Puerto de Alvor. Costa del Algarve. Las diez de la mañana de un día seco, frío y soleado de finales de otoño. Sentados junto a las casetas de pescadores, unos marineros reparan las redes. Me acerco y les pregunto si puedo tirar algunas fotografías. Aceptan encantados, con la amabilidad propia de los portugueses.

– ¿Cómo se llama?- pregunto a un hombre de unos setenta años que repasa cuidadosamente una delgada red.

– Zé Miguel – dice con cordialidad-. ¿Para qué son la fotos? ¿para ti?

– No, no son para mí. Trabajo para una web de viajes y estoy realizando un reportaje sobre el Algarve.

– ¿De dónde es la web? – me pregunta intrigado.

– Es española, “www.espirituviajero.com”-.

El hombre se queda pensativo; luego me pregunta:

– ¿Cómo es la vida en España? ¿Cómo se vive en España?-.

Yo todavía me quedo más sorprendido que él.

– Pues, más o menos igual que aquí. Se vive bastante bien. Buen clima, buena gente…

Zé Miguel sonríe.

– ¿Saldrá esta foto publicada?-.

– La verdad, no lo sé. Esto ya depende de la web.

Dejo la cámara y paso un rato conversando con el pescador.

Más tarde, mientras conduzco y me pierdo una y otra vez por el laberinto de carreteras de la costa con la intención de llegar a la playa de Sâo Rafael, cerca de la población de Albufeira, pienso que mi breve encuentro con Zé Miguel puede servirme para escribir e ilustrar el reportaje sobre el Algarve, para mostrar la  dicotomía que se produce en una región donde un mundo moderno y hecho a la medida del visitante convive con antiguos oficios y tradiciones. 

Pescadores de Armaçao de Pera

Pescadores de Armaçao de Pera

El Algarve es una región hermosa y contradictoria, donde coexiste un crecimiento urbanístico desmesurado y un mundo marinero y rural que parece vivir al margen de la eclosión del turismo.
La playa de Sâo Rafael, a la que llego después de perderme por entre calles y carreteras mal señalizadas, es otro paradigma de esta realidad. La playa, cercada hacia poniente por un acantilado arenoso y erosionado por el viento, se mantiene limpia e incólume. El viajero tiene la impresión de encontrarse frente a un paisaje virgen, casi inexplorado por el hombre. La arena es de color dorado; hay apenas tres o cuatro personas que pasean por la orilla aprovechando la bonanza del día. El lugar es hermoso. Sin embargo, hacia el interior varias urbanizaciones se hallan desperdigadas sin ton ni son en dirección a Albufeira. No es raro ver edificios a medio construir e innumerables apartamentos recién acabados, listos para que los compren gentes venidas de la fría Europa del Norte.

Playa Sâo Rafael

Playa Sâo Rafael

El Algarve acoge turistas todo el año. Desde que en la década de los sesenta se abrió el aeropuerto internacional de Faro, el Algarve nunca ha dejado de absorber turistas. Han crecido las urbanizaciones, los hoteles, los apartamentos, los campos de golf, las discotecas, los bares, supermercados y todo cuanto comporta el turismo y el consumo. Pero si se piensa bien, no se ha inventado nada. Lo esencial sigue estando ahí, como lo estaba hace miles de años. La fertilidad de la tierra, la benignidad del clima y sus ríos navegables ya fueron codiciados por fenicios, griegos y romanos que se establecieron en esta región, así como por los árabes, que con la expansión del islamismo ocuparon el Algarve durante varios siglos. Fueron los árabes quienes llamaron a esta tierra Al Gharb (“el oeste”) para indicar el lugar donde acababa su imperio.
La influencia de la dominación árabe en el Algarve todavía se nota en la arquitectura de las casas tradicionales y en algunos detalles, como chimeneas; también la nomenclatura de varios de sus pueblos y localidades proviene del árabe.
Cerca de la playa de Sâo Rafael se encuentra Albufeira -Al-Buar, castillo sobre el mar, en árabe- quizá la población de la costa más visitada y, en cualquier caso, la capital turística del Algarve. El pueblo conserva en el centro histórico las casas construidas con posterioridad al terremoto de 1755. Si se asciende hacia la parte alta del pueblo, hacia la rua de Igreja Velha se puede pasear por calles de casas encaladas y tranquilas.
En Albufeira basta acercarse a la playa Dos Barcos y ver el ambiente pesquero, para corroborar esa impresión de que el Algarve vive entre dos mundos. Hay una pequeña lonja, justo al pie de playa, y los pescadores siguen realizando su labor de la misma manera que lo hicieron sus antepasados. Rostros bruñidos por el sol, manos grandes y rugosas que han largado y cobrado cientos de cabos, y, una vez más, esa amabilidad que parece escapar a la dureza del mar.

