Habría que remontarse al año 1881, cuando un general, Nelmut Von Moltke, que se encontraba de misión militar por los desolados montes Ankar, en la cordillera del Tauro, se dio de bruces con el hallazgo. Cuenta Nelmut que unos pastores que vivían en el remoto poblado de Horik le hablaron de una montaña en cuya cima se levantaban unas enigmáticas y enormes estatuas de personas y animales. Aunque Nelmut no se lo creyó del todo decidió subir a la montaña. Cuando llegó a su cima no cabía en su asombro. Efectivamente, aquella pequeña colina estaba rematada por un monumental pico rematada por la mano del hombre a base de pequeñas piedras apiladas y salpicada por enormes estatuas.

Detalle de la cabeza de una diosa
La altura de estas estatuas oscila entre los tres y los cinco metros; las cabezas, separadas de sus cuerpos a consecuencia de los movimientos sísmicos que a lo largo de la historia han sacudido a la región, yacen esparcidas por el suelo recreando un escalofriante campo de batalla y corresponden a dioses y hombres divinizados por el rey Antioco I: Hércules, Antíoco I, Zeus, la diosa Fortuna, Apolo, Mitra, Helios, Hermes y Alejandro Magno.
Hasta entonces, este santuario sólo era conocido por los pastores que vivían por la zona. Ahora, sin embargo, y debido a la magnitud del hallazgo, son muchos los viajeros que se aventuran a esta mágica región turca para visitar in situ lo que algunos arqueólogos han catalogado como uno de los más impresionantes restos arqueológicos de naturaleza funeraria del mundo.
¿QUÉ ES NEMRUT DAGI?
Imagina un pequeño rey megalómano, una agreste montaña, un montón de guijarros y una hilera de gigantescas y enigmáticas estatuas. Colóquese todo ello en un paisaje grandioso. Es Nemrut Dagi, la montaña en cuya cima, a 2.150 metros del altura, se encuentra el gigantesco cono de piedra que constituye la tumba de Antíoco I: un grandioso escenario donde este oscuro soberano de un minúsculo reino que existió hace más de 2000 años quiso recitar el último capítulo de su epopeya, un sueño de grandeza e inmortalidad.
Nos encontramos en la parte oriental de Anatolia, un trozo de Turquía impregnado de historia y de mitos. Una tierra que aparece encerrada en sí misma y donde el aire pesa como el plomo sobre los altiplanos silenciosos y sobre los escombros de antiguas fortificaciones construidas al amparo de despeñaderos interminables. Un horizonte vacío envuelve las montañas con su lívida alma de piedra.
Esta es la antigua Mesopotamia del Tigris y el Éufrates, la patria del rey Midas, la tierra del Ararat (5.165 metros, el monte donde, según la tradición, encalló el arca de Noé). Aquí, en el país de los kurdos, cargado de una atmósfera bíblica, encuentra su espacio natural esa hollywoodiana autocelebración de un oscuro soberano que con esa grandiosa construcción, consiguió desquitarse de la vida y entrar en la dimensión del mito.
Antíoco era el soberano del pequeño reino de Commagene, que floreció en la región de Cilicia y el Éufrates entre el 69 aC y el 72 de nuestra era.
Antíoco I era, según él mismo, descendiente por parte de su padre Mitrídates, de Darío el Grande, y por parte de su madre Laodicea, de Alejandro Magno. Reinó entre el 69 y el 32 a C, consiguiendo una vez muerto, alcanzar la gloria que no había podido conquistar en vida. Cuando pudo hacer caso omiso de la actitud de humildad y sumisión que se vio obligado a adoptar a lo largo de su vida, decidió construir su propio monumento funerario en el punto más alto de su propio reino, para poder situarse finalmente por encima de los demás; para estar más cerca de los dioses –sus iguales-; y para poder, aunque sólo idealmente, seguir dominando el reino de Comagena.

Los continuos terremotos que han estado sacudiendo esta zona pusieron al descubierto el monumento funerariio
Fue así como, sobre la cima del Nemrut Dagi, perteneciente a la cadena montañosa del Tauro, mandó desmenuzar gran cantidad de piedras en guijarros del tamaño de un puño y erigir con ellas un gran túmulo de más de 50 metros de alto y 150 de diámetro rodeado por tres terrazas monumentales escalonadas y adornadas con colosales estatuas de los dioses del Olimpo sentados en sus tronos.
“YO SOY UN DIOS”
“Yo, Antíoco, he mandado erigir esta mausoleo para mi mayor gloria y para gloria de los dioses”: así reza una de las inscripciones grabadas en la parte posterior de los tronos de las terrazas oriental y occidental. A juzgar por estas inscripciones, Antíoco pretendía ser el adalid de una nueva religión, fruto de la unión sincrética de elementos religiosos greco-romanos y persas. En el Nemrut Dagi, el rey de Comagena consiguió librarse de su complejo de inferioridad e ignorar, por una vez, la prudente política de equidistancia que practicó, durante su reinado, respecto al imperio romano y el persa.
Pero en la ejecución de su escenográfico y pomposo mausoleo, Antíoco no quiso, ni pudo, prescindir de la cultura cosmopolita de su tiempo, fruto del encuentro entre civilizaciones muy distintas entre sí. Esta es la razón de que los dioses representados sean el resultado de un compromiso artístico y religioso entre elementos griegos, romanos, persas, hititas, helenísticos y anatólicos. Las estatutas del panteón personal de Antíoco –Apolo, Zeus, Commagene (representada por la diosa Tyké- , el propio Antíoco y Heracles- son fruto de un singular sincretismo religioso que se manifiesta también en el plano artístico. Mientras las figuras sentadas en los tronos son más bien toscas y parecidas a bloques de piedra superpuestos, las cabezas –desprendidas por los suelos por la acción de terremotos que yacen desordenadamente por el suelo- están finamente esculpidas, con nariz romana, barba y bigotes orientales, junto a unos rasgos idealizados y helenísticos, coronados por gorros frigios.
A pesar de su megalomanía, hay un punto en que Antíoco fue realmente grande: el hecho de haber sabido vencer su apuesta con el futuro. Este desconocido soberano se burló del olvido reservado a los personajes oscuros como él, y nos ha dejado una de las más increíbles obras de la antigüedad. Pero el rey de Commagene también salió victorioso de su enfrentamiento con los profanadores. A diferencia de lo sucedido con las pirámides de los faraones, generalmente violadas, el monumento funerario de Antíoco ha permanecido intacto.
A pesar de las excavaciones llevadas a cabo a partir de 1881, la cámara funeraria excavada en la roca y el rico tesoro que contiene todavía no han podido ser encontrados. Ni galerías ni dinamita han servido para nada.
Al principio, el acceso a Nemrut Dagi sólo podía hacerse a pie o a caballo. Hoy, una empinada carretera, a ratos medio asfaltada, sitúa al viajero a pocos metros de la cima.
Y allí, el Nemrut Dagi no defrauda. Subir al alba o a la hora del crepúsculo, cuando los gigantes de piedra que montan guardia protegiendo la tumba de un simple mortal parecen incendiarse contra el cono de piedra y despertarse de su pétreo sueño, es una experiencia única e inolvidable. Entonces resulta fácil encontrar un rincón para librarse a la meditación y dar rienda suelta a la fantasía y a la emoción.
Por Oriol Pugés
CÓMO LLEGAR
La mejor forma de llegar a Nemrut Dagi es en avión, hasta el aeropuerto de Adiyamán. Una vez en Adiyamán habrá que acercarse hasta la la ciudad de Kahta (a 15 minutos en coche) donde es posible alquilar los servicios de un guía. Desde Katha, una impresionante carretera nos llevará, en una hora y treinta minutos, al propio santuario. Los últimos 600 metros deben hacerse a pie (aproximadamente 20 minutos).
DÓNDE DORMIR
Los mejores hoteles se encuentran en la ciudad de Kahta.
Una buena opción es el Tas Saray Bardakçi Hotel (www.hoteltassaray.com). Las habitaciones son cómodas y dispone de piscina, dos restaurantes y sauna.
DÓNDE COMER
También es en Kahta donde se emplazan los mejores restaurantes.
Sent Restaurant (Mustafa Kemal Caddesi) ofrece dignos platos de cocina típica turca.
Kahta Sofrasi (Mustafa Kemal Caddesi, 15) es también un buen lugar donde, a precios muy económicos, probar platos tradicionales de la cocina turca.
DATOS ÚTILES
Para viajar a Turquía se necesita el pasaporte y de un visado que se obtiene en las mismas oficinas del aeropuerto. Para obtener más información dirigirse a la Consejería de Información de la Embajada de Turquía (Plaza de España, 18, Torre de Madrid, planta 13, Oficina 3. Madrid. Tel. 91 559 70 14 y www.turismodeturquia.com).
En Nemrut Dagi hace mucho frío por lo tanto es aconsejable llevarse ropa de abrigo y un calzado cómodo para subir los últimos 600 metros.











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