En el Wadi Rum sorprenden los cambios brutales de luz, por lo que para disfrutar al máximo de este soberbio escenario natural, se debe planificar el viaje con una duración, al menos, de dos días. Serán suficientes para deleitarse con los mágicos amaneceres y atardeceres… escrutando un universo que parece sacado de una película de ciencia ficción. Dormir en pleno desierto, bajo un cielo tan poblado de estrellas que parece irreal, y sumergirse en un profundo silencio es una experiencia única, memorable, donde de pronto uno se da cuenta que todo cuanto le rodea parece hecho para cautivar al viajero.

En el interior del hotel del desierto

En el interior del hotel del desierto

 PARADA EN RUM

La primera gran parada es la pequeña aldea de Rum, un asentamiento poblado por beduinos y puerta de entrada al desierto, donde se puede encontrar todo cuanto se necesita para adentrarnos en esta tierra.

Rum

Rum

Las alternativas son múltiples y muy variadas, desde grandes caminatas a paseos cortos, hasta incluso la posibilidad de perderse en el desierto una noche para dormir verdaderamente  a la “belle etoile” solo acompañado por el firmamento.

Entrada al campamento-hotel del Wadi Rum

Entrada al campamento-hotel del Wadi Rum

Todas las propuestas incluyen la posibilidad de ir acompañados por un guía local, normalmente un beduino. Un centro de interpretación y una proyección de una película acaban de convencer al viajero sobre las posibilidades y las maravillas de l naturaleza que se pueden disfrutar en el desierto. La mayoría de los principales puntos de interés y los paisajes más espectaculares se encuentran bastante más lejos de la aldea de Rum. Por tanto, una recomendación básica para quienes se aventuren por este hermoso paraje es descubrir la zona en coche todoterreno, siempre acompañados de un buen guía. Con él resultará fácil llegar a sitios como coo el cañón de Barrah, Yebel Faishiyya, la casa de Lawrence de Arabia, Yebel Umm Ulaydiyya y el puente rocoso de Burdah, sin duda los mayores puntos de interés del desierto.

El Cañón de Barrah, por ejemplo, es una extraordinaria garganta natural  de unos cinco kilómetros que bien vale la pena recorrer a pie para quedar extasiado con las formas de la geología. Después, si nos queda aliento, podemos acercarnos a la llamada “Casa de Lawrence”. En verdad no son más que un montón de piedras que, según se dice, formaban parte de la antigua vivienda que el aventurero británico tenía en el Wadi Rum. Eso sí, con una increíbles y extraordinarias vistas del desierto.

No obstante, una buena visita al Wadi Rum debe contemplar el disfrute de las dunas. Todo este desierto está salpicado de  espectaculares dunas rojizas y anaranjadas que vale la pena gozar desde su inmensidad, perdido en mitad de ellas, aunque quizá la mejor visión de éstas sea desde Yebel Umm Ulaydiyya o quizá junto al puente rocoso de Burdah.

También es aconsejable acercarse a Jebel Khazali, un pequeño siq o desfiladero de piedra salpicado de estanques en cuyas paredes  se conservan inscripciones de las tribus que habitaron aquí. La mayoría de estos dibujos esquemáticos son nabateos, un pueblo que se estableció en la región en torno al siglo VI a de C. El comercio de mirra, incienso y de las especias procedentes de las rutas del mar Rojo y el océano Índico favorecieron su contacto con otras civilizaciones  y enriquecieron sus arcas. Fruto de todo ello, en la zona se desarrolló un estilo arquitectónico propio, el que impera en Petra, que hoy nos maravilla a todos.

No muy lejos de allí se encuentra Yebel Faishiyya, donde se localizan las más importantes inscripciones grabadas en la roca por los nabateos, así como las ruinas de un pequeño templo edificado  hace dos mil años dedicado a la diosa Allat. Muy cerca de este templo también se encuentran algunas inscripciones realizadas por los clanes nómadas del siglo II a de C.

CONVIVIR CON LOS BEDUINOS

Los beduinos son los otros grandes protagonistas del desierto. Los pobladores del Wadi Rum pertenecen a la tribu Howeitat y son un ejemplo de la siempre difícil compatibilidad entre tradición y adaptación a los nuevos tiempos. Afirman ser descendientes del profeta Mahoma y son gente muy generosa y hospitalaria. Quizá por esta razón, uno de los mayores atractivos de un viaje por el desierto jordano sea ir al encuentro de un campamento beduino auténtico.

No es fácil, pues según los estudiosos se estima que no más de treinta familias beduinas conservan su arcaica forma de vida.

Recorrer hoy el desierto de Wadi Rum es como remontarse en el tiempo, desde los orígenes del hombre hasta la realización de sus más bellas aspiraciones. Por muchos lados se ven herramientas en la superficie del suelo, hogares, abrigos en las rocas. En muchas partes surgen los más hermosos y elocuentes vestigios de una lejana historia: cientos de imágenes y frescos pintados y grabados en las paredes de las pequeñas colinas. Aquí se extiende una polifonía de colores: hombres, mujeres y niños, integrantes de una tribu de beduinos, levantan el campamento y empujan su ganado hacia una maleza seca que se adivina.

Texto y fotos de ALVARO ARRIBA

Qué hacer y dónde dormir. Jordania es un país seguro y las carreteras están en muy buen estado. Al llegar a la aldea de Rum, en el mismo Centro de Visitantes  es posible contactar con guías y programar excursiones. Lo normal es contratar dos o tres días de excursión, lo que permite pasar una o dos noches durmiendo con tiendas a la luz de las estrellas. Aquí no hay lujo, pero la experiencia vale la pena.

Cómo ir. Jordania cuenta con dos aeropuertos internacionales. El principal es el de la Reina Aila, 35 kilómetros al sur de Amán. Royal Jordanian ofrece vuelos desde Madrid y Barcelona.

Dónde comer. En Rum hay dos restaurantes que ofrecen comida jordana típica. También en el mismo albergue gubernamental es posible disfrutar de un buffet bastante generoso y, con suerte, hasta encontrar cerveza.

Más informaciónwww.visitjordania.com