Albufeira

Albufeira

FARO, CAPITAL DEL ALGARVE
La costa sur del Algarve tiene alrededor de 150 kms. de playa. Y podría decirse que casi se puede ir andando desde Vila Real de Sâo Antonio, cerca de la frontera con España, hasta Lagos y Sagres, en la punta más occidental y no lejos del cabo Sâo Vicente.
En Faro, durante mi tercer día de estancia en la región, almuerzo con Daniel Queirós, de la Regiao de Turismo do Algarve, en un restaurante del puerto. El róbalo, la lubina que nos ofrecen, está exquisita y mientras la degusto -¿es una exageración decirlo?- siento el mar dentro de mí. La comida es un punto y aparte en el Algarve; para quien disfrute del buen pescado y de la buena mesa, el Algarve es un tesoro inagotable. Rodaballos, doradas, salmonetes, emperador, sardinas y mariscos, pueden mantener su paladar ocupado durante largas e inolvidables horas.
Faro es la capital del Algarve y a menudo se obvia su visita; sin embargo, la ciudad tiene cosas interesantes que ofrecer. Faro ya fue un puerto utilizado por los romanos, la llamaron Ossonoba, y a lo largo de su historia fue conquistada por los árabes, reconquistada por Alfonso II en 1249, saqueada por los ingleses y destruida por el terremoto de 1755 que resultó devastador para la región. El casco antiguo, en un promontorio junto al puerto, transmite esta sensación de sosiego de la que a veces carecen otras localidades de la costa. Se accede a la parte antigua por el Arco de Vila, y una calle asciende hasta la plaza Largo de Sé, donde está la iglesia de Sao Francisco y una escuela municipal. Recostados contra la pared de la escuela, en la plaza empedrada unos adolescentes toman el sol entre clase y clase, mientras fuman un cigarrillo. La imagen, no puedo evitarlo, me hace gracia; es una costumbre antigua, quizá genética, que no habla el lenguaje de la modernidad.

Faro

Faro

Mi viaje por el Algarve prosigue. Día a día se suceden los paisajes. Tanto la costa Sur, como al Oeste, como en el interior, cerca de la sierra que da nombre a la región y la separa del Alentejo, descubro playas y paisajes fascinantes. Voy un poco a la deriva, sin hacer demasiado caso de guías, parándome allá donde la intuición me lleva.
Hay dos maneras de viajar; la primera, aquella que nos permite conocer escenarios de novelas e historias que poblaron nuestros sueños de infancia y adolescencia; otra, bien distinta, es obrar al revés. Intentar captar el espacio y después leer y aprender sobre el mismo; conseguir que la impresión sea primero que la historia. Así viajé por el Algarve. Los escenarios a los que me mandó el recepcionista del hotel resultaron más hermosos que las playas de renombrado nombre.
No lejos de la frontera con España, al este de Faro, hay numerosas islas y playas que la marea deja al descubierto. Cacela Velha y Tavira son quizá dos de las localidades más hermosas del la costa oriental del Algarve.
Tavira es un linda población partida por el río Gilào. Un puente romano, hoy reconstruido, une las orillas. La ciudad es bonita, con viejas mansiones junto al Gilào que al atardecer tiñen de blanco y amarillo las aguas del puerto.

