Atisbando desde lo alto de la colina hace tiempo que no vemos otra cosa que nubes. Son las siete de la mañana y aunque nos levantamos al romper el alba, parece ser que nuestras esperanzas de la noche anterior no hacen otra cosa que ir camino de evaporarse. Gruesas nubes cubren todo el horizonte y si bien parece que se desplazan en un movimiento continuo, nunca dejan que se asome aquello por lo que había venido a maravillarme.
Me encuentro en el legendario valle de Pokhara, en el centro del reino de Nepal, a primeros del mes de mayo. Mi guía y viejo amigo, Norbu Gurung, ya me lo había advertido desde mi llegada. “No es la época para ver las cumbres “baba” (¿por qué me llamará así?) Ahora las montañas están durmiendo y las nubes las cubren para que el hombre no las despierte”. Incluso al decirlo sus ojos se habían cerrado más de lo normal, convirtiéndose en perfectas líneas oblícuas de inocencia mongol.

Pero puesto que conozco a Norbu desde hace años, su explicación no me había sorprendido en lo más mínimo, pero tampoco consolado. Y más cuando el día anterior, Raja, el propietario trigueño del chiringuito en el que ahora estamos tomando té, me aseguró que a las seis de la mañana vería desde ahí el panorama montañoso más espectacular que existe en el mundo: siete de los picos más altos de toda la gran cordillera del Himalaya. Todos ellos desplegados ante mí, uno junto al otro. Y no sólo me lo había asegurado, sino que también nos había ofrecido cena, techo donde pasar la noche y un aguardiente muy especial. Para que viéramos que la cosa iba en serio.

En un aparte, Norbu se había opuesto a la invitación. Me susurró al oído que Raja era “cami”, de la casta de los herreros. Una de las más bajas en el intrincado sistema de castas del país, que siendo oficialmente hindú, existe en el Nepal. Pero para desgracia del pobre Norbu, eso avivó aún más mi curiosidad. Por el color bronceado de su piel, no cabía duda de que Raja pertenecía a una de las castas más desfavoridas. Pero una noche con los morenos herreros se ofrecía prometedora, y más si había de por medio un destilado muy especial.
Sin duda la noche con los “cami” fue de película. Raja hizo un fuego frente a su casa y pronto llegaron amigos de todo su pueblo. El “rokshi” o aguardiente de arroz hubiera podido tumbar a un elefante. Tuvo en mí un efecto efervescente. Creí que estaba en África y que los negros “cami” eran en realidad nubios.

VALLE DE LEYENDA
Por supuesto, mi fascinación por el valle de Pokhara es tal que no es capaz de ensombrecerla ni ávidos roedores ni, puestos a decir, las mismísimas nubes que en esta época del año cubren las míticas cumbres de su idílico escenario. Durante siglos el valle de Pokhara fue uno de los más legendarios y enigmáticos de cuantos había a los pies de los grandes Himalayas. La razón de su atractivo entre viajeros y montañistas de pro, radicaba en la misteriosa naturaleza de su aislamiento, y en la rotunda aseveración de que desde su población se podía disfrutar de las mejores vistas que existen de los espectaculares Himalayas. La férrea política de fronteras cerradas que siempre mantuvieron los reyes del Nepal no hizo otra cosa que aumentar el aura de leyenda que rodeaba al valle.
El primer visitante extranjero que desveló el misterio de su extraordinaria ubicación fue el japonés Ekai Kawaguchi, que en 1899 consiguió llegar aquí y más tarde escribiría en su libro “Tres años en el Tíbet”: “De todos mis viajes por el Himalaya, no ví ningún escenario tan extraordinario como el que me extasió en Pokhara”. Desde entonces no ha habido un sólo viajero que no llegara al valle y se quedara igualmente arrebatado. Su risueña población permaneció prácticamente aislada del resto del mundo, hasta que entrados los años 70 los chinos acabaron la carretera de 200 km. que la unieron con Katmandú.

Taxis humanos. La mejor forma de moverse por Pokhara

Taxis humanos. La mejor forma de moverse por Pokhara

A pesar de que en la actualidad gran parte del mito de Pokhara se ha desvanecido (no en vano la población tiene ya más de cien hoteles), su principal atractivo sigue siendo incontestable: en ningún lugar del mundo, ni en Katmandú, ni siquiera en Darjeeling, pueden admirarse a tan corta distancia mayor cantidad de los más altos picos himalayos. Esa privilegiada ubicación resulta tan espectacular como contrastada. Hallándose el valle tan sólo a unos 900 metros por encima del nivel del mar (bastante más bajo que el de Katmandú), Pokhara es un valle de clima típicamente subtropical, con una rica vegetación y un aire intensamente impregnado del perfume de buganvillas, cidros, plátanos y la flor de la mostaza. Pero a su norte y nordeste se alza, a tan sólo 50 km., el reino de las nieves eternas: la panoplia de los cuatro grandes picos de los Annapurna, siendo el Annapurna I con sus 8.091 metros, el quinto más alto del mundo. Junto a ellos están, además, el Dhaulagiri (8.167 metros) y el Himalchuli (7.893 metros)

