Descubrí Turquía hace años gracias a un viejo amigo, también periodista. De sus viajes se editaron en nuestro país varios libros y guías que cosecharon en su tiempo un gran éxito. Los tengo todos en mi biblioteca y una tarde, hojeando uno de ellos, acabé por decidirme: tenía que volver a Turquía. Pero, ¿por dónde empezar? Hay tanto que ver… Finalmente elegí el itinerario que él mismo definió como la ruta  más bella del país: el Egeo.

La fachada marítima occidental de la Turquía asiática ofrece más de 3.000 kilómetros de costas bañadas por el mar Egeo y el Mediterráneo. La vecindad de montañas da a estas riberas un aspecto muy accidentado. Salvo en la llanura de Adana, no hay más que golfos, cabos, promontorios, islas, todos los relieves de un litoral recortado, incluso atormentado, y de gran belleza. Una vegetación muchas veces lujuriosa añade su encanto a esta costa repleta de playas y de lugares pintorescos y llenos de vida.

Numerosos vestigios de un pasado multimilenario jalonan también este litoral, y esto es lo que lo ha convertido en un auténtico paraíso para los aficionados a la arqueología, entre quienes me encuentro.

La séptima maravilla del mundo

El ferry se adentra en el profundo golfo de Izmir –origen del itinerario– y suelta lentamente amarras. Cuando el capitán del barco dice por los altavoces que estamos llegando subo rápidamente al puente desde donde contemplo mi particular “puerta de oriente”: Esmirna, “la bella”.

En realidad: es un título un tanto exagerado aunque, eso sí, se extiende con sus casas de color blanco y tonos pastel en una posición encantadora sobre el sinuoso perfil de su bahía. La historia de Esmirna, como la de tantos otros lugares, es trágica: un terrible incendio acaecido en 1922, durante la guerra de liberación de los griegos, la arrasó completamente, y hoy son muy evidentes las huellas de su reconstrucción. En realidad Esmirna no es más que una ciudad de paso, un lugar que la gente cruza con la intención de dirigirse hacia otros objetivos. Por ejemplo, hacia los grandes colosos de la arqueología: Pérgamo, Sardes y Éfeso.

Pérgamo

Pérgamo

Éfeso

Éfeso

Los tres son interesantes pero el programa de mi viaje es muy apretado y sólo tengo tiempo para una de las etapas de este trío colosal. Eligo Éfeso, cuyo templo de Artemisa, el Artemisión, era considerado como una de las Siete Maravillas del Mundo y donde habría muerto la madre de Jesús.

Éfeso

Éfeso

Las inmensas ruinas de lo que fue una gran metrópolis de la antigüedad se extienden entre la llanura y las colinas. El empedrado y las columnas del llamado “Paseo de Mármol” evocan el lujo y el esplendor de los viejos tiempos, y su cultura reposa en la biblioteca de Celso, magníficio edificio de dos plantas cuidadosamente reconstruído.

Efeso. Una de las calles que lleva a la Biblioteca.

Efeso. Una de las calles que lleva a la Biblioteca.

Éfeso fue una importante ciudad cristiana, solamente superada en sus buenos tiempos por Jerusalén. Aquí vivieron san Juan y san Pablo, éste último durante tres años, hasta que fue expulsado a causa de sus críticas al culto de la diosa Artemisa. En el inmenso teatro de Éfeso terminaba la avenida del puerto, que era uno de los más concurridos del mar Egeo. Tras ascender las innumerables filas de asientos, sentados en lo alto de sus gradas podemos intuir el lugar donde estaban ubicados los viejos muelles, y entonces se hace fácil imaginar la esperada llegada de una galera, el recibimiento jubiloso de los habitantes, la procesión de los viajeros recién llegados hacia el templo como muestra de acción de gracias por un viaje venturoso, el bullicio y la jarana de los vendedores ambulantes a lo largo del trayecto o el traqueteo de los carros, completamente cargados de mercancías que los vendedores transportaban camino del ágora…

Teatro de Éfeso

Teatro de Éfeso

Mármara, la “Marbella” turca

La carretera que nos lleva hasta Mármara recorre un paisaje muy variado y rico en vegetación. Durante el recorrido nos vamos encontrando, de vez en cuando, con mujeres vestidas con pantalones holgados de tela fina o de gasa y un pañuelo con el que se cubren el rostro. Es la imagen que siempre he imaginado de Turquía. Aquí, en el interior de este inmenso país, las teorías revolucionarias de Kemal Ataturk, padre de la moderna Turquía, no han surtido efecto alguno. Las tradiciones milenarias, los usos sociales y las convicciones religiosas más arraigadas no parecen haber sufrido ni un rasguño. Mejor así, pienso.