Playa de Castelo

Playa de Castelo

LA COSTA DE LOS NAVEGANTES
El Algarve disfruta de una mezcla de Mediterráneo y Atlántico en el carácter de la gente y en la Naturaleza salvaje de sus paisajes que fascina al viajero. En la zona occidental, Lagos es la población principal. La ciudad fue ocupada por los árabes en el siglo VIII y desde entonces, gracias a su amplia bahía, se convirtió en un importante centro naval. Lagos fue la capital del Algarve entre 1576 y 1756. También fue totalmente destruida por el terremoto de 1755, pero en el centro del pueblo hay algunas edificaciones de los siglos XVIII y XIX sobrios y elegantes, así como un par de iglesias, Santa María y Santo Domingo, que vale la pena visitar.
Al sur de Lagos, la Ponta da Piedade, un acantilado, ofrece una espléndida panorámica de la costa al atardecer; las formaciones rocosas y las pequeñas calas de los alrededores son dignos de ver durante la puesta de sol, cuando el color de la arena y las rocas vira del amarillo al rojo y grana.
En realidad, la costa occidental está menos urbanizada y el cabo de Sâo Vicente marca la línea divisoria entre el sur y el oeste del Algarve. Allá ruge el viento y las olas del Atlántico se estrellan contra los altos acantilados.

El Algarve enamora al viajero

El Algarve enamora al viajero

Cerca del cabo está la población de Sagres y el castillo homónimo que en el siglo XV albergó una escuela de navegación fundada por Enrique el Navegante (Oporto, 1394 -Sagres, 1460). Enrique el Navegante, hijo de Juan I de Portugal, después de participar en campañas militares, incluida la conquista de Ceuta, se dedicó enteramente la navegación con el objetivo de explorar la costa occidental de África. Los descubrimientos de los navegantes portugueses, su siglo de bonanza económica, y las colonias de África, Asia y América, fueron posibles por el empeño de un hombre que dedicó media vida a estudiar la navegación e impulsar grandes proyectos marítimos. El descubrimiento de Brasil en el 1500, los viajes de Vasco de Gama a la India y la expansión del poder marítimo portugués tuvieron en el castillo de Sagres y en Enrique el Navegante a sus impulsores. Más hacia el norte, la costa es abrupta. De vez en cuando se descubre una bahía al fondo, como la playa de Belixe, junto a cabo San Vicente, o más al norte donde en la extensa playa de Arrifana se abre al inmenso Atlántico.

LA SIERRA DEL ALGARVE
En el interior del Algarve hay zonas de plantíos y sierra, con predominancia de olivos, naranjos, limoneros e higueras. Según se asciende, en la sierra aparecen pinos y eucaliptos, y amplias zonas donde apenas se ve una persona y que contrastan con la concentración de la costa. De vez en cuando se divisa a un pastor con su rebaño de ovejas.

Iglesia de Boliqueime

Iglesia de Boliqueime

Cerca de Monchique está el monte Foia, con casi 1000 m. de altitud, y el punto más alto del Algarve. En días de cielo claro se distingue el perfil de la costa y el contraste entre el Algarve primigenio, el rural, y el sobrevenido o turístico.
Algunas localidades del interior son tranquilas y apacibles. Quizá Silves, por la muralla que rodea el centro, visible desde los alrededores, y Alte, son algunas de los más hermosas y visitadas, pero hay otros pueblos -Querença, Cachopo, Boliqueime, por citar algunos-, que son una delicia y obsequian al visitante con pequeñas iglesias. Sâo Lourenço, cerca de Almancil, es una de las más hermosas, sobre todo por los azulejos azules y blancos que recubren su interior, aunque, en otras localidades pueden admirarse estas iglesias que muestran arquitectura sencilla, ábsides y campanarios encalados e interiores muy ornamentados.

