Una caravana de camellos se divisa en el horizonte del desierto. Avanzan poco a poco, sin prisa y solos, porque nadie los dirige. Aún así no se perderán. Se alejan en fila india hacia un destino invisible que uno llega a pensar que llevan escrito en el ADN. Desaparecen y en mis retinas de viajero cansado sólo queda esta luz, inmensa y absoluta.

El viaje por el desierto puede ser un viaje sin un final nítido, un viaje en el espacio y en el tiempo donde las dunas se suceden una detrás de otra mientras desaparecen todos nuestros puntos de referencia tradicionales.

El desierto de Túnez, el Sáhara, es la cultura de sus habitantes, el cansancio y el espíritu de adaptación de un antiguo pueblo de nómadas que ha sabido sobrevivir a las reglas de una naturaleza difícil y vencer la prepotencia de otros pueblos agresivos e invasores, para poder así conservar su cultura y religión.

Lo cierto es que el desierto puede trasladarnos a otras realidades, pues lo que se imagina como un escenario de ficción, se convierte en realidad cuando se llega al escenario del filme Star Wars.

O incluso Chott el Jerid, donde la natural y milenaria condensación de agua del mar, confunde nuestra retina dibujando formas inexistentes.
El lago salado se convierte en un escenario casi increíble. La vasta depresión estéril alrededor del lago salado de Chott El Jerid es la frontera meridional del mundo mediterráneo con el gran Sáhara tunecino. A partir de aquí el vacío espacial y la intensidad de los pocos elementos prevalecerá en mis instintos.

El Jerid es “el país de las palmeras”, el elegante y resistente árbol que, como el camello, nos anuncia que no estamos perdidos en la inmensidad del desierto. En estos palmerales susurra la voz de Dios y desde las dunas doradas uno comprende perfectamente todas las visiones que surgieron de este universo sin adornos.

La riqueza de los oasis está en el agua, el bien más preciado. Y donde hay agua, crecen las palmeras, un árbol casi sagrado para los beréberes. El hombre del desierto ha aprendido a aprovecharlo todo de la palmera. El tronco sirve para la construcción de casas y puentes, útiles para cruzar los canales de regadío. La palmera sirve para “crear” cestos, la savia se bebe. Finalmente, es una parte importante de la alimentación de la población: el dátil. Y… ¿dónde está la magia que caracteriza a los oasis de Túnez? Muy sencillo: en la sombra que ofrecen sus palmeras. Sí, porque allí es donde el hombre descansa de sus viajes, donde comparte su comida; es la sombra lo que protege los cultivos y todas las culturas que crecen en su regazo. Así son los oasis de Túnez y para quien los divisa después de un día viajando por el desierto es lo más parecido al paraíso.

EN LA ANTESALA DEL GRAN SAHARA
La primera ciudad del sur tunecino que uno se encuentra viajando desde el norte es Tozeur. Nunca me cansaría de explorar las calles encantadas de Tozeur, bajo cuyas bóvedas me sigue el viento perfumado de los vergeles.
Tozeur es el punto de llegada o de partida de muchas de las caravanas de turistas que vagan por el desierto.
Recogida alrededor de la plaza del mercado, la ciudad, con sus minaretes que se levantan hacia el cielo, ha sido llamada “la ciudad de la poesía”, por la sensibilidad de su cultura y porque aquí nació Abou-Al-Kacem Echebbi, el más importante poeta tunecino del siglo pasado.

Cuando se abandona Tozeur, en direcciónn norte, aparecen otras paradas obligatorias, indispensables en el circuito de los oasis de montaña: Chebika, Tamerza y Midés.
Chebika, en el flanco de una montaña, destaca por el verde exuberante de su oasis. Hoy es una aldea abandonada debido a las inundaciones de 1969, que no dejó prácticamente nada en pie.

