Vista parcial de Lisboa. Al fondo, el Puente 25 de Abril, un símbolo de la Lisboa moderna que une las dos orillas del Tajo

En la zona occidental de Lisboa, junto al Monumento a los Descubrimientos Marítimos que rinde homenaje a los primeros navegantes de Portugal, la historia de la conquista portuguesa de los mares es contada por un mapamundi incrustado en el pavimento de la calle. Muchos de aquellos primeros viajes de exploración representaron descubrimientos absolutos.

Monumento a los primeros navegantes

Lisboa, que se levanta allí donde el río Tajo, después de formar una especie de lago interior, el mar de Palla, desemboca en el Atlántico, era el punto de partida de todas las expediciones, y también el punto de llegada de muchas naves cargadas de riquezas procedentes  de diferentes puntos de Europa. Todavía hoy, la capital de Portugal conserva como algo sagrado el recuerdo de aquella época gloriosa: vaya por donde uno vaya por la Lisboa moderna, el pasado está siempre a la vuelta de la esquina.

Quienes vayan en busca de placeres a la Lisboa actual, los encontrará, sin duda: la ciudad está llena de excelentes restaurantes, puedes desplazarte de una punta a otra de la ciudad en cómodos Mercedes Benz, e incluso puedes salir a dar una vuelta con absoluta seguridad…

Cantada por sus poetas y alabada por su luz, Lisboa reivindica su pasado en cada rincón

La ciudad, que se extiende a lo largo de unos 20 kilómetros por la orilla septentrional del río, se levanta un sistema montañoso formado por siete colinas no muy altas. Sobre estas colinas se han ido formando diversos núcleos de población desde la época de los fenicios y la de los romanos, pasando por la de los visigodos y los árabes.

El núcleo más antiguo (de origen fenicio) es el barrio de Alfama, que se extiende en una de las laderas de la colina coronada por el castillo de San Jorge; se caracteriza por sus callejuelas estrechas tortuosas, por sus escalinatas y sus plazas, con edificios en su mayor parte del siglo XVI.

Panorámica desde el mirador de Graça

La ciudad fue creciendo extendiéndose por las colinas situadas al oeste del barrio de Alfama: el barrio Alto, que ocupa una posición elevada, se formó en el siglo XVI. Entre estos dos núcleos se encuentra la Baixa, “ciudad baja”, una verdadera depresión en comparación con las alturas circundantes, fruto de la impresionante obra de reconstrucción promovida por el marqués de Pombal a finales del XVIII, después del terrible terremoto que dejó semidestruida la ciudad, y gracias a una grandiosa planificación urbanística  con calles anchas, rectilíneas y ortogonales que se extiende entre las plazas del Comercio y de Don Pedro IV (El Rossio), el viejo centro de la ciudad.

Era el primero de noviembre de 1755, el día de Todos los Santos, y las iglesias estaban a rebosar. De pronto la tierra empezó a temblar: muros y paredes de piedra se iban hundiendo, la ciudad era iluminada por el fuego de los incendios. Los supervivientes buscaron refugio en el río, donde les sorprendió un maremoto que inundó la Baixa, penetrando hasta el corazón de la ciudad. Más de 30.000 personas murieron y cerca de diez mil edificios habían quedado reducidos a escombros.

Hoy, Lisboa es una ciudad construida sobre colinas y pasear por ella significa estar continuamente subiendo y bajando. Para suerte de todos, varios tranvías y funiculares se encargan de las subidas más empinadas.

El tranvía número 28 te acerca al casco viejo de la capital

La forma de subir más característica de Lisboa es, de todos modos, hacerlo en el ascensor de Santa Justa. Concebido en 1901 por Gustave Eiffel, es un ascensor de 30 metros de alto, encajonado entre viejos edificios del barrio comercial de la ciudad, la Baixa. Cuando se llega arriba y se sale a la plataforma panorámica que hay en la cima, uno se ve gratificado con una espléndida vista de la ciudad.

Ascensor de Santa Justa

MODERNA DE RANCIO ABOLENGO

La visita a una ciudad antigua como Lisboa debe comenzar allí donde comienza la historia, es decir, desde el Alfama, un  barrio que ya existía en tiempos de los visigodos y que comenzó a formarse en ciudad con los árabes. Los árabes invadieron la Península Ibérica  en el 711 y ocuparon Lisboa durante más de 300 años.

Las callejuelas del Alfama y sus callejones sin salida forman un laberinto medieval en el que se pierden los propios lisboetas. Pero perderse aquí no es problema: basta bajar la colina y al final se llega al Tajo; basta subirla de nuevo y pronto te encuentra frente al castillo de San Jorge, la fortaleza árabe que preside el barrio. Por cierto que el castillo de San Jorge entró en una profunda decadencia en el año 1147, en manos de un ejército de cruzados que, a petición del primer rey de Portugal Alfonso Henriques I, se habían parado en la ciudad para echar una mano a la causa cristiana en su camino hacia Jerusalén.

El Castillo de San Jorge preside el barrio de Alfama

Desde las explanadas almenadas del castillo se tiene la mejor vista de la ciudad, y resulta fácil remontarse con la imaginación a los tiempos en que las naves de vela reinaban sin oposición sobre ríos y mares.

En aquella época, muchos barcos echaban el ancla frente a la praça do Comércio, la gran plaza que da al puerto y que fue sede real del palacio real hasta el terremoto de 1755. La plaza aún puede presumir de tener algún hermoso edificio construido después del terremoto, pero el corazón de la ciudad se ha trasladado desde hace tiempo a otra plaza, la del Rossio. Es aquí donde la vida de Lisboa brilla con todo esplendor: vendedores de flores, músicos callejeros, limpiabotas, etc.

Junto a la plaza del Rossio, la vida de Lisboa brilla con todo su esplendor

El pasado de Lisboa también puede verse en sus museos. A poca distancia del barrio Alto se encuentra el palacio conocido por Casa das Janelas Verdes, sede de la galería Nacional de Arte de Portugal. Muy cerca del museo se levanta la Torre de Belém, el último monumento de Lisboa que veían los navegantes cuando se hacían a la mar. Es del siglo XVI.

Lo mismo que el vecino Monasterio de San Jerónimo, la Torre de Belém es una obra maestra de la arquitectura gótica portuguesa.

Torre de Belém

Y del Monasterio de San Jerónimo, ¡qué decir! Fundado por el rey Manuel I, este monasterio está considerado como la obra cumbre del arte gótico manuelino. Destacan la portada sur, obra de Bouytac y Juan del Castillo, y la atrevida bóveda de la iglesia de Santa María, que resistió el terremoto de 1755.

Claustro del Monasterio de los Jerónimos

Mi último día en la capital de Portugal me lo tomo con cierta calma. Tras desayunar en algunas de las pastelerías de la Baixa, tomo el tranvía 28 hasta la catedral. Las dos torres de ésta dan fe de que desempeñó un papel de fortaleza. Fue construida en el siglo XII, poco después de la toma de la ciudad por los cruzados. Junto a la catedral se levanta la Iglesia de San Antonio da Sé, construida sobre la casa natal de san Antonio de Padua, santo que se presume nacido en Lisboa.

Catedral, o Sé, de Lisboa

Aquí doy por terminado mi particular viaje. Muchas otras cosas, maravillosos rincones se quedaron en el camino. ¡Magnífico!, ya tengo la excusa perfecta para volver a Lisboa…

 Texto y fotos de Angel Mas

CÓMO IR

TAP Portugal  (www.flytap.com) vuela diariamente hacia Lisboa desde Madrid, Barcelona, A Coruña, Bilbao, Valencia. Málaga y Sevilla.  También Vueling (www.vueling.com) nos acerca a Lisboa. El buscador de vuelos skyscanner (www.skyscanner.es) localiza los vuelos más económicos para llegar a Lisboa.

DE FADOS Y SAUDADES

Al igual que el tango, los orígenes del fado los encontramos en el siglo XIX en los locales de mala reputación. Destila desazones y melancolías (saudades). Es un canto triste, cuyas temas evocan las fluctuaciones del destino. Aparece en Portugal a finales del siglo XVIII bajo la forma de un canto nostálgico de marinos, y adquiere su popularidad en Lisboa a partir de 1830.

He aquí algunos locales donde se puede escuchar buen fado:

Arcadas do Faia (Rua da Barroca). Actuaciones en directo.

Café Luso (Travessa da Queimada 10). Aquí debutó Amalia Rodrigues.

Mascote de Atalaia (Rua de Atalaia) Fado tradicional para los entendidos, donde los fadistas locales despiden la noche en una pequeña taberna.

DÓNDE DORMIR

Existen muchos hoteles para todos los bolsillos. Pero una estancia especial en Lisboa sugiere los siguientes hoteles:

Ritz Four Seasons Hotel (www.fourseasons.com). Puro lujo.

Pestana Palace Hotel (www.hotelpestanapalace.com) Impresionante palacio del siglo XIX, en el Alto de Santo Amaro.

Internacional Design Hotel (www.internacional-design-hotel.com) Habitaciones diseñadas en diferentes estilos: urban, tribu, zen…

As Janelas Verdes (Rua das Janelas Verdes, 47) Hotel con encanto ubicado en un palacete del siglo  XVIII. Desayunar en su precioso jardin es una buena forma de empezar el día.

DÓNDE COMER

En un país famoso por su pescado fresco puede parecer extraño que el plato de mar preferido por las gentes del lugar sea el bacalhau, el bacalao seco y salado traído por los pesqueros del Atlántico.

Nuestros lugares preferidos son:

Tavares Rico (Rua Misericordia, 37). Es el restaurante más antiguo de la ciudad, nacido en 1784.

Aviz (Rua Serpa Pinto 12-B). En lujoso palacete barroco.

Cervejaria da Trindade (Rua Nova da Trindade, 20). En un antiguo convento decorado con azulejos de 1863.

QUÉ NO DEBES PERDERTE

Un atardecer en el Castillo de San Jorge, en lo más alto de Alfama.

Subir al ascensor de Santa Justa. Se obtiene la mejor vista de la urbe.

Tomar un café en A Brasileira. En la rua Garret. Es el símbolo de la intelectualidad lisboeta. Es de 1905.

Los “pastéis” de Belém. Son exquisitos y siguen elaborándose siguiendo una receta secreta de la Antiga Confeitaria de Belém (Rua de Belém, 84-92), desde el año 1837.

Monasterio do Carmo. Permite el acceso al Museo Arqueológico.

Pasear por la Praça do Rossio. Su planta rectangular constituye el eje estético del centro de la capital.

Tranvía 28. Hay que subirse a él y descubrir, tras los cristales, la parte más vieja de la ciudad.

Visita al Monasterio de los Jerónimos

MÁS INFORMACIÓN

www.visitlisboa.com