Silves

Silves

Días más tarde voy a la playa de Armençao de Pera. Mientras saco otra serie de fotografías de los pescadores, pregunto una vez más dónde comer buen pescado.
-Mira ahí, en esa callejuela tienes el restaurante Zé Leiteiro, famoso en el mundo enteiro-, dice riendo.
El pescador es divertido pero la experiencia culinaria todavía lo es más. El restaurante es una casucha con 10 o 12 mesas alineadas donde por 1.500 Escudos te sirven pescado grelhado, a la brasa, hasta que decides no comer más.
Me doy cuenta de que durante todo el viaje apenas he consultado mi guía de viaje. He ido saltando de lugar en lugar un poco guiado por lo que me decía la gente de aquí. He comido en lugares que no constaban en ningún libro sobre el Algarve y he atravesado el interior al azar, sin importarme el tiempo, ni la hora. Los días han sido hermosos, de sol agradable y atmósfera limpia, y he trabajado sin agobios, dejándome llevar ¿Qué más se puede pedir?

Iglesia de San Lorenzo

Iglesia de San Lorenzo

LA RIVERA DEL GUADIANA
Si se sigue la carretera interior, casi paralela a las montañas del Algarve, en dirección este se va a parar a Alcoutim, una pequeña población a la vera del Guadiana; desde este lugar la carretera desciende siguiendo el curso del río y el paisaje es uno de los más hermosos y olvidados del Algarve. Los antiguos navegantes utilizaban esta ruta, y Alcoutim fue un centro de interés comercial para fenicios, griegos, romanos y árabes. La profundidad del río desde Ayamonte hasta Alcoutim propiciaba un puerto seguro. También en el río, Fernando I de Portugal y Enrique II de Castilla firmaron la paz, en el año 1371.
Una carretera desciende desde Alcoutim siguiendo el curso del río y el escenario es precioso. Almendros y olivos parecen retorcerse al paso de río.
Mis días en el Algarve se acaban, pero cerca de Alcoutim tengo uno de los encuentros y la experiencia más gratificante de todo el viaje. Diviso en un campo a lo lejos una serie de gente recogiendo la aceituna. Doy marcha atrás, y me adentro en el camino de tierra donde hay otro vehículo aparcado. Bajo con la intención de tirar algunas fotos.
– Claro, ningún problema -dice Joao Manuel- pero antes acepta un vaso de vino-.
– No sé si debería; todavía no he comido nada y…
– No se hable más; come alguna cosa.
De una cesta Joao saca pan, queso, jamón y chorizo.
– Todo casero – dice con orgullo. -Sírvete lo que quieras.
Corto una rebanada de pan, un poco de queso, de jamón y chorizo. Me siento y como. La comida me sabe a gloria. No es la lubina que comí en el puerto de Faro, ni el emperador perfectamente cocinado a la plancha, pero el pan, el jamón, el chorizo, el queso y el vino, joven y fresco, saben a manjar de dioses. No, no sabe a manjar de dioses. Lo és.
Allí está toda la familia. Menos los más jóvenes.
– ¿Viven del campo?
– No, ni mucho menos, pero aprovechamos el fin de semana para venir a recoger la aceituna. Nos gusta pasar el día aquí-.
– ¿Cuánto recogen?
– Pues llevaremos como diez arrobas.
– Perdona, y una arroba ¿cuántos kilos son?
– Quince kilos.
– ¿Y durante la semana? ¿A qué te dedicas?
– Soy albañil – contesta Joao-. Me encargo de arreglar los pequeños desperfectos de un hotel en Castro Marim.

