
En mi primer monzón en la India me hicieron una propuesta singular. Si era capaz de llevar un pequeño frasco de cristal de Daulpur a Firozabad, obtendría pingües beneficios y en el camino alcanzaría la inmortalidad. El trato parecía un auténtico chollo, pero no lo era en absoluto. Verán, el frasco contenía nada menos que veneno de cobra, la más polifacética de las divinidades hindúes. Aunque en India hay diez mil víctimas al año por mordedura de este reptil, la cobra es la más venerada de las criaturas.
Es diosa de los poderes mágicos, símbolo de la energía vital del ser humano, de la transformación y del deseo. También es el mayor de los negocios, pues su veneno se utiliza para multitud de medicinas y antídotos, incluidos remedios contra el dolor y el cáncer.
Su comercio está controlado por las autoridades y estrictamente prohibido para el hombre de a pie. Pero he aquí que aparece un extranjero medio chalado, que dice llevar nombre de rey, y sin embargo frecuenta a los intocables del bazar y a las tribus más impuras del bosque. En esa etapa yo aún dudaba acerca de la iniciación a seguir; no sabía si estudiar sánscrito o persa, si conseguir la santidad por medio del tantra o el sufismo, si venerar a Shiva o a Vishnú. De momento era un jungli, un europeo que ha adoptado los modos nativos, corre tras los pasos de las bailarinas kalbelya, se intoxica con aguardiente de banano y no le importa arriesgarse si con ello puede agenciarse unas vacaciones gratis en el Himalaya.
El padrino de la trama, un gordo mercader marwari, me dio un ungüento de antimonio negro, que me haría invisible en caso de complicaciones, un rosario con 108 cuentas y un rebozo que ocultaría mi color. Para burlar la vigilancia en la frontera entre Rajastán y Uttar Pradesh, iniciaría el viaje al atardecer y en tonga, una carreta cubierta tirada por un caballo. Me puse en marcha y aquella noche, cruzando la llanura india, con su olor a lilas y tamarisco, oí la llegada del monzón. Un trueno sacudió la tierra y todas las criaturas del mundo callaron. Empapados bajo la tromba de agua, vislumbré entonces, más allá de la cortina de agua, unas gigantes formas fantasmales que surgieron del plateado horizonte.
“¿Qué es?”–pregunté al carretero pensando en mi fin. Jamás olvidaré la respuesta:
“Es la ciudad del emperador Akbar, sahib, Fatehpur Sikri”.

EMPERADOR DE LOS MOGOLES
Desde aquella furtiva noche, siempre he asociado mi vida en India con la figura del gran emperador mogol; como si los poderes ocultos y la inmortalidad me llevaran de la mano hacia él. Akbar es uno de los pocos personajes de la historia de todos los tiempos que trasciende su propia persona y época. Sólo Alejandro Magno es equiparable a él en originalidad, genio y visión. En 1553, Akbar sube al trono a los 13 años, en un momento muy crítico para el legado que ha heredado de sus antecesores. Cuando su abuelo conquista la India, en 1526, el gran Babur inicia la dinastía mogol, que habría de controlar casi todo el subcontinente durante los próximos tres siglos.
Los mogoles son una dinastía originaria de Asia central, medio turca y medio mongol, que con Akbar aún no se ha afianzado en un país que todavía les es extraño. A la muerte de su inepto padre y a pesar de su corta edad (aunque ya comandante de sus ejércitos), Akbar inicia uno de los periodos más brillantes e inspirados de la historia de India. Como Alejandro, es un militar y estratega excepcional, dotado de una energía casi divina. La expansión de sus conquistas es fulminante. En apenas 20 años, Akbar llega a controlar todo el territorio que se extiende desde Kabul a Bengala, al tiempo que conquista los principados hindúes de los guerreros rajputs de Rajastán, bien en el campo de batalla o mediante alianzas matrimoniales.

