Mali. La mezquita, el mercado de los jueves, el puerto y los edificios de estilo sudanés son sus principales atractivos.

Djenné. Fundada en el siglo IX y declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. El mercado que se celebra todos los lunes frente a la majestuosa mezquita de barro ofrece una atractiva mezcla de gentes, aromas, colores…

País Dogón. A lo largo de la falla de Bandiágara se encuentra una de las culturas más singulares del país. Explorar los poblados dogones, con sus costumbres y danzas ancestrales, es un viaje al pasado.

El río Níger. Recomendamos realizar una apacible excursión en una pinaza por el río Níger, visitando las bucólicas aldeas de pastores peul y pescadores bozo que se asientan en sus márgenes.

DÓNDE DORMIR

Hotel Salam ****. En Bamako. Ofrece todas las comodidades de un hotel de su categoría.

www.salamhotelbamako.com

Hotel Kanaga ****. En Mopti, junto al río Níger. Dispone de 80 habitaciones climatizadas estilo bungalow y dos restaurantes.

DÓNDE COMER

El restaurante Santoro, en Bamako, ofrece exquisitos platos étnicos en un bello decorado colonial.

En Mopti, vale la pena acercarse a la terraza del bar Bozo. La visión desde allí es difícil de olvidar.

QUÉ COMPRAR

En los mercados pueden encontrarse piezas de alfarería y objetos culinarios de madera, barro, calabaza o bronce. Las pulseras y los collares hechos con cuentas de madera son muy baratos. En cuanto a la artesanía dogón, destacan sus tallas, puertas de granero, máscaras, objetos rituales y telas. Por cierto, no se olvide de regatear.