Recogida de aceitunas en Alcoutim

Recogida de aceitunas en Alcoutim

Antes de despedirme, prometo mandarle algunas fotos; después prosigo mi itinerario por la vera del Guadiana.
La carretera asciende por un promontorio donde se divisan los recovecos del río. Bajo algunos metros por la ladera, tiro algunas fotografías más con el Guadiana al fondo; allá a lo lejos hay un par de barcos fondeados.
El día es azul y nítido con sólo algunas nubecillas que parecen de algodón -o de mentira- suspendidas en el cielo. Me siento eufórico ¿Serán los dos vasos de vino?
El vino noble ayuda a apreciar la vida, pero es la compañía de los hombres lo que la hace más hermosa.
Desde lo alto del promontorio, grito en soledad; mi grito es un grito de júbilo y de agradecimiento. Grito porque en este preciso instante me siento feliz.
Sí, el Algarve es bello y contradictorio; a la belleza de sus playas, protegidas por la misma erosión del terreno, hay que oponerle ese caos urbanístico que ha crecido cerca de algunos lugares de la costa. Sin embargo, el Algarve es un destino que también enriquece de otra manera; un lugar en el que la vida, la gente está ahí, al alcance de quien quiera cogerla y disfrutarla.
En el Algarve, sus gentes de siempre nos explican la verdadera historia de esta tierra.
El Algarve que yo aprecio está en los ojos interrogantes y vivos de Zé Miguel, el pescador de Alvor; el Algarve son estas playas donde pasear bajo el crepúsculo durante kilómetros y kilómetros. El Algarve es la amabilidad de Joao y de su familia, y el sabor de su vino y del queso inolvidable que me ofreció.
Los buenos viajes, los mejores, provocan un sentimiento de euforia en el viajero. Remueven todo por dentro; cuando esto sucede, es que el viaje funciona.

Por Ramón Villeró


Ver mapa más grande

CÓMO IR
Hay que volar hasta Lisboa. De Lisboa existen magníficas conexiones hasta Faro, la capital del Algarve.

QUÉ SE DEBE VER
La costa del Algarve es extensa y el interior también ofrece paisajes muy bellos. Se podría decir que no sólo de playas vive el Algarve. Para que resulte más fácil hemos dividido este apartado en cuatro partes, siguiendo el perfil de la costa, para pasar al interior y acabar en Alcoutim, uno de los lugares más interesantes de la región, al lado del río Guadiana.

De Vila Real San Antonio a Faro
Vila Real San Antonio y Castro Marim son las dos primeras localidades portuguesas que encontramos si accedemos al Algarve desde Ayamonte (España). Ambas poblaciones se hallan a la orilla del Guadiana y antaño fueron importantes centros de pesca. Castro Marim fue famosa por sus salinas, convertidas ahora en la Reserva Natural do Sapal.
Algo más al Sur, Cacelha Velha, es un pequeño pueblo que se alza en un promontorio sobre el mar. Las casas encaladas se hallan dentro de un recinto amurallado. Desde el pueblo puede verse la playa y las barcas varadas en la arena durante la marea baja.
Siguiendo en dirección a Faro, Tavira es, con toda seguridad, la población más hermosa de este lado del Algarve. Partida por el río Gilào, un puente romano, reconstruido en la actualidad, une ambas orillas. La ciudad es agradable, con viejas mansiones al lado del río que al atardecer tiñen de blanco y amarillo las aguas del puerto. Todavía quedan en pie las murallas del antiguo castillo árabe, enclavado en el barrio musulmán; desde aquí se disfruta de una buena vista sobre la ciudad,
Olhao, a seis kilómetros de Faro, debe su prosperidad a la pesca. La iglesia de Nossa Senhora do Rosario y la de Nossa Senhora dos Aflitos son sus dos edificios más visitados; junto a las iglesias está el pintoresco mercado. Las islas de Armona, Culatra y Farol son accesibles desde el puerto de Olhao y están integradas en el Parque Natural da Ria Formosa.
Faro. El puerto de Faro ya fue utilizado por romanos, árabes e ingleses, aunque la ciudad quedó prácticamente destruida por el terremoto de 1755. Es la capital del Algarve desde 1756 y en la actualidad alrededor de 50.000 personas viven en ella. El casco antiguo y el puerto son el centro de la ciudad. El Arco de Vila, al lado del puerto, nos permite entrar en el casco viejo y acceder a la plaza Largo de Sé, donde se halla la iglesia de Sao Francisco y el Palacio Episcopal construido en el siglo XVIII. Fuera del casco antiguo, el Museo Municipal, el Museo Marítimo, el Museo Etnográfico y la Iglesia do Carmo son otros de los lugares de interés. Santo Antonio, la calle principal, fuera del casco viejo, atraviesa Faro de oeste a este. La calle es peatonal, de suelo empedrado, con diversas tiendas modernas y antiguas donde comprar cerámica, artículos de piel y cualquier producto típico de la región.

