“Señor, señor!, un dirham por leerle la mano?, ¿quiere descubrir su futuro en cinco minutos?
Un elixir para curar el dolor de cabeza, el reumatismo!, ¡el mal de amores!
¡Compre un amuleto contra infidelidad, la impotencia y el mal de ojo!
¿Unas fotos con mis culebras del desierto?
Cambie sus muelas picadas por unas nuevas hechas en Casablanca!!!
El pasado vuelve como una ola y se funde con el presente cuando trato de recuperar el recuerdo de la plaza Djema Le Fna. Esta plaza no es sólo el reclamo perenne de la mítica ciudad de Marrakech, sino también el espectáculo más auténtico de todo el norte de África.
Djema Le Fna es en esencia un escenario, un baúl de las sorpresas que, como en ninguna otra parte, la mejor forma de conocerla es, por raro que parezca, simplemente escuchándola. Las voces están allí. Aparecen, se multiplican y desaparecen, para volver más tarde. Pero siempre queda un rumor de fondo que es aquello que se te ha pegado al oído. Uno no entiende de sonidos, la eterna melodía de esta representación tan extravagante, pero no importa porque todo cuanto nos rodea es fruto del instinto humano. Una verdadera fiesta de los sentidos.
En Djema Le Fna todo el mundo es, en cierta medida, el protagonista de la función. Nadie puede sustraerse a ese privilegio. En esta enorme plaza pública con forma de triángulo donde se cuece “literalmente” de todo, es tan importante el mendigo como el vendedor de artesanía de palma, el escribano como el aguador, el curandero como el saltinbanqui. Músicos, astrólogos, dentistas, predicadores y cuentistas tienen el mismo papel que ese grupo de turistas que han desembarcado de su autocar a la sombra de mezquita de Koutoubia.
Djema Le Fna es la vitrina en la que se exponen las diversas culturas que viven entre la cordillera del Gran Atlas, las llanuras del norte y el desierto del sur y el oeste, y que se encuentran día tras día en la capital del sur magrebí. Los actotres más activos así como la mayoría de espectadores son gentes llegadas de más allá de las murallas rosadas de la ciudad. Una mezcla de árabes, bereberes, gente de piel muy blanca o muy oscura, descendientes de los antiguos esclavos sudaneses y hombres del desierto. Llegados de las zonas más remotas, portadores de la magia de los espacios abiertos, proporcionan el sabor de una ciudad en la que todo el mundo, ¡qué duda cabe!, se siente como en casa.
Los orígenes y el significado del nombre Djema Le Fna, son tan controvertidos y dispares como las mil formas en que se pronuncia y transcribe al papel. Nadie se ha puesto nunca de acuerdo. Unos dicen que ese espacio había sido el lugar elegido para la construcción de una mezquita saadí, proyecto que quedó en nada. Traducido fonéticamente al castellano “djema” significa mezquita, mientras que LeFna puede entenderse como nada ¿La mezquita que se quedó en nada?
Pero Djema también es reunión, por lo que alguien creyó posible que fuera asímismo “la reunión de los don nadie”. Puesto que la plaza se usó como lugar de ejecuciones, donde se exponían la cabeza de los ajusticiados, alguien tuvo la imaginación para llamarla la “reunión de los muertos”.
Pero Djema Le Fna es de hecho, y por encima de todo, una auténtica celebración de la vida. Tenemos todos los elementos que la componen: el arte de contar, de cantar y bailar, de curar y augurar, de sacarte una muela como si nada y el de ponerte en guardia ante la posibilidad de quedarte sin blanca en un dos por tres.
A lo largo de toda la tarde y hasta el atardecer, la plaza está tan densamente ocupada por “halqat” o circulos de espectadores, que resulta casi imposible abrirse paso de un extremo al otro de la plaza. Lo más razonable en ese momento es retirarse hacia uno de los muchos cafés y restaurantes que lo rodean. La plaza cuenta con una buena docena de cafés, suficientes para dar placer a media humanidad. Muchos disponen de deliciosas terrazas.
La música no ha desaparecido, pero tras el ocaso, cuando se oye desde los minaretes de toda la ciudad la última llamada a la oración, aquella se desvanece momentáneamente. El público se dispersa poco a poco. Unos se dirigen a la mezquita para rezar, otros simplemente regresan a sus casas. Los comerciantes van recogiendo sus enseres y cerrando sus tiendas. Es en este extraño momento en que los tenderetes ambulantes de comida encienden sus lámparas de gas, creando con sus humos ascendentes una auténtica atmósfera de magia, cuando aparecen los músicos “gnaua, los músicos de la noche. Se diferencian de los anteriores en que su música no se basa en el hipnótico sonido de tambores sino que, acompañados, de un laúd de tres cuerdas, se esplayan cantando viejas canciones devocionales.
Ha llegado ese momento que siempre espero con fascinación. Se me cierran los ojos y ese canto tan profundo y nostálgico me empuja suavemente en dirección a mi alojamiento. Me acompañará mientras recorro las callecitas oscuras de la medina, como esa mirada que he creído tener pegada a la espalda durante todo el día. En cada esquina, detrás de cada portal, una voz grave y misteriosa se alza hasta mí y me abre los ojos. “¿Qué dice?”, me preguntaré durante toda la noche en mis sueños. Probablemente que todo lo que tiene un principio debe tener un final. Pero esta historia no. Todavía no. Tendré que volver mañana para conocerlo.
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