La historia de Nicole, una francesa que se enamoró de un beréber durante una visita a las dunas de Merzouga, es bastante representativa de lo que puede pasar en Marruecos, un país atractivo, paradójico y especial, donde cualquier cosa puede ocurrir.

Nicole llegó a Ouarzazate con la intención de descansar durante dos semanas. Transcurridos seis días decidió romper la monotonía y realizar una de las excursiones programadas a las dunas de Merzouga.

El largo viaje en minibus desde Ouarzazate hasta Erfoud le permitieron descubrir algunos de los paisajes más hermosos de Marruecos, los valles del Dadés y del Todrá, con las innumerables kasbahs repartidas a lo largo de todo el recorrido por las montañas, que la magnetizaron e hicieron aumentar su pasión por esta tierra.

Paisaje del Atlas marroquí, puerta de entrada al Gran Sur

El primer día durmió en un hotel en la población de Tinerhir y a la mañana siguiente partió en dirección a Erfoud, cerca de la frontera argelina. El campamento en el que debía pasar la siguiente jornada se hallaba en las dunas de Merzouga, de alguna manera la antesala del desierto. La organización incluía algunas representaciones folklóricas y una cena al estilo beréber. Durante la velada, Nicole se fijó en uno de los sirvientes; su turbante dejaba ver la claridad de unos ojos azules que resaltaban en la tez morena y bruñida. Nicole apenas pudo intercambiar algunas palabras con el sirviente, que hablaba un francés casi perfecto. La sola visión de aquel rostro la magnetizaba; la hacía soñar con escenarios de película como “Lawrence de Arabia” o “El cielo protector”.

Ya de regreso en el hotel de Ouarzazate, Nicole pensaba a menudo en el hombre beréber y su sorpresa fue mayúscula cuando al cabo de un par de días le vio en la piscina, vestido con tejanos y una camiseta con el anagrama del hotel. Se llamaba Jacques, era parisino y se ocupaba personalmente de las extensiones a Merzouga. No era la primera vez que le confundían con un auténtico hombre del desierto.

Esta anécdota me la explicaba el propio Jacques mientras degustábamos un té a la menta en el bar del hotel.

-Al final nos hicimos buenos amigos -comentaba-, su enamoramiento fue una especie de sueño beréber que se volatilizó al conocer mi verdadera identidad-.

Ouarzazate. Los niños parecen divertirse con la cámara de nuestro viajero

Llevaba yo varios días en el Gran Sur y la aventura de Nicole era una buena manera de escribir sobre el apasionante mundo marroquí, despejando los equívocos que suelen contarse de este país. El lector suele encontrarse con reportajes que explican aventuras, convivencias con personajes del desierto, beréberes, tuaregs y todo tipo de etnias que viven en otra época… Tal vez haya algo de verdad en los relatos, como algo de verdad hay en las tribus de masai a las que casi ningún turista tiene acceso y que llenan los álbums de viaje de los europeos, seguros de haber vivido una experiencia singular, aunque lo más probable es que a la situación se le ponga un poco de salsa para aderezar lo que no es más que una representación folklórica.

Jacques y yo estábamos de acuerdo en este punto. Marruecos es un país encantador. Ofrece al visitante la singularidad de sus paisajes y la innegable cordialidad de sus gentes. El encanto de Marruecos no reside en los “auténticos” beréberes (una parte de la población vive en  lugares apartados, lejos del turismo, pero aceptan las comodidades de la civilización moderna), sino en sus descendientes, en los beréberes normales, en la mezcla de modernidad y tradición, en la vida de los pueblos y mercados, en la Medina, en el Zoco de las ciudades, el punto de confluencia de la sociedad marroquí. El folklore también es hermoso, siempre que no se le saque de contexto y se le aprecie como lo que realmente es: el conglomerado de tradiciones, usos, canciones y danzas populares.

Oasis de Fint, un paisaje de verdor inusitado.

De Marrakech hacia el Gran Sur

Días antes había aterrizado en el aeropuerto de Marrakech-Menara, primera escala del viaje a Marruecos. Mi objetivo era  visitar la ciudad, para después cruzar las montañas del Atlas y visitar la región situada entre esta cadena montañosa y el Antiatlas, donde se concentran la mayoría de kasbahs – especie de alcazabas- construídas con barro, cuya arquitectura es peculiar y única en el mundo.

Marrackech es, sin duda, una buena manera de tomar un primer contacto con este país. Sólo llegar a la ciudad, el visitante se sumerge en el bullicio de la plaza Djemaa el Fna y percibe la diferenciación marroquí, un salto en el tiempo respecto a la civilización europea. Encantadores de serpientes, vendedores ambulantes, puestos de comida y la plaza, siempre llena a rebosar, son más que suficientes para entretenerse durante media jornada.

Valle del Dadés.

Pasados un par de días en Marrakech empecé el itinerario que había de llevarme a la Ruta de las Kasbahs. Ouarzazate parecía el lugar idóneo para instalarse y desde allí recorrer los valles donde se alzan la mayoría de fortificaciones.

Desde Marrakech a Ouarzazate, la carretera asciende por la vertiente Norte del Atlas hasta alcanzar el puerto de Tizi-n-Tichka (2.260 m.) para luego descender hacia la planicie Sur, situada entre el Atlas y el Antiatlas. El recorrido varía de un paisaje verde y fértil que ocupa la falda Norte de la cordillera, a la aridez de la vertiente Sur. Y es precisamente aquí, a partir del cambio de paisaje y de clima, cuando las kasbahs  empiezan a hacer su aparición.

Un buen ejemplo de kasbah es Ait Benhadu. Este pueblo es el más conocido de la ruta

Edificadas para proteger a sus habitantes y a las provisiones de comida de los posibles invasores, las kasbahs  son un reflejo, una consecuencia de las duras condiciones de vida en esta parte del país. A medida que nos adentramos hacia Gran Sur, la orografía se hace más inhóspita. Desierto pedregoso y valles de uadis (riachuelos casi siempre secos) explican la existencia de estas casas, ciudades amuralladas que significaron el abandono del nomadismo por la mayoría de las tribus del desierto.

Tras dejar atrás el puerto de Tizi-n-Tichka, una pequeña carretera de unos 20 km. nos lleva a la kasbah de Telouet. Construída por el bají de Marrakech, Tami el Glawi, la kasbah de Telouet muestra la simplicidad de la arquitectura beréber y conserva una sala de recepción donde se puede apreciar la sencilla ornamentación interior de las alcazabas.

Anemiter, poco más allá de Telouet, muestra sus kasbahs particulares al pie de un riachuelo

Algunos kilómetros más adelante, la carretera va a parar al pueblo de Anemiter donde hay varias kasbahs, la mayoría de ellas casas particulares, edificadas al pie de un riachuelo. Desde aquí una pista de tierra conduce hasta otro de los pueblos mejor conservados, Ait Benhadu, pero será necesario disponer de un vehículo todo terreno. Con un coche normal es inútil intentar la travesía y lo mejor será regresar a la carretera que une Marrakech con Ouarzazate para desde allí tomar un desvío más hacia el Sur que lleva directamente a Ait Benhadu.

Este pueblo es quizá el más conocido en las Ruta de las Kasbahs. Su disposición en la base de una colina, las innumerables kasbahs  y su excelente estado de conservación, lo han convertido en uno de los principales escenarios de cine del Sur marroquí. La mayoría de películas ambientadas en el desierto toman Ait Benhadu como referencia. La forma troncopiramidal de las torres con ornamentación exterior, en medio de una extensión desértica, hacen que no pase inadvertido.

Ait Benhadu. Aquí se han rodado muchas películas para el cine

Desde aquí lo ideal es ir a Ouarzazate, y de allí hacia el Sur. Se habla de Ouarzazate como un pueblo de poco interés pero estratégico (fue una fortaleza francesa) que creció por el turismo. Pero el lugar está en una encrucijada de caminos y disfruta de un clima cálido y seco y el aire limpio. Las noches son estrelladas y rutilantes. La Ruta tiene cerca de Ouarzazate un par de edificios interesantes. La kasbah de Taurorit, en un promontorio junto al pueblo, y la Kasbah de las Cigüeñas, a un par de kilómetros desde una colina donde se divisa la llanura y el pantano (construído hace pocos años) de Ouarzazate.