De Quinta do Lago a Portimâo
Al oeste de Faro, la zona de la costa está prácticamente cercada por campos de golf. La práctica de este deporte está muy extendida en el Algarve. También a partir de aquí, el litoral está salpicado de urbanizaciones y pueblos turísticos, aunque muchas de estas localidades mantienen su encanto.
Vilamoura, dispone del mayor puerto deportivo del Algarve. A su alrededor se ha edificado todo un complejo turístico, con hoteles de cinco estrellas, aeródromo, apartamentos, salas de cine e innumerables bares, restaurantes y discotecas. El casino de Vilamoura es el más concurrido del Algarve.
Albufeira. El pueblo conserva en el centro histórico las casas construidas con posterioridad al terremoto de 1755. Si se asciende hacia la parte alta del pueblo hacia la rua de Igreja Velha se puede pasear por calles de casas encaladas y tranquilas.
En Albufeira vale la pena acercarse a la playa Dos Barcos y entrar en contacto con el ambiente pesquero que se sigue respirando en varios pueblos del Algarve. Si lo prefiere puede acudir a la localidad vecina de Armaçao de Pera a primera hora de la mañana para ver la subasta de pescado que se realiza en la misma playa.
Playas de Albufeira. Sao Rafael, Galé y Castelo, cerca de Albufeira, por su lado oeste, así como Olhos de Agua, al este, son algunas de las playas más hermosas del Algarve. Las formaciones rocosas, la erosión del viento y las olas y la amplitud de las playas forman paisajes de una belleza singular. Es interesante acudir a alguno de estos lugares durante la puesta de sol.
Playa da Rocha y Portimâo, más hacia el oeste, son poblaciones con clara vocación turística. Aquí la ausencia de formaciones rocosas y acantilados en algunas áreas ha permitido que los edificios se hayan construido cerca de la playa.

De Alvor al cabo San Vicente
El pueblo de Alvor resulta más gratificante que la ciudad vecina de Portimâo. Alrededor de Alvor hay también varios hoteles y urbanizaciones, pero conserva su carácter de pueblo de pescadores. Entre las calles del pueblo está la iglesia del Divino Salvador construida en el siglo XVI.
Lagos. Fue la capital del Algarve entre 1576 y 1756. También fue totalmente destruida por el terremoto de 1755, pero en el centro del pueblo hay algunas edificaciones de los siglos XVIII y XIX sobrias y elegantes, así como un par de iglesias, Santa María y Santo Domingo, que vale la pena visitar.
Al sur de Lagos, la Ponta da Piedade es un acantilado, con formaciones rocosas y pequeñas calas que ofrecen una espléndida panorámica de la costa al atardecer.
Sagres y el cabo San Vicente. Hacia la punta más occidental está la población de Sagres y el castillo homónimo que en el siglo XV albergó una escuela de navegación fundada por Enrique el Navegante. Aquí los acantilados y la amplitud de la vista sobre el océano dejan en el viajero una sensación agradable de vastos espacios.
El cabo de San Vicente divide la costa sur y la costa occidental del Algarve. Los antiguos marineros pensaban que la Tierra se acababa en este lugar. La altura de los acantilados es espectacular. En los alrededores hay algunas playas, como Belixe, en las que apenas hay gente, incluso durante el verano.

