Con la mañana y el cielo claro llegué a los puertos del sur, donde Bangkok se asoma a la antesala del Mar de la China. Laos y Camboya quedan en la memoria. Desembarqué de una barcaza que me había tenido como huésped de su bodega de esterillas y olor a incienso durante demasiadas horas; sin reloj no pude más que intuir el tiempo. Fue extraño. Bajé cuando el sol asomaba. En el puerto, improvisado sobre un barrizal y maderas podridas, había más tuc-tuc (taxi-triciclo) que personas de ojos largos. Entrelazados como en una colmena esperaban compradores de sus servicios de traslado. Recuerdo los gritos ofertando chárteres a cualquier parte, mi brazo tironeado cien veces, el caos de mi madrugada, el cansancio de mi mal dormir, el pésimo aliento de todo… Quizá por todo ello, al final, medio a desgana, me decidí por lo incorrecto. Pregunté por la estación de autobuses hacia Bangkok y en un inglés fragmentado, incomprensible, un hombrecillo calvo y sonrisa de Gioconda propuso llevarme por unos 60 Bahts. Una verdadera fortuna en este contexto, aunque que para mi bolsillo no representaba demasiado.

Vendedor de comida en plena calle. Estas escenas son típicas en Bangkok

 

Lo que me convenció fue su argumento: según su manera de ver las cosas, la terminal quedaba muy lejos y si caminaba perdería el autocar. Tantas ganas tenía de salir de allí que medio atontado por las circunstancias y la hora acepté el convite. Me subí al convoy de tres ruedas y el varón comenzó a pedalear. Creo que para justificar el precio, mientras charlaba amigablemente y sonreía con hospitalidad forzada, me tuvo dando vueltas casi cuarenta minutos. Al final me dejó junto a una columna amarilla con signos azules pintados, al borde de una calle sin aceras que apenas empezaba a iluminarse. Extrañado, me resigné a esperar el autobús hacia Bangkok. Pagué lo pactado y el hombre desapareció en segundos. Una mujer preparaba desayunos de arroz y café desde un carrito iluminado con butano y con eso me defendí del frío de la mañana. Pregunté el horario del bus; llegaría en media hora. Pregunté por algo de pan y me contestó que, en la esquina, un colmado quizá podría venderme algo similar a esas horas.

En los mercados se ofrecen los mejores productos agrícolas del país

 

Salí a dar la vuelta, caminé, giré y… nada. Seguí un poco más, cien metros, torcí a la izquierda y… pocas cosas me hubiesen sorprendido de tal manera: frente al colmado, iluminado ya por los primeros rayos, el puerto del que había partido con mi bendito tuc-tuc se abría como en muecas de una burla gigante. Había caído en la trampa, en una de esas pequeñas tretas para viajeros completamente desorientados. Me senté a reír. Después de todo eran sólo nuevas historias para el bolsillo de mi anecdotario. Del pan, claro, me había olvidado.

DEL CAOS A LA FLOR DE LOTO

Entrar en Bangkok en autobús es, cuanto menos, inquietante, sobre todo si uno no tiene ni idea del idioma local y apenas entiende las señales de las calles. La pequeña senda que es Khao San Road, en el corazón del barrio de Banglamphu, era mi única referencia. Aquella era la zona per-se para los viajeros sin grandes pretensiones y aunque es verdad que se trataba de una zona eminentemente turística, frente a lo desconocido uno siempre elige puntos de anclaje familiares, para salir después a investigar el resto. El chófer del autobús sabía exactamente dónde descendería; dado mi aspecto tampoco era tan difícil de imaginar.

Khao San Road es una calle que siempre está muy animada

 

Me bajé en la Ratchadamnoen Klang, crucé por la calle Tanao y desemboqué en una larga fila de hospedajes y bares donde rubios borrachos buscaban, aún de madrugada, la fiesta del sexo tailandés. No fue el mejor recibimiento: detesto estas cuestiones, porque las siento como un nuevo tipo de colonización grotesca. Llegué a uno de los hoteles de la guía de viajes y caí rendido en una habitación de paredes de cartón pintado. A mediodía me despertó el sonido agudo de una radio que anunciaba en inglés el próximo campeonato de Kick-boxing. Salí por ahí, sin mapas.

Bangkok es Krung Thep para los tailandeses y se transformó en la capital del país poco después de que los birmanos saquearan Ayuthaya, en 1767. Hoy es el centro de la única nación del sudeste asiático que jamás fue colonia europea. A fuerza de elefantes y resistencia, los monarcas locales supieron esquivar los intentos de Francia, Holanda o Inglaterra; los tres países que se repartieron de manera nefasta el pastel geográfico de la región. En 1932 se transformó en una Monarquía Constitucional y hacia 1939 cambió su vieja piel que la llamaba Siam, para convertirse en Tailandia.

Wat Arun. Jóvenes budistas escuchan las sabias lecciones del maestro

 

Hoy, Bangkok es conocida internacionalmente por su religiosidad, su ruido y su polución. Pero también lo es por haberse hecho con la fama de base mítica de Oriente, por ser algo así como un “centinela del silencio” en sus monasterios, en sus cuatrocientos templos y palacios. Mientras, pone en escena sus estridencias: en los mercados flotantes, en los cientos de tuc-tuc, en los gritos del Kick-boxing, en las bocinas de los “Volvos” destrozados por el roce y el smog, en el enjambre de las avenidas…

Chao Phraya es la arteria fluvial más importante de la ciudad

 

El río Chao Phraya la divide en Thonburi, la recorre en un zig-zag gigante, la refresca y la comunica con el norte. Bangkok es también la escenificación de la metamorfosis: siempre está cambiando su aspecto. Es el contrapunto para una Tailandia eminentemente rural, de pueblos campesinos de casas bajas, donde el tiempo pasa con desgana y la vida es una constante ceremonia. La ciudad es el estandarte de uno de los viejos tigres asiáticos, el resultado del encuentro de las tradiciones budistas, la monarquía “sagrada” y una modernidad arquitectónica de autopistas y edificios futuristas que conforman un puzzle muy particular.

De alguna manera y simbólicamente, Bangkok se hermana con la flor de loto que crece en los estanques. La belleza de estos brotes blanquísimos, que tienen la destreza impecable de nacer en el lodazal, es la metáfora budista por excelencia, la explicación mitológica para mantener a flote la terapia colectiva de sonreír en el caos, sonreír en la tristeza, sonreír ante -el a veces trágico- devenir de lo cotidiano.

PALACIOS DE SILENCIO

El silencio es aquí un estado de ánimo. Dentro, en el templo, la estridencia ciclista y manchada de humo de las calles es sólo un mal recuerdo. Y ahora estoy a tan sólo 50 metros de la puerta, pero es así: cambia el mundo cuando uno entra en los jardines del monasterio; cambia el aire, el olor. Un incienso es lo respirable.

Wat Po es el santuario más antiguo de Bangkok

 

Apoyo el pie descalzo y es tan suave el tapiz que me siento caminando sobre un suelo de nubes. La luz rojiza entra por los ventanales. Media docena de monjes envueltos en su naranja preciado hacen su ofrenda de palillos humeantes y agua de coco. Aquí no hay ceremonias que aglutinen a los fieles, no hay celebraciones guiadas por algún tipo de estructuración rutinaria, no hay misas. Los templos budistas son espacios constantemente abiertos, para que cada uno improvise su ritual autónomo cuando más lo necesite. Y no por oposición a las estructuras, sino sencillamente porque viven en el proceso, disfrutan de la sensación de transitar su realidad como fruto de un devenir continuo. De alguna manera viven en el “rizoma” (en palabras de Gilles Deleuze), en esa instancia en la que no importan los finales  ni los principios o las celebraciones organizadas previamente, sino que lo vital es transitar el día como parte de un corpus de intensidades.

Los tailandeses se acercan cada día a los templos para realizar ofrendas a Buda

 

No hay plegarias, sólo conversaciones íntimas, cánticos tradicionales, un Buda gigante al fondo, sobre el altar, y media docena de ventiladores girando sin descanso. Más allá de cualquier doctrina, los templos son el sitio más gratificante de la ciudad, un oasis de equilibrio entre tanta parafernalia urbana.

Salgo de este wat (templo en lengua tai) sin nombre y camino por el centro. Voy por un mundillo de calles de mil curvas, esquivando elefantes que aquí son tratados como animales domésticos. Hay bares escondidos con mesitas a ras de suelo, cojines que invitan a adoptar posturas de yogui oriental y té a la carta. En las aceras las tiendas de masajistas se disputan la atención de los viajeros, y claro, cuanto más aspecto occidental tenga uno, mayor uso de las estrategias de insistencia harán las damas pintadas.

Buda reclinado. Mide 46 metros de largo y se encuentra en el interior del wat Po

 

Dejo atrás el mercado flotante de Wat Sai, el más conocido por su inconfundible tufillo a trampa turística y salgo en busca del templo del Buda Recostado. Bordeo el río por la avenida Maharat y poco antes de la Fuang Nakhon aparece de improviso. El wat Po es el santuario más antiguo de Bangkok. Todo su interior esta cubierto por una estatua de 46 metros de largo de un Buda plácidamente reclinado. En los alrededores hay una colección de bajorrelieves, esculturas y varias estupas, que aquí se las denomina chedis. Constituyen uno de los más impactantes símbolos arquitectónicos del país.

Detalle de wat Pra Kaeo, en el interior del increíble complejo del Gran Palacio

 

Pocos metros más adelante ya se ve el impresionante wat Pra Kaeo, que forma, junto al Gran Palacio, la estructura mayor de la ciudad. También llamado el templo del Buda Esmeralda, este recinto fue terminado hacia 1782 y es considerado como el santuario real por excelencia. Lo más interesante es el Buda de piedra verde, una escultura que fue encontrada originalmente en la ciudad de Chian Rai, en la región de las Hill Tribes del norte, dentro de un Buda de yeso. Los pabellones reales y la refinada decoración tailandesa hacen de este sitio uno de los más bonitos de la región. Como en casi todos, aquí las normas del vestir son estrictas y la mejor forma de respetar los aspectos culturales y religiosos es cumplirlas. Por ejemplo, nunca se debe entrar con pantalones cortos ni con camisetas sin mangas. En algunos templos hay túnicas largas para aquellas personas que las necesiten. Los zapatos siempre quedan fuera.

Gran Palacio. Los pabellones reales y la refinada decoración tailandesa lo convierten en uno de los lugares más bonitos del país

 

La historia del wat Traimit, no muy lejos de allí, es interesante. Hace años se trasladó un Buda de estuco que estaba en un templo para ser restaurado. Con el movimiento, una parte de la pieza se rompió y cayó, dejando al descubierto una imagen de oro sólido. La teoría dice que fue una estrategia para ocultar joyas de los saqueos birmanos. Desde hace años el wat Traimit se llama el templo del Buda de Oro.

El río Chao Phraya divide la ciudad en dos mitades

 

Vuelvo al wat Po y por recomendación local, cojo la calle Thai Wang hasta el final. Cruzo el río en las lanchas-autobús: dos Bahts por un paseo que me permite obtener la otra perspectiva de la ciudad. Desciendo en Thonburi para llegar hasta el wat Arun, el templo con las torres más altas de la ciudad, de82 metros, que pueden verse desde todas las esquinas si se está cerca del río. Aquí es donde un monje me cuenta que, al sentarse en el interior de los templos, los pies nunca deben apuntar hacia Buda: son la parte más baja del cuerpo y señalar con ellos es una falta de respeto, igual que tocar la cabeza de los monjes o no responder al wai (saludo con las dos manos sobre el pecho).

Hay 400 templos, así que el recorrido puede durar 100 días. Lo mejor es seleccionar algunos y dedicarles tiempo.

EN RUTA HACIA AYUTHAYA

Al principio del viaje mi consigna era ignorar el caos urbano, pero ante las dificultades decidí probar con lo opuesto, soltarme a vivir esa aleatoriedad chirriante como si se tratara de un mar de roces. Ruidosa, humeante, plena de carbonilla, de atascos de tráfico, de tuc-tuc sonando, Bangkok atrapa y sin embargo “invita” amablemente a algún descanso en sus alrededores. Hay varias salidas que pueden hacerse en un día, manteniendo la base en la gran ciudad.

Prefiero viajar sobre el agua y por esto me uno a un grupito de holandeses que ha pagado su excursión en un bote un tanto lujoso que va aguas arriba. Dos horas de barca por el río desde Bangkok y me encuentro de cara a la mágica Ayuthaya.

Ayuthaya fue la capital de Tailandia entre 1350 y 1767

 

La ciudad, gran parte hoy en ruinas, fue la capital entre 1350 y 1767 y uno de los principales centros de Indochina entre los siglos XIV y XVI. Fue una metrópolis religiosa de 500 templos de ladrillo y laterita, un hogar para treinta y cinco reyes y cuatro siglos de mandato. En su apogeo, llegaron a habitarla más de dos millones de habitantes, que construían sus casas sobre pilotes, a orillas de los ríos Chao Phraya, Pasak y Lopburi. Los mismos que en su encuentro transformaron a Ayuthaya en una isla perfecta. Y fue por esto que se convirtió en su tiempo en el centro de los dominios: era inexpugnable. Fue el “sol” de Siam hasta el ataque de los birmanos, en 1767, cuando fue saqueada y, como Troya, desmenuzada hasta volverla inútil.

Hogar para 35 reyes, en su época más brillante Ayuthaya llegó a estar ocupada por más de dos millones de personas

 

Hoy hay varias casas de huéspedes, un Museo Nacional en el palacio Chan Kasem y otro llamado Chao Sam Phraya, pero la historia completa de la ciudad puede entenderse sobre todo en el Centro de Estudios Históricos de Ayuthaya, fuera de la isla, al oeste. Después hay infinidad de templos para ver, de los cuales quizá el wat Phra Chao Phanan Choeng, con su gran Buda sentado, el wat Chai Wattanaram y el wat Na Phra Men, que escapó casi totalmente a la destrucción birmana, son los más recomendados. A pocos minutos en minibús de la isla, está Bang Pa In, el que fue palacio de verano de los reyes de Ayuthaya, donde algunos edificios fueron construidos mezclando estilos tailandés, chino, italiano y gótico.

A la mañana siguiente vuelvo a salir de la ciudad. Me han dicho que 54 kilómetrosal oeste de Bangkok, Nakhon Pathon tiene el monumento budista más alto del mundo. Y ciertamente, los 127 metrosque buscan llevar la religión al cielo, impactan.

Hoy Ayuthaya es una ciudad en ruinas, donde la naturaleza ha causado estragos

 

El edificio está rodeado por cuatro santuarios, de los cuales, quizá el del norte, con una espectacular escultura en bronce de un Buda de pie, sea el más interesante. Al menos es el que llama a la prédica de los fieles. Pero no vine a Nakhon sólo por esto, sino por que es aquí donde prefiero entrar a conocer la cultura de los mercados flotantes. La feria sobre el agua del Klong Damnoem Saduak es, al menos, no tan enfermizamente turística como la de Bangkok; es un buen sitio para observar el pequeño universo de transacciones acuáticas.

Mercado flotante de Damnoen Saduak

 

Este tipo de espacios de intercambio son el resultado de una cotidianeidad ligada al cultivo del arroz, a los campos inundados y a la vida sobre casas de pilotes y barcas de madera. La compraventa se hizo, desde siempre, mientras se flotaba y aún hoy, por tradición y por circunstancias, las cosas siguen idéntico curso.

Para mí ya ha sido suficiente. Me llevo el wai como marca de hospitalidad cotidiana, la música chirriante de los tuc-tuc, el aroma del incienso y del pad thai cociéndose, y ese divino sigilo de los monasterios que, cuando cae la noche, parece extenderse como la bruma por cada rincón, por el aire dulce de esta mansa Bangkok ya dormida.

Texto: Martin Correa; Fotos: Jordi llorens

 QUÉ SABER

Formalidades de entrada. Los españoles sólo necesitan el pasaporte en regla para estancias inferiores a 30 días.

Cuándo ir. El clima en Bangkok y en el resto del país es caluroso y húmedo todo el año. Tienen tres estaciones: la lluviosa (de junio a noviembre), la fría (de noviembre a febrero), y la cálida (de marzo a mayo). La estación fría es la época más agradable para visitar Tailandia, aunque las temperaturas pueden llegar a 30ºC al mediodía.

Idioma. El oficial es el Thai. En las poblaciones más importantes y en todas las zonas más turísticas también se habla inglés.

Moneda. La moneda de Tailandia es el Baht (abreviado como B), que se subdivide en 100 Satangs (42 Bahts = 1 e).

 QUÉ VER

Bangkok es una ciudad extensa, caótica y agotadora, con infinidad de templos, palacios, museos, mercados callejeros y otros lugares fascinantes. Organice sus excursiones por zonas, pues trasladarse por la capital requiere de mucho tiempo. Los lugares de mayor interés turístico se reparten entre Ratanakosin, en la orilla oriental del río Chao Phraya, donde está la zona histórico-monumental; los palpitantes mercados del Barrio Chino, los canales de Thonburi, el distrito Real de Dusit, y el centro de Bangkok, donde se asientan las mejores tiendas, restaurantes, y la vida nocturna más animada de la ciudad.

EN RATANAKOSIN

Tras el saqueo de la antigua capital de Ayuthaya por los birmanos, el rey Rama I ordenó en 1782 la construcción de una nueva capital en la orilla oriental del Chao Phraya, que bautizó como Ratanakosin o “Isla Real”, dada la serie de canales de defensa que se construyeron alrededor. De esta misma época son el Gran Palacio y el Templo Real o wat Pra Kaeo, así como el Palacio Nacional.

Wat Pra Kaeo. Ocupa el vértice noroeste del Gran Palacio y representa el apogeo del arte religioso tailandés, además de ser el santuario budista más importante del país. En su interior está el Buda Esmeralda, estructura sagrada de jade, junto a murales que ilustran el Ramayana, capillas, mausoleos y panteones reales.

Palacio Real. Es el complejo residencial de los primeros reyes tailandeses, cuyos edificios principales son la Sala de Audiencias, la del Harén Real, el Trono y un museo. El Palacio se utiliza para recepciones y ceremonias oficiales. Entrada a wat Pra Kaeo y el Palacio:  8.30-15.30h, 200 Bahts. Las salas del Palacio cierran sábado y domingo.

Wat Po. Es el más antiguo de Bangkok (siglo XVII), con un inmenso entramado arquitectónico. Hay aulas de clase, pistas de baloncesto y la capilla del Buda Reclinado, una figura de 46 metros de largo. Considerada la primera universidad de Tailandia, es un importante centro de medicina tradicional y masaje tailandés (todos los días, de 8 a 17h. 20 Bahts).

Museo Nacional. El más importante del sudeste asiático, acoge una colección de riquezas artísticas de Tailandia. El edificio central del recinto formaba parte del Wang Ma, conocido como “Palacio del Segundo Rey”.posee la venerada capilla Buddhaisawan  (Miércoles a domingo, de 9 a 16h. 40 Bahts).

EN EL BARRIO CHINO

Y PAHURAT

Laberinto de callejones, templos y tiendas, el interés del Barrio Chino reside en sus mercados y comercios y en los antiguos edificios coloniales. Se puede dedicar una jornada para visitarlo.

Wat Traimit. Residencia del Buda Dorado (todos los días, de 9 a 17h, 20 Bahts).

Pahurat. Aquí se concentra la pujante comunidad india de Bangkok y el lugar adecuado para comprar telas y la mejor seda.

Amplia y selecta variedad de restaurantes indios.

 

EN THONBURI

Wat Arun. Inmenso santuario con cinco prangs (torres de estilo jemer), es el sello distintivo de Bangkok (todos los días, de 7 a 17h, 20 bahts).

Museo de las Falúas Reales. Dedicado a las centenarias embarcaciones de 50 m de eslora adornadas con dorados y lacados y usadas en contadas ceremonias oficiales (todos los días, de 8.30 a 6.30h, 30 Bahts).

Visitas en barco. Una forma popular de conocer Thonburi es recorriendo sus canales  con el servicio público de embarcaciones de popa larga, que realiza viajes regulares y recorre los canales desde los embarcaderos más céntricos de la orilla oriental del río Chao Phraya. (Salidas cada 10/30 minutos y el recorrido completo cuesta entre 15 y 30 Bahts, ida y vuelta).

EN EL CENTRO

El corazón de Bangkok disfruta de un emplazamiento céntrico, con el distrito financiero de la capital y sus principales centros comerciales, hoteles y restaurantes elegantes, embajadas, compañías aéreas y algunos museos interesantes.

Patpong. Conocido mundialmente por su densidad de clubs nocturnos y salas de baile con bailarinas que “ejercen” de anfitrionas para un público únicamente masculino. Se ha adaptado a los gustos de la mayoría de turistas, que buscan en Bangkok una estampa colorista y extravagante de Oriente.

EN LOS ALREDEDORES

A 80 km y una hora al norte de Bangkok está la antigua capital de Ayuthaya, un fuerte contraste con la capital. Es la mejor excursión de un día que se puede realizar a sus alrededores. En su momento de máximo esplendor (siglo XV), se decía que cuando el sol daba en sus ornamentos dorados, su reflejo se apreciaba a 5 kilómetros de distancia.

 GASTRONOMÍA

Ninguna otra ciudad del país puede competir con la diversidad culinaria de Bangkok, con restaurantes de todo tipo. La cocina tailandesa utiliza ingredientes frescos y platos muy picantes pero aromáticos y de sabor muy sutil. La albahaca, el cilantro, el chile, el ajo, el zumo de lima, la leche de coco y la salsa de pescado fermentado son los ingredientes más frecuentes. Las especialidades gastronómicas son varias clases de fideos de huevo o arroz, las sopas de coco con pollo o gambas picantes y verduras, infinidad de currys picantes, con pescado, al estilo musulmán o indio, el pollo con anacardos y frito con hojas de albahaca, la ternera con salsa de ostras, pescado entero al vapor con verduras, cerdo agridulce y las gambas fritas con mantequilla.

MÁS INFORMACIÓN

www.turismotailandes.com