Aldea hindú. Rebosan amabilidad por todos sus poros

Aldea hindú. Rebosan amabilidad por todos sus poros

Pero con toda seguridad el pico que arrebata a propios y a extraños es el fascinante Machhapuchhare (6.994 metros), de nombre tan bonito como su perfil triangular. Sin embargo, y a diferencia de los otros picos, el Macchapucchare sigue inconquistado, y no porque sea inexpugnable, sino simplemente porque está prohibido pisar su cima. La etnia de los gurung la veneran como montaña sagrada, y el gobierno de Nepal preserva sabiamente su divina e intocada belleza.
Norbu Gurung junta respetuosamente las palmas de las manos sobre su cabeza, y ya sea porque creo que igual ha visto por un instante la cumbre del Macchapucchare, yo le imito antes de iniciar el descenso que esa mañana ha de devolvernos a la ciudad de Pokhara. A pesar de que mi amigo asegure que esa es la peor época para visitar el valle, y que de hecho los monzones no pueden tardar más que unos días en llegar (y en ningún lugar de Nepal llueve tanto como aquí con un récord en pecipitaciones de 4000 mm. al año), yo no podría sentirme más feliz pensando que si bien nos es vedada la contemplación de los grandes picos, no por ello dejaremos de explorar otra de las maravillas del valle: el encantado lago de Phewa Tal.

En Pokhara, como en muchas ciudades de Nepal, tropiezas constantemente con un mercado

En Pokhara, como en muchas ciudades de Nepal, tropiezas constantemente con un mercado

En una precaria barca de madera aquella tarde decidimos remar sobre la plácida superficie de las aguas de uno de los lagos más bonitos del mundo. Ya sea por el contraste que ofrecen las montañas que lo rodean, por sus tupidos bosques, o por la seguridad que tengo de que soy más anfibio que otra cosa, mi existencia se siente justificada explorando el valle desde sus aguas. Y quizás sea por la indescriptible calma de las mismas que no tardo en percibir que el Phewa tiene que ser por fuerza un lago sagrado. Como en Katmandú, una leyenda local dice que el valle de Pokhara estuvo en épocas pretéritas bajo sus aguas, e incluso que el lago cubre un antiguo poblado que fue derruido por un cataclismo natural.
Se sabe muy poco acerca de la historia antigua del valle, pero la excepcional ubicación de Pokhara entre los pasos de montaña y los llanos, lo convirtieron durante siglos en un centro vital para los pueblos a ambos lados de los Himalayas.

Según la leyenda, las plácidas aguas del lago Phewa esconden las ruinas de un antiguo poblado

Según la leyenda, las plácidas aguas del lago Phewa esconden las ruinas de un antiguo poblado

La zona estaba controlada por numerosos pequeños reinos, generalmente situados en lo alto de las colinas del valle, habitados por gente que habían emigrado desde el Tíbet. Estos fueron los ancestros de los gurung que hoy día habitan en el valle de Pokhara y en los adyacentes que se abren camino hacia el macizo del Annapurna.
Los gurung son el pueblo del tronco mongoloide más conspicuo de Nepal y deben su fama tanto a su capacidad para cultivar en las laderas más escarpadas de las montañas como por el hecho de ser la etnia mayoritaria entre las filas de los famosos batallones “gurkas”, los legendarios soldados nepalíes a cuchillo que lucharon en todas las contiendas mundiales del último siglo.

Entre los gurung coexiste tanto el sistema de castas hindú como las creencias budistas (fruto de vivir entre los valles bajos de los primeros y las montañas de los últimos), pero básicamente son un pueblo que honra a las deidades animistas de las antiguas religiones que todavía subsisten en rincones remotos de las montañas que ahora trato de encontrar más allá de las nubes de aquella tarde azul turquesa. Así es que le digo a mi amigo Norbu: “Bueno, los dioses no nos dejan ver las montañas, pero ¿qué sucedería si quisiéramos ver más allá de lo que hay en ellas? ¿Violaría alguna ley si en lugar de querer subir a una cima o escalar alguna montaña, lo que quisiera fuera hablar con ella?

Encuentro con aldea gurung

Encuentro con aldea gurung.

BUSCANDO LAS VOCES DE LAS MONTAÑAS
Como habíamos pronosticado, tres días más tarde llegaron los monzones. De buena mañana cayó un chaparrón tremendo, acompañado de una sinfonía de truenos, y el olor perfumado de la tierra se multiplicó por diez. Norbu me miraba con sus ojos de duende, totalmente desconsolado. Tal vez porque adivinaba lo que le esperaba. Mi plan era ponernos inmediatamente en marcha hacia territorio gurung, siguiendo los valles que se abren camino hacia el llamado santuario de los Annapurna. Un proyecto escasamente prometedor bajo la lluvia.

Pero quizás porque he vivido en Asia, los monzones jamás han supuesto un lastre para mí. Todo lo contrario, pienso que son una magnífica manifestación de la regeneración de la vida. Su florecimiento. Además he estado suficientes veces en el Himalaya como para saber que con las lluvias tiene lugar un fenómeno que le va como un guante a mi propósito. Por curioso que parezca, la reclusión forzosa que producen los monzones, propicia el contacto de los espíritus de las montañas con sus intermediarios: estos personajes tan característicos de los Himalayas cuyo instinto primordial les permite curar al enfermo, predecir el futuro, ahondar en el pasado y aconsejar con su sabiduría milenaria al pobre mortal que se pasa la vida persiguiendo sobre sus dos pies un sueño que siempre se nos escapa. A esos seres privilegiados nosotros los llamamos chamanes.

Chamanes. ¿Ciencia o charlatanería?

Chamanes. ¿Ciencia o charlatanería?

Yo sabía que en los pueblecitos gurung de camino a los Annapurna abundarían en esta época los chamanes que estarían practicando de lleno el ejercicio de comunicar el mundo visible con su opuesto. ¡Sólo tenía que dar con ellos! Y una buena mañana (es un decir pues llovía a cántaros), Norbu y yo nos ponemos de camino hacia las montañas. Un autobús nos lleva bajo el inclemente monzón hasta el pueblo de Naiapul, y desde allí andamos hacia la localidad de Birethanti. En ella entramos en el área destinada a la Conservación de los Annapurna, cuya presencia no sólo testimonia el daño que ha causado el “trekking” masificado a la zona sino que nos anuncia que a partir de ahí sólo podremos contar con nuestras propias piernas. Siguiendo el abrupto valle del río Modi, ascendemos por un angosto camino inundado por bosques de rododendros y robles. La cuenca del río es extremadamente fértil y tiene intensos cultivos de arroz en terrazas. En esta parte de Nepal crecen gigantes banianos, mangos y bambúes. Las primeras aldeas pertenecen a las castas hindúes de “brahmanes” y “chetris”, cuyo alto ranking social quizás propicie su amabilidad y cortesía. Menos que las primeras casas de los gurung que encontramos montaña arriba. Tal vez por el hecho de que la mayor parte de sus hombres, desde décadas pretéritas, han sido alistados como soldados “gurkas” en los ejércitos británicos e indios, y el bienestar económico que este estatus comporta les hace mirar al extranjero con cierta condescendencia.

Norbu me insta a que espere a llegar al pueblo de Ghandruk, situado ya en los 2.000 metros, por ser uno de los pueblos gurung de la zona que ha preservado mejor su cultura. Las nubes bailaban sin cesar en las montañas y pronto descargan un buen chaparrón.
Llegamos a Ghandruk al atardecer totalmente empapados. Sin previo aviso, mi amigo me conduce a una casa apenas iluminada e impregnada de humo, en la que hay una mujer sentada frente a un fuego. Ésta me sonríe como si me hubiera estado esperando desde hacía tiempo e inmediatamente comprendo que se trata de una chamana. Voy a guardarme el secreto de lo que la chamana gurung me dijo aquella noche a los pies de los grandes Annapurna, pero al día siguiente mirando las nubes que ocultaban las cumbres de mis anhelos sentí que era más insignificante de lo habitual, pero también más devoto y respetuoso.
Sin duda con las lluvias, el mundo de alta montaña duerme, descansa de la intensa acometida de los muchos “trekkers” que van a su conquista. Pero les aseguro que si no les molesta el monzón y son capaces de oir las voces que llegan más allá de las nubes, comprenderán que el maravilloso mundo de los Himalayas está ahí arriba, básicamente para que le conquisten a uno.

 

CUÁNDO IR. La mejor época para visitar el valle de Pokhara y realizar algún trekking en los Anapurnas es durante la estación fría, de octubre a marzo, cuando se goza de la mejor visibilidad de las altas cumbres.

PRECAUCIONES SANITARIAS. No es necesario vacunarse para visitar el valle y sus alrededores.

QUÉ VER. La ciudad de Pokhara, lago Phewa. Pokhara es el punto de partida para los muchos trekkings que se pueden realizar hacia los macizos del Annapurna, Dhaulagiri y Machapuchare.

DÓNDE DORMIR.  En la zona que rodea el lago, conocida como Lakeside, Pokhara cuenta con muchos hoteles de todas las categorías.