Valles del Dadés, Todrá y Dra

En dirección hacia el Sudoeste, una carretera de 164 km. lleva hasta Zagora, limítrofe con Marruecos. Este recorrido se adentra por el Valle del Dra, en un paisaje desértico, aunque los palmerales y las kasbahs al lado del río forman un contraste de colores impresionante. En este recorrido no hay kasbahs “oficiales” que se puedan visitar a modo de museo. Algunas son casas particulares, otras están abandonadas. Lo ideal es probar de visitar algunas: las familias están encantadas de mostrar su pequeño tesoro. Por otro lado, si decide aventurarse por su cuenta y explorar alguna kasbah  abandonada, no se asuste si de entre las piedras y el barro aparece un niño dispuesto a servirle de guía.

El otro gran eje donde se alzan las kasbahs se encuentra en los valles del Dadés y Todrá, los cuales se hallan conectados por una pista de tierra que sólo se puede recorrer en un vehículo todo terreno. Ambos son una delicia para la vista. Las kasbahs  se suceden unas a otras y el paisaje cambia a cada recodo del camino. Si no tiene un todo terreno puede adentrarse durante varios kilómetros en el valle del Dadés. Después de subir el puerto, desde donde se ven las gargantas del Dadés, la carretera se interna hacia un valle más amplio que permite ver en la lejanía la Cadena del Atlas. Los pueblos del camino nos sumergen en un Marruecos poco conocido donde los habitantes compartirán algunas horas con el viajero.

Tinerhir, puerta de entrada al valle del Todrá. Es una pequeña ciudad junto a un oasis

Ya de regreso a la carretera principal llegaremos a Tinerhir, pequeña ciudad situada junto a un oasis situado a 1.342 metros de altitud, y puerta de entrada al Valle del Todrá.

A pesar de ser un reclamo turístico, las gargantas del Todrá no son muy espectaculares; la gracia del lugar reside en las innumerables kasbahs del palmeral, junto al río Todrá. Un poco más allá de Tinerhir la carretera prosigue hacia Erfoud y hacia las dunas de Merzouga. Una pista de tierra transcurre por el Sur desde Erfoud a Zagora. Para recorrerla no sólo hará falta un cuatro por cuatro, sino también un guía experto: es fácil perderse y la cercana frontera argelina no invita a la aventura.

Visitar Marruecos ya es toda una experiencia. Tal vez no exista un salto en el tiempo que nos transporte a otra época, pero es indudable que las costumbres y la manera en que sus habitantes entienden la vida, son muy diferentes a las de los europeos. La cultura marroquí, los áridos paisajes del Gran Sur, y la arquitectura de las kasbahs componen un amplio espectro capaz de satisfacer la sed de conocimiento del viajero.

Texto y fotos de Ramón Villeró

Guia del viajero:

CÓMO IR
Royal Air Marroc (www.royalairmaroc.com) vuela directamente desde Barcelona y Madrid a Marrakech, vía Casablanca. Para más información contactar con Royal Air Marroc. Gran Vía, 634. (08007) Barcelona. Tel.: 93/301 84 74, y en Madrid, Princesa 7. (28008). Tel.: 91/547 79 05. También Ryanair (www.ryanair.com) vuela desde Girona a Marrakech.

 

DÓNDE DORMIR
Marrakech
La Mamounia, perteneciente a la cadena Leading Hotels of the World, es el hotel más emblemático de la ciudad y también uno de los más famosos del continente africano (www.mamounia.com)
Marrakech tiene además una amplia oferta hotelera de todo precio y condición.

