Situada en el sur de Francia, a poco más de 100 kilómetros de la frontera, en el departamento francés del AUDE, PAÍS CÁTARO, es la escapada perfecta. Ofrece 300 días de sol al año, ciudad mediterránea 100 por 100, con una buena cocina, un buen vino, y un pasado rico. Sin embargo, y como sucede a menudo, pasa totalmente desapercibida al turismo. Y es una pena porque, como veremos, encantos tiene de sobras como para dedicarle al menos un par de días.

Hace ya más de 2500 años que los romanos construyeron una gran calzada que comunicara su imperio con Hispania a través de la Galia: la vía Domitia. Alrededor de aquélla no tardaron en florecer nuevas ciudades, y de entre ellas destaca Narbo (118 aC), la primera colonia romana de Francia, hoy Narbona.

Restos de la antigua calzada romana. Via Domitia

Restos de la antigua calzada romana. Via Domitia

Lo cierto es que Narbona es una villa pequeña -no más de 50.000 habitantes- y  las visitas imprescindibles están muy cerca unas de otras. Es, pues, una ciudad muy agradable para callejear sin prisas.

La Place de L,Hotel de Ville (Plaza del Ayuntamiento), lugar de encuentro favorito de los narboneses, es un buen lugar desde donde iniciar nuestro particular periplo por la ciudad. Si el tiempo lo permite, es bueno sentarse en una de las terrazas de la plaza y dejarse llevar… En Narbona, ya lo verán, hay tiempo para todo.

Un paseo junto al canal de La Robine nos llevará al palacio de los Arzobispos (s XIII y XIV) , el segundo conjunto arzobispal de Francia después de Avignon, y a la catedral de San Justo y San Pastor, del siglo XIII. Inspirada en las grandes catedrales de Francia, cuenta con el coro gótico más impresionante del país.

Canal de La Robine

Canal de La Robine

Palacio de los Arzobispos

Palacio de los Arzobispos

Catedral de Narbona

Catedral de Narbona

El órgano de la catedral es fantástico

El órgano de la catedral es fantástico

Después de estas visitas, lo más probable es que apriete el hambre. Entonces,  nada como acercarse al mercado, a Chez Babella, muy popular por sus exquisitos platos y por la vieja costumbre de lanzar la carne sobre las cabezas de los clientes. Me cuentan que el propietario es un viejo jugador de rugby profesional… De ahí viene esta curiosa costumbre.

El café, mejor tomarlo de nuevo en la plaza.  Y tras el café, nada como embarcarse en una de las barcazas que surcan el canal y dedicarse a contemplar la ciudad desde otra perspectiva. El paseo vale la pena.

Llega la noche y nos espera otra sorpresa: para cenar, sugiero ir a  Les Grands Buffets
Son 30 euros por persona pero podrá darse un auténtico festín gastronómico, de lujo; más de 270.000 personas pasan cada año por este restaurante-bouffet y, nos cuenta su propietario, que cada año aumenta la clientela. ¿El secreto?, calidad, calidad y calidad. Doy fe de ello.

Para el día siguiente, no muy lejos de Narbona aunque ya en la ruta que nos lleva a la inmortal Carcasona sugiero hacer una breve parada en el pequeño pueblo de Saint Hilaire, cuya abadía (siglos VIII y IX) estuvo bajo la protección de los condes de Carcasona hasta principios del siglo XIII, cuando los monjes acusados de herejía perdieron gran parte de sus bienes y la abadía fue devastada por los cruzados. En esta área se consigue uno de los vinos más prestigiosos del mundo, el Blanquette de Limoux. Pruébelo, le gustará. Se llevará un buen sabor de boca de esta escapada.

Abadía de Saint Hilaire

Abadía de Saint Hilaire

Claustro de la abadía de Saint Hilaire

Claustro de la abadía de Saint Hilaire

 

CÓMO IR
Renfe-SNCF disponde de trenes directos a Narbona desde Madrid y Barcelona.

MÁS INFORMACIÓN. http://www.rendezvousenfrance.com