Tamerza es un antiguo puesto militar romano y refugio bereber cuya belleza circundante ha servido como escenario a diversos directores de Hollywwod, como fu el caso de “Indiana Jones en busca del Arca Perdida”.

Y finalmente, Midés, allí donde las aguas de las montañas discurren en cascadas por entre los recortes naturales esculpidos de las rocas calcáreas. Su espectacular cañón ha servido, también para rodar algunas escenas espectaculares de la película “El Paciente Inglés”.

Al otra lado del lago salado, ya en dirección sur, está el Sáhara que todos imaginamos. Y las famosas dunas del oasis de Douz. Éste es algo más grande que un pueblo típico del desierto, rodeado por las dunas y la arena, que conserva celosamente sus antiguas costumbres.
Douz es conocida popularmente como “La Puerta del Desierto”… La puerta hacia nuevas experiencias, hacia las excursiones por el desierto en vehículos 4×4, o paseos en ultraligero, o en globo, kart, dromedario…
El colofón perfecto para un viaje extraordinario por el Gran Sur tunecino.
Au Renoir, Sahara.

CÓMO IR
TunisAir (www.tunisair.com) vuela directamente desde Madrid y Barcelona a Túnez capital. En Túnez se enlaza con Tozeur.

QUÉ HAY QUE SABER
Formalidades de entrada. Pasaporte en vigor.
Cuándo ir. El clima es templado, comn inviernos suaves (11º) y veranos agradables. La época de lluvias es de diciembre a febrero. La estación estival empieza a partir de mayo.

QUÉ VER. QUÉ HACER
En los oasis
Tozeur. Es la ciudad más importante del Chott, el lago salado. El principal paseo por Tozeur es el inmenso oasis que se extiende por las afueras.
Douz. Es un minúsculo pueblo que debe su relativa importancia a que a partir de aquí empiezan las dunas del desierto.

Oasis de montaña. Visitas obligadas son Tamerza, Chebika y Midés, éste último con su espectacular cañón natural)
Excursiones por el desierto. Son la gran atracción del sur de Túnez. En los hoteles se ofrece información de cómo alquilar guías y vehículos 4×4. En Douz está PEGASE (Centro de Animación y de Aventura) donde poder alquilar quads, ultraligeros, paseos en camello… www.pegasesahara.com
Dormir en el desierto. El viajero que llega al desierto no se imagina que se encontrará ante Timbaine, un campamento beduino transformado en hotel en el corazón del desierto. Pruébelo, cenar y dormir una noche (por lo menos) en el Sáhara, bajo la luz de las estrellas, es una experiencia única.

GASTRONOMÍA
En la cocina tunecina confluyen influencias de los pueblos bereberes, árabes, moriscos y Turcos. El plato más emblemático, el cuscús, se elabora con sémola preparada al vapor y se sirve con cordero, pollo, ternera y una mezcla de verduras. Además de la carne y verduras guisadas, el litoral del país proporciona una variedad de pescados y mariscos. De los entrantes destacan los briks y los deliciosos “dedos de Fatma”, rellenos de huevo, queso, atún, pollo o gambas. Las ensaladas se aliñan siempre con aceite de oliva de gran calidad. También hay que probar los pasteles tunecinos, elaborados con frutos secos, hojaldre miel, o pasta de almendra condimentada con agua de rosa o geranio.

COMPRAS
Los zocos o mercados tunecinos son un paraíso para ir a comprar. La tradición artesanal se mantiene muy viva y pueden encontrarse artículos de gran calidad. Entre ellos destacan la orfebrería, y los trabajos de latón grabados a mano; los bolsos, mochilas, y chaquetas de cuero; las botellitas de cristal para guardar los perfumes más sugerentes; los objetos de cerámica; y una gran variedad de perfumes.
Recomendamos especialmente la alfarería tradicional de Nabeul y Guelalla, en la isla de Djerba.

MÁS INFORMACIÓN
Oficina Nacional de Turismo de Túnez. www.turismodetunez.com