Ouarzazate
Es un lugar interesante, un punto intermedio desde donde preparar extensiones hacia las diferentes ramificaciones del Gran Sur. El Club Med también tiene en esta población uno de sus “villages” situado frente a la kasbah de Taurorit.
Otra posibilidad es hospedarse en el Karan Palace en el Boulevard Prince Moulay, o en el algo más económico Le Zat, en Ait Gief, fuera de la ciudad.
Recientemente, gracias al auge turístico de la zona, se han construído numerosos hoteles en Ouarzazate, por lo que es cuestión de perder un poco el tiempo y preguntar precios. Zagora, Tinerhir, Erfoud y en los valles del Drá, Dadés y Todrá. En cualquier caso, lo mejor será consultar en Ouarzazate.

 

QUÉ VER
Marrakech

La plaza de Djemaa el Fna, el alminar de la Kutubiya y la Tumba de los Saadies, sin olvidar el Zoco de la ciudad y un recorrido relajado por las calles de los tintoreros, de los alforjeros, de los alfareros, de los hojaleteros y del cuero.
Otra de las atracciones más comunes de la ciudad consiste en recorrer sus calles montado en una calesa, o en un carro tirado por caballos. Este es un transporte muy popular en Marrakech.

El Atlas
La carretera que va desde Marrakech a Ouarzazate ya es por sí misma todo un espectáculo.
Telouet y Anemiter son la primera muestra donde hallar las kasbahs y su impresionantes construcciones. De camino hacia Ouarzazate pasaremos por Ait Benhadu, una verdadera joya en la la arquitectura de esta región.

Alrededores de Ouarzazate
La kasbah de Taurorit y la kasbah de las Cigüeñas están situadas a un par de km. del centro de la ciudad. Su visita es fácil y aconsejable.
Los valles del Drá, Dadés y del Todrá, concentran la mayoría de kasbahs de la región. En cualquier pueblo, o desperdigadas a lo largo del camino, las kasbahs invitan a detenerse y explorar un poco.

Oasis de Fint 
Un lugar ciertamente bello a tan sólo 12 Kilómetros de Ouarzazate, que se puede recorrer a través de una pista pedragosa, a velocidad lenta, con un automóvil normal. Dos valles en forma de V se juntan en un amplio palmeral, junto al que se alza la aldea de Fint. Acostumbrados a recibir visitantes a menudo, la gente del lugar es amable y muy hospitalaria.
El contraste entre el desierto y la vegetación del oasis permite contemplar uno de los escenarios más bonitos de los alrededores de Ouarzazate

 

PISTAS Y CARRETERAS
Los vehículos de alquiler tienen unos precios desorbitados en Marruecos. La mayoría de carreteras se encuentran en estado bastante aceptable, pero con un vehículo o coche “normal” no se puede recorrer algunas de las pistas más interesantes. Lo más aconsejable es salir ya de España con un vehículo apropiado y viajar directamente hacia la zona del Gran Sur.
Las pistas recomendadas para circular con jeep o todo terreno son:
Anemiter- Ait Benhadu
Valle del Dadés-Valle del Todrá
Erfoud-Zagora.

 

GASTRONOMíA
La base de la cocina marroquí es el cuscus, preparado con sémola de cebada. Se acompaña de verduras o carnes. Las sopas de tomate y de féculas, así como la keshra, el pan redondo cocinado en hornos caseros, son algunos de los platos más corrientes de este país.
La pastilla, o bstila, es una pasta de hojaldre rellena de carne, almendras, huevo y canela, que se prepara en las fiestas y celebraciones familiares. Es un manjar delicioso. Y, obviamente, toda la geografÌa marroquí está impregnada del sabor del té de menta, la bebida nacional por excelencia.

CLIMA
El Gran Sur es, por lo general, seco y soleado. Llueve raramente y el Sol está casi garantizado todo el tiempo. La temperatura media de Ouarzazate suele ser de 21ºC.
Hacia el Norte, la cordillera del Atlas permite temperaturas algo más frías, pero conforme avanzamos hacia el Sur, hacia Erfoud o hacia Zagora, la temperatura aumenta considerablemente.

MÁS INFORMACIÓN
OFICINA NACIONAL MARROQUí DE TURISMO.
Ventura Rodriguez, 24, 1º Izquierda. (28008) Madrid. Tel .: 91-541 29 95.

www.descubramarruecos.com