Mármara, con sus tejados rojos, frente a las aguas azules y límpidas del golfo es la “Marbella” de Turquía. Tiene un puerto muy concurrido por el turismo náutico internacional. Antaño un puertecito de pescadores, Mármara se ha transformado en una estación turística. La belleza de su emplazamiento, la riqueza de sus alrededores en yacimientos antiguos y el estado salvaje de los paisajes de la península vecina garantizan un futuro turístico de primera división. Los amantes de la inmersión submarina tienen aquí una etapa privilegiada.

El pequeño promontorio en el que se halla encajonada Mármara está considerado tradicionalmente como el punto de separación entre el mar Egeo y el mar Mediterráneo, pero la naturaleza se ha tomado su revancha separándolos de un modo mucho más vistoso con la península de Datça, que se adentra en el mar con su curiosa forma de boca abierta de par en par. Quien, como yo, se aventure por una carretera sin asfaltar de unos 30 kilómetros de longitud, recibe la recompensa de la vista a la antigua Cnido: una colosal colina sembrada de ruinas, las antiguas murallas de la ciudad.

La verdad es que este viaje está resultando tan cautivador que ni yo mismo me lo imaginaba. La última etapa parece la más bella y crees que no es posible ver nada mejor, o experimentar una emoción más intensa, y en cambio, la siguiente etapa te sorprende con algo diferente y hermoso.

En la tierra de los licios

La ruta nos lleva a Fethiye, el mágico mundo de los licios, y la tierra en la que un orgulloso pueblo de antiguos navegantes dejó, con sus monumentos funerarios excavados en la roca de los acantilados, una colección de obras de arte.

Tumbas licias

Tumbas licias

Más adelante está Adalia, en pleno corazón de la costa turca. Llego allí de noche, pero a la mañana siguiente me doy  cuenta de que se trata de una ciudad activísima. Por la mañana parece un hervidero de gente realmente atareada. A primera hora los cafés están ya llenos de hombres ocupados en su diversión favorita: interminables conversaciones y chismorreos sobre la vida cotidiana. Por las calles apenas se ven a las mujeres…–»¿Cuáles son los monumentos turísticos más interesantes de Adalia?»– pregunto al guía que es, a su vez, el conductor del viejo Peugeot que nos ha traído hasta aquí.

–»Muchos y muy interesantes»– responde en un inglés dificultoso, pero aderezado con expresivos gestos orientales y sonrisas. Por ejemplo, las murallas que en forma de doble bastión protegían el núcleo urbano. O la puerta monumental construída en el s. II d. de C. para celebrar la visita del emperador Adriano, sin olvidar el museo Arqueológico local, realmente digno de visitar para conocer el pasado de Adalia.

Paseando por entre las calles de la ciudad descubro poco a poco su perfil: sus minaretes, las cúpulas de las mezquitas, muchas de ellas antiguas iglesias bizantinas, etc.

Al día siguiente nos dirigimos a la etapa final: Alanya y Anamur. Entre ambas podremos parar en los yacimientos arqueológicos de Perge, Aspendos y Side. Aspendos es, de las tres ciudades en ruinas, la más impresionante.

Aspendos

Aspendos

Su teatro conserva su antiguo esplendor y aún hoy, en los  días calurosos de agosto, se organizan espectáculos, clásicos y de otro tipo. Se trata del teatro más completo de cuantos he visto. No es el más bello ni el más elegante, ni siquiera el más impresionante, pero de lo que no cabe la menor duda es que se trata de un “gigante vivo”.

Contruído en tiempos del emperador Marco Aurelio fue conservado por romanos, bizantinos y selyúcidas. Finalmente, el padre de la Turquía moderna, Kemal Ataturk,  enamorado de su antiguo esplendor, lo mandó reconstruir.

Teatro de Aspendos

Teatro de Aspendos

El origen de Perge se remonta a los griegos que abandonaron Troya tras las guerras. La ciudad creció bajo la protección de Alejandro Magno, y más tarde, del imperio romano. Fue durante muchos años una importante metrópoli. Así lo atestiguan los edificios públicos que han dejado su huella: teatro, estadio, termas, ágoras y templos. Pero lo que da personalidad al lugar es la llamada Puerta Helénica: dos altas torres que custodian el paso a la ciudad y enlazan con una elegante avenida. Debió ser un auténtico vergel pues por toda la avenida se encuentran fuentes y canales que repartían el agua de las colinas por  la ciudad.

Perge

Perge

Las sorpresas que depara este magnífico viaje aún no han terminado y es que la carretera costera que une Adalia y Anamur está también salpicada por castillos medievales. Si a ello le unimos los yacimientos anteriormente mencionados, imagínense el magnífico cuadro que componen aquí naturaleza e historia, historia y naturaleza.

Hasta aquí lo que ha dado de sí este maravilloso viaje. ¿Cómo justificar en pocas líneas tanta belleza?

Más Información: www.pasionturca.net