En 1569 el reinado triunfal de Akbar sólo posee una mancha: no consigue tener un heredero. En uno de sus desplazamientos por el imperio, Akbar conoce en Sikri a un sufí de la hermandad Chistiya, el jeque Salim Chisthi, quien le predice que tendrá tres hijos varones. Cuando una de sus esposas rajput queda embarazada, Akbar la manda al cuidado del sufí. Así nace el príncipe Salim, futuro cuarto emperador de la dinastía mogol, Jahangir. En los próximos tres años, Akbar tiene dos hijos más. En agradecimiento a la acertada profecía, en 1571 Akbar levanta en el pueblo de Sikri una nueva capital para su imperio; una espléndida ciudad que durante los próximos 14 años será el marco del más extraordinario de los sueños.
EN LA CORTE DE LOS PRODIGIOS
A pesar de que Akbar es analfabeto –condición posiblemente voluntaria–, el soberano posee una de las mentes más curiosas y ágiles de su tiempo. Tomando las mejores lecciones de la historia, razona que si las nueve dinastías islámicas que preceden a la suya sólo han durado 40 años cada una, se debe al mayor dilema de todo soberano musulmán en India: cómo gobernar sabiamente un imperio cuya población es mayormente hindú. Determinado a que su obra perdure, se lanza a un rápido programa de reformas: prohíbe las tasas a los peregrinos hindúes y exime a sus súbditos no musulmanes de pagar un impuesto por ser infieles. Promociona a los príncipes rajputs a los más altos cargos del ejército y la administración.

De hecho, hace suyas muchas de las costumbres hindúes: se afeita, celebra sus festivales, se hace vegetariano y sólo bebe agua del Ganges. De su extenso harén de 300 esposas, la mayoría son hindúes. Su política de tolerancia va a la par con sus victorias militares. Cuando conquista Gujarat, en 1573, a su capital la bautiza como Fatehpur Sikri o “Ciudad de la Victoria”. En ella reúne la mayor biblioteca de la época, con más de 24.000 volúmenes y un departamento dedicado a la traducción, donde se vierten manuscritos del turco, sánscrito y latín, al persa, el idioma de la corte. La ilustración de los libros da origen a la más exquisita escuela de miniaturas, uno de los grandes legados de los mogoles.
Fatehpur Sikri se convierte en pocos años en la ciudad más vibrante del imperio, tan grande como Londres. Concentra tal actividad que la carretera de Agra a Sikri parece un único y continuo mercado. El golpe de gracia viene cuando, en 1575, Akbar levanta en su palacio un edificio llamado Ibadat-Khana o la “Casa de Culto”, el primer centro de religión comparada de la historia. Inicialmente se citan en ella las más eruditas cabezas del Islam: ulemas, sufíes, jeques e imanes, tanto sunníes como chiitas. El pandemonio resultante de sus discusiones decepciona tanto al emperador que éste acaba por abrir los encuentros a representantes de todas las religiones que hay en India: hindúes, jains, budistas, sijs, parsis, judíos y jesuitas portugueses venidos de Goa. Como resultado, en 1582 Akbar apuesta por crear una nueva religión. Un credo gracias al cual, en el mayor imperio que haya conocido India, pudieran armonizarse todas las creencias de sus súbditos: el din-i-Ilahi o ley divina.

UN SUEÑO PARA LA ETERNIDAD
Si bien Akbar nunca quiso apostatar, la extremada rapidez de su evolución espiritual fue excesiva para su época. En 1582, prácticamente todo el mundo en India cree que su emperador se ha vuelto loco. Sus intentos por apartarse de la ortodoxia islámica le llevan a los actos más desafiantes. Sucesivamente, establece un decreto según el cual él es la última autoridad en materia religiosa e interrumpe el envío de dinero a La Meca. El colmo de las herejías llega cuando sustituye la cronología islámica a partir de la Héjira, por la de su ascensión al trono.
Seguidamente es él mismo quien da inicio a las oraciones en la mezquita de palacio, en lugar del imán. Por último, Akbar es víctima de la misma entelequia que afectó a Alejandro Magno: se presenta a sí mismo como alguien divino. En 1585 estalla una revuelta en el Punjab, y Akbar se traslada con la mayor parte de su corte a Lahore. Jamás regresará a su gloriosa capital. Cuando Akbar vuelve al centro de su imperio trece años más tarde, se instala en Agra. Las razones que motivaron el abandono de Fatehpur Sikri sigue siendo uno de los mayores enigmas de la historia de India. La escasez de agua potable podría ser una de ellas. No obstante, Fatehpur Sikri ha perdurado hasta hoy como la ciudad fantasma más fascinante y mejor conservada del mundo. Nunca he dejado de visitarla cada vez que recorro la ruta de Agra a Jaipur.

Perderse por el enigmático complejo es toda una lección de cómo vivía la corte mogol. Reflejo de la política de Akbar, sus edificios son una fascinante mezcla de estilos hindúes y musulmanes. Sólo la Jamia Masjid está considerada una de las mezquitas más impresionantes del país, mientras que la exquisita tumba del jequeSalim Chisthi es una obra maestra de la construcción en mármol. Palacios imperiales, residencias de nobles, salas de audiencias, baños, escuelas y talleres se suceden en un orden pasmosamente calculado.
Pero el hechizo de Fatehpur Sikri radica en el sueño de su emperador: el deseo de tolerancia y convivencia entre todos los pueblos y creencias de su imperio. En la compleja India, Akbar sigue siendo como un talismán, su figura histórica más moderna y vigente. Yo creo que Akbar conoció como nadie la esencia de su país; esa fuerza oculta y mágica que se encuentra dentro de un frasco de cristal, en el trueno que anuncia la llegada del monzón o en esa cita de la mezquita de Fatehpur Sikri que dice: “la vida es un puente, crúzalo pero no levantes una casa encima. Quien ha esperado una hora en él, podrá esperar a la eternidad”.
CÓMO IR
No hay vuelos directos desde España a India. La mejor opción para volar a Nueva Delhi la ofrece British Airways, con salidas diarias desde Madrid y Barcelona, vía Londres, a partir de 720 euros. Información y reservas: Tel. 902 111 333. www.ba.com
QUÉ SE DEBE SABER
Formalidades de entrada. Para acceder al país es necesario el pasaporte en regla y un visado de turista, que puede obtenerse en la Embajada de la India en Madrid (Avenida Pío XII, 30-32. Tels. 913 450 265 / 913 450 406).
Cuándo ir. La mejor época para una visita es de octubre a febrero. La época de los monzones es de julio a septiembre, cuando el calor mengua un poco.
Idioma. Hindi es el idioma oficial. El inglés está muy arraigado.
Moneda. La moneda oficial es la rupia india. (1 rupia equivale a 0,02 e). El pago con tarjetas de crédito se acepta en la gran mayoría de hoteles y establecimientos dedicados al turismo.
Precauciones sanitarias. Se recomiendan las vacunas de la hepatitis A y B, el tétanos, polio y cólera. No beba agua no embotellada ni coma fruta pelada.
Qué llevar. Aconsejamos prendas cómodas, ligeras y, preferiblemente, en tejidos transpirables como algodón o lino. En los meses de invierno no olvide llevarse una chaqueta. También son imprescindibles una gorra, gafas de sol y crema de protección solar.
QUÉ VER
FATEHPUR SIKRI
Fue levantada por el emperador mogol Akbar, siendo la capital de su imperio de 1570 a 1586. Se trata de la ciudad abandonada mejor conservada del mundo y el complejo arquitectónico más extraordinario de India. Se halla en lo alto de un promontorio, mientras que el pueblo está a sus pies, junto a la carretera. El complejo cubre un área de 5 km2 y está rodeado por una muralla de 11 km, salvo en su lado sur. Se divide en dos partes, la Gran Mezquita y la ciudad imperial, cuyo recinto está abierto de 6.00 a 17.30 h. No hay que pagar entrada para visitar la mezquita.
Jamia Masjid. Es una de las mezquitas más impresionantes del país, con una fascinante mezcla de elementos arquitectónicos persas e indios. El acceso principal se realiza a través de la Buland Dawa o “Puerta de la Victoria”. Dentro del patio de la mezquita está la tumba del jeque Salim Chisthi, una obra maestra en mármol.
Ciudad Imperial. Es un complejo de palacios, salas de audiencias, casas de nobles, baños, “serais”, escuelas y talleres, con una mezcla de estilos única. Destacamos el palacio de Jodh Bai: residencia de la madre del hijo de Akbar; Hawa Mahal o Palacio de los Vientos, sala con celosías de piedra para el harén; Birbal Bhavan: palacio del Raja Birbal, uno de los cortesanos favoritos del emperador; Karawan Serai: un gran patio rodeado de albergues para hospedar a los mercaderes; Panch Mahal: edificio usado por el harén de la corte; Ankh Micholi: recinto en que Akbar jugaba con las damas de su corte; Diwan-i-Khas: la Sala de Audiencias Privadas, donde el emperador mantenía encuentros con personalidades religiosas; y Diwan-i-Am: la Sala de las Audiencias Públicas.
DÓNDE DORMIR
La mayoría de visitantes se aloja en Agra. Su mejor hotel es:
Mughal Sheraton. Tel. 33 17 01. Con todos las comodidades imaginables.
Fatehpur Sikri tiene una infraestructura hotelera un tanto limitada. Las mejores opciones son:
Goverdhan Tourist Complex. Tel. 88 26 48. Situado en la carretera principal.
Gulistan Tourist Complex. Tel. 88 29 40. Complejo hotelero con los mejores servicios.
GASTRONOMÍA
La gastronomