Nueva Guinea se extiende como una inmensa ave prehistórica a lo largo del mar del norte de Australia. Es la segunda isla más grande de la Tierra y escenario de una belleza natural y humana única en el mundo. Dividida en dos partes, Irian Jaya al oeste (hoy bajo bandera de Indonesia) y Papúa Nueva Guinea al este, estado soberano desde 1975; ésta última acoge una de las manifestaciones más extraordinarias de Melanesia: los famosos Sing-Sing.

¿Qué es un Sing-Sing? Se trata de un multitudinario festival dedicado a la exhibición de danzas, cantos y señas de identidad de las tribus de las Highlands, o Tierras Altas de Papúa Nueva Guinea. La razón de su existencia se debe a la propia naturaleza física y humana de las remotas regiones del interior de la isla.

Dos son las zonas que, por su interés geográfico y humano, llaman más la atención en esta semidesconocida nación independiente: las Highlands, en el centro del país, y Sepik, una frondosa región bañada por el río del mismo nombre, el cual con 1.126 km de longitud se convierte en uno de los cincuenta ríos más grandes del mundo.

La apasionante idea de navegar por el Sepik para ir descubriendo los primitivos poblados levantados en sus márgenes hizo que, hace muchos años, me inclinase por viajar allí por primera vez. Fue cuando, deslizándome por el Alto y Medio Sepik me sumergí en un mundo parecido al que debieron vivir nuestros antepasados de la Edad de Piedra.

Las visitas a las aldeas que se agazapan en el cauce del río me proporcionan nuevas sensaciones, y aún recuerdo las Haus Tambaran, unas curiosas catedrales de corteza, auténticos templos de culto papúa situados en el centro de cada poblado.

Pero de aquel mi primer viaje me quedó pendiente asistir a una de las ceremonias que siempre he querido conocer: las Sing Sing de Goroka. De hecho, este ha sido el objetivo principal.
ACERCAMIENTO A PAPÚA
Apenas aterrizo a Port Moresby, la capital, enseguida me familiarizo con el fuerte calor y los intensos olores. Al día siguiente un nuevo avión me lleva hasta las tierras altas de Goroka, a 1.600 metros de altura, donde viven unas 25.000 personas.
Aquí, los días previos al inicio de la ceremonia, disfruto de la preparación de los adornos de los tocados, tan laboriosos… Puedo ver todo el proceso de maquillaje, en el que se utilizan pigmentos vegetales hechos en casa.

Y llega el gran día. Se respira un muy buen ambiente. Hay muchas mujeres maquillándose y preparándose los tocados.
El primer día las chicas concursan para llegar a ser Miss Goroka… ¡Uf!, ¡Cómo todo sea así, mi cámara empezará a trabajar de lo lindo! Los peinados están hechos con plumas de aves, los collares con kina (conchas) y las faldas con corteza de árboles y plantas naturales. Si una es espectacular, la otra aún lo es más. Intuyo que el espectáculo será cada vez más y más intenso.

Poco a poco van llegando los diferentes grupos. Cuando entra el primero, casi me quedo en estado de shock. Un cartel indica de donde proceden. ¡Madre mía! Cuánto trabajo se me acumula al poner en marcha todos mis sentidos. Hombres, mujeres, niños… de todas las edades, ¡y con los cuerpos pintados con colores vivos! Los adornos de los vestidos están hechos con plantas naturales, flores y hojas, y los collares son de conchas.

Hablemos de los tocados. Aquí es donde destaca el diseño de cada uno para intentar hacer el más espectacular, sirviéndose de plumas de aves, aves del paraíso disecadas, hierbas, hojas… ¡Es indescriptible!
La danza se hace al ritmo del sonido de un tambor. Ejecutan una serie de saltos agitando su espléndida colección de plumas. Los danzadores lucen ramas, plumas y pinturas faciales en una exhibición de belleza masculina que algunos pueblos de la región comparan con la del macho del ave del paraíso, cuyas plumas son objetos de adorno omnipresentes en las montañas.

Estas danzas no sólo realzan las habilidades de los ejecutantes, sino que también demuestran la fuerza y la vitalidad del clan. Los hombres prefieren dedicarse a las danzas rituales o al cuidado del cuerpo para exhibirlo. Yo estoy entre ellos, vibrando con las cámaras en mis manos, sintiendo las pisadas de sus pies en el suelo. ¡Todo, absolutamente todo, retumba!
Y es que más de sesenta grupos llegados de todo el país se reúnen una vez al año en Goroka (entre agosto y septiembre), para mostrar a la gente su cultura a través de estas danzas, de la música y, lo más importante, de los adornos y maquillajes que llevan en su cuerpo. Aquí reside especialmente el atractivo de estas ceremonias.

¡Uau¡, ¡Qué éxtasis de colores! Su música hace que vibre con ellos. Todo el mundo muestra lo mejor de sus bailes y de su cultura ¡Cómo estoy disfrutando!
Me cuesta creer dónde estoy y lo que veo.
Poco a poco, más tarde, la gran explanada se va vaciando. He vivido un sueño. Un sueño por fin real y que ciertamente ha colmado todas mis expectativas. Sin duda ha sido una de las mejores ceremonias tribales que nunca he tenido ocasión de ver.