La costa occidental y el interior
Desde el cabo de San Vicente una carretera corre por la parte occidental del Algarve, aunque desde ella no se ve el mar, protegido por los inmensos acantilados. Para acceder a esta costa hará falta desviarse hacia Bordeira, Arrifana o Odeceixe, algunas de las localidades que dan la cara al Atlántico.
A partir del pueblo de Aljezur, coronado por un castillo árabe del siglo X, hay una carretera interior que nos puede permitir atravesar el Algarve de oeste a este siguiendo la sierra que da nombre a la región.
Conforme se asciende en la sierra aparecen pinos y eucaliptos, y amplias zonas donde apenas se ve una persona y que contrastan con la concentración de la costa.
Monchique es una de las poblaciones más importantes del interior y un centro termal que, además, disfruta de un clima especial gracias a las corrientes del Atlántico.
Cerca de Monchique está el monte Foia que con casi mil metros de altitud es el punto más alto del Algarve. En los días de cielo claro se distingue el perfil de la costa y también se aprecia este contraste entre el Algarve primigenio, el rural, y el turístico.
Silves, Chelb para los árabes, fue la capital mora del Algarve. El pueblo todavía conserva la muralla del castillo, visible desde cualquier lado, y este es su principal atractivo. En el interior de la ciudad debe visitarse la iglesia de Sé, construida sobre la antigua mezquita, y el museo arqueológico en cuyo interior se halla una cisterna árabe del siglo XII.
Alte es otro pueblo donde vale la pena detenerse. Rodeado de pequeñas colinas, Alte sobresale con sus casas encaladas construidas alrededor de la iglesia de Nossa Senhora de Assunçao. En Alte es posible admirar la influencia árabe en la arquitectura de casa y chimeneas.
Hay muchos otros pueblos, Querença, Cachopo, o Boliqueime, por citar sólo algunos, que son una delicia y obsequian al visitante con la visión del Algarve de hace unos años, antes de la eclosión del turismo.

Alcoutim y el Guadiana
Alcoutim es una de las localidades más atractivas del Algarve, no por el pueblo en sí, sino por la comarca y el paisaje donde se ubica al lado del río Guadiana. La vista sobre la población española de Sanlúcar de Guadiana, al otro lado del río, es preciosa.
Desde Alcoutim la carretera desciende siguiendo el curso del Guadiana. En el río se ve algún que otro velero fondeado. Los campos de olivos, las aguas de color marrón en contraste con el verde de algunas plantaciones y los campesinos trabajando en el campo crean un escenario realmente atractivo para el viajero.

DÓNDE DORMIR Y COMER
Las posibilidades son múltiples. Hay que tener en cuenta que el Algarve vive prácticamente del turismo y que cada año aumenta el número de camas disponibles. La siguiente lista es sólo orientativa.

En Alvor
Cerca del viejo puerto de Alvor, en la playa dos Tres Irmâos, se encuentra el Hotel Pestana Carlton Alvor, Alvor 8500 Portimâo, teléfono (282) 45 89 00, uno de los mejores de esta zona del Algarve. El hotel tiene preciosas vistas sobre la playa.
En el pueblo, junto al puerto, hay varios restaurantes. Pruebe el O Arco da Velha, Largo da Ribeira 6 A, teléfono (282) 458468.

En Albufeira
Hotel Da Aldeia, Av Francisco Sá Carneiro. Areais de S. Joâo. 8200 Albufeira. En la zona más turística del Algarve.

En Armaçao de Pera
El restaurante Zé Leiteiro, en la Rua Portas do Mar 17, sirve pescado a la parrilla. Puede comer todo el que le apetezca.

En Faro
Hotel Ibis Faro, Pontes de Marchil E.N. 125. 8000 Faro
Hay un par de restaurantes en el mismo puerto que sirven pescado fresco. Pruebe el Restaurante Clube Naval, Doca de Faro, 8000 Faro.

En Sagres
El restaurante Tasca, en el puerto de Sagres, goza de una merecida fama. Su terraza orientada al sol permite comer afuera incluso durante el invierno.

GASTRONOMÍA
La comida del Algarve es variada y muy completa.
La carne de cerdo con almejas, platos de carne y los “ensopados” de cabrito y cordero son algunos de los platos típicos de la región. Aunque, sin duda, el plato fuerte es el pescado y el marisco. Sardinas, lubinas, besugos, sargos, meros, pez espada y bacalao, así como gambas, almejas, y otras variedades, pueden comerse de todas las maneras, a la brasa o cocinados al horno. También vale la pena probar la extensa variedad de postres y dulces.

MÁS INFORMACIÓN

www.visitportugal.com