Enfilo ruta hacia el oeste de Etosha, hacia un paisaje caótico de arena y rocas. Un río increíblemente azul divide el horizonte vacilante. Al este, las escarpadas rocas que conforman las elevadas mesetas estrechan el río en algunos tramos de su recorrido, mientras que, al oeste, su desembocadura se pierde entre las finas arenas del desierto.

En las accidentadas orillas del río, unos cuantos arbustos se retuercen para aproximarse lo máximo posible al agua bienhechora. De pronto, un grupo de muchachas jóvenes se lanza precipitadamente al agua viva y juguetean salpicándose las unas a las otras entre alegres carcajadas. Nos acercamos lentamente, para no asustarlas, pero sus risas se petrifican al vernos. Dos grandes trenzas mantienen unidos sus cabellos en lo alto se sus cabezas y van vestidas con un simple taparrabos. Pasada la sorpresa, estallan de nuevo las risas. Las muchachas se han vuelto locuaces. Estamos en las puertas de otro mundo, el mundo de los clanes y de las tribus. Nos encontramos en Kaokoland, la tierra del pueblo himba.

Procedentes de Angola, los himba se asentaron en estas áridas tierras de Kaokoland hace 400 años. Hoy apenas alcanzan los 1000 miembros y representan el grupo minoritario que más ha resistido a las influencias del modo de vida occidental. Son nómadas y vagan con sus rebaños y sus familias por estos escenarios de increíble dureza, pero de una belleza enigmática, buscando los pastos para alimentar a los animales. Construyen chozas de barro y estiércol llamadas kraals y, por razones estéticas y también para protegerse del sol, untan sus cuerpos y sus cabellos con una sustancia de color rojo terroso que llaman ojitze. Este ungüento se obtiene a partir de una piedra, la hematites roja u oligisto, de la que solo existe una cantera al sur de Kaokoland. La recolección de estas piedras adopta a menudo el aspecto de una verdadera expedición, y las mujeres caminan horas y horas, y en ocasiones día enteros, para ir a buscarlas y llevarlas a la aldea.

El tinte rojo es la base de una cuidada imagen que completan los adornos, trajes de cuero y peinados complicados. Los adornos no se los quitan durante todo el día. Incluso en los trabajos más duros, los hombres y mujeres van ataviados con todo el repertorio de adornos. Y es que en la vida cotidiana de los himba el trabajo es prácticamente constante durante las horas de luz. Mientras los hombres se ocupan de cuidar y alimentar al ganado, las mujeres tienen a su cargo las tareas del hogar y el cuidado de los niños. La tarea de la molienda diaria de maíz se realiza utilizando los primitivos mortero y muela de piedra, tal y como se realizaba en el Neolítico temprano.

Kaokoland, créanme, es una de las atracciones turísticas más impactantes de un viaje por las tierras africanas de Namibia.

Texto: Oriol Pugés; Fotos: Agustín Ibáñez