El sol quema, quema de verdad, pero ya no me hiere la vista. Sin embargo, siento mi corazón palpitar como nunca antes lo he sentido.

Y es que ante mí se levanta una garganta, vigorosamente cincelada por las aguas durante millones de años… ¡El Siq! En ese mismo instante me viene a la memoria Johann Ludwig Burckhardt, el explorador suizo elegido por los dioses para rescatar de un sueño de quince siglos la ciudad eterna de los nabateos: En 1812, un joven explorador y arabista suizo se encontraba cruzando el Wadi Musa –el supuesto río que nació del agua que hizo brotar Moisés de una pared y que hoy lleva un importante caudal de curiosos y asombrados turistas- en la ruta de Damasco a El Cairo, cuando oyó rumores acerca de una ciudad milenaria que durante siglos había permanecido oculta a los ojos de cualquier occidental. No se conoce con exactitud la ruta que siguió para no despertar las suspicacias de sus guías, ni lo que vio, pero al llegar al final de su viaje, el suizo pudo comunicar al mundo lo que un siglo más tarde sería equiparable al hallazgo de la tumba de Tutankamón. Burckhardt acababa de descubrir Petra.

Petra es la “ciudad muerta”, el “Angkor” del desierto, un montón de templos que forman cuerpo con la montaña, tumbas con aires de palacios, cavernas con frontones tallados al fondo de un anfiteatro colorista como un arco iris.
Petra, la antigua Selo –la Roca de los edomitas de la que habla la Biblia- fue la enigmática capital de los nabateos entre el siglo V antes de Cristo y el año 105, en que Trajano convirtió su reino en provincia romana.

Con parecido estupor al que imagino debió sentir su descubridor voy caminando hasta que me veo rodeado por dos altas paredes que serpentean hasta el cielo. La tarde cae con rapidez, aún así puedo contemplar el trabajo de las aguas sobre las paredes calcáreas de color rosado, gris, verdoso, blanquecino a azulado. Las sombras producen formas fantásticas, grotescas, misteriosas…

Avanzo emocionada, arrastrando los pies en la finísima arena que tapiza el Siq. El cielo desaparece sobre mi cabeza, el camino serpentea en la penumbra hasta hacerte creer que no hay salida ni final. Y entonces llega el clímax porque súbitamente aparece un rayo de luz que brilla sobre una superficie rosácea. De pronto, intuyo la imagen que tantas veces he visto plasmada en fotografía y que había dejado boquiabierto al mismísimo Indiana Jones en busca del Santo Grial, que han experimentado tantos arqueólogos, catadores de emociones, trotamundos y turistas. Al doblar el penúltimo recodo, arrimado a la pared izquierda, contemplo a través del tajo vertical de piedra una tenue brasa rosada: ¡Al-Khazneh Farun!

Completamente aturdida penetro en este pequeño y maravilloso circo de piedra. Frente a mí se levanta el magnífico monumento que 21 siglos antes había hecho vaciar en la roca rosada el rey Aretas IV. Pero a su derecha se encuentra otro, y un poco más allá otro.

Entonces se acerca un joven beduino.
“Me llamo Abdul”, me dice en un inglés prácticamente ininteligible. “Tengo 22 años pero puedo guiarte por este laberinto de piedra como nadie”.
“Está bien, Abdul”.
“Seguramente no conoces cómo Burckhardt penetró en Petra”.
“Cuéntamelo tú”, le indico mientras caminamos.
“Durante todo el tiempo que Petra fue ignorada por Occidente, nuestros antepasados beduinos entraron y salieron de la ciudad con normalidad, pero guardaron celosamente su situación exacta. Cuando Burckardt tuvo indicios fiables de la existencia de Petra, apoyándose en su conocimiento del árabe y de los hábitos de los beduinos, pagó espléndidamente a uno de ellos de la zona para que le condujera a la tumba de Aaron, con la simulada pretensión de sacrificar en su honor una cabra. De esta forma descubrió el Siq, Al-Khazneh y Al-Deir, divulgando su hallazgo por el mundo”.

En Petra el viajero queda completamente extasiado ante la maravillosa obra de arte en piedra que se abre ante sus ojos. Precisamente, una de las grandes maravillas esAl-Deir. Al-Deir es la mayor tumba de Petra, nada menos que 40 metros de altura y 50 de anchura. Su nombre significa Monasterio y probablemente fue un importante lugar de peregrinación. Trato de imaginarme por un momento el titánico trabajo de escultura de aquellos hombres surgidos del desierto. ¿Cómo escogían el emplazamiento de las tumbas? ¿Cómo diseñaban sus fachadas?

Me encamino hacia las tumbas reales. La luz del sol empieza a amarillear y tiñe de tonos casi mágicos las vetas multicolores de la roca. Una de las tumbas que más llama la atención es conocida bajo el nombre de la Urna. La parte inferior de la tumba está constituida por una gran escalinata sostenida por una especie de nichos abovedados superpuestos que, al perecer, fueron utilizadas como celdas para los prisioneros. En el siglo V, la Urna fue convertida en iglesia, tal como atestiguan numerosas inscripciones. Más allá se encuentra la tumba de la Seda. Se la conoce bajo el nombre de la Tumba del Arco iris, porque el viento, el agua y el tiempo han resaltado las vetas multicolores de su fachada.
A pocos metros de la Seda se alza, imponente, la tumba del Palacio. Formada por cuatro grandes puertas y un segundo y tercer piso llenos de columnas, los arqueólogos dicen que es una imitación del palacio de Nerón.

Pero Al-Khazneh es la joya de Petra. Significa el Tesoro del Faraón. Se cree que fue tallado hace 21 siglos y es el monumento de Petra que se conserva mejor porque está en un lugar resguardado del viento y de la lluvia. Tiene 30 metros de ancho por 40 de alto.
Sentado en un espolón rocoso, echo una última mirada al valle y las montañas que me rodean.

Las Guías Turísticas dicen que en Petra, en el interior de su infinidad de templos, tumbas, altares de sacrificio y palacios, no hay nada, que están vacíos. No sé, pero cuando uno ha tenido la oportunidad de entrar en sus cámaras cortadas en la roca y se enfrenta a ese vacío escalofriante, uno se inclina a creer lo que dicen los beduinos del wadi: que estas cámaras no están abandonadas, sino repletas de vida, de voces que hablan y susurran como el paso del tiempo en su vibrar invisible.
“¿Y qué dicen?”, le pregunté a Abdul.
“Ah, mi querido amigo. Esa es otra historia. Vuelve y quizás lo descubras…”

Fotografo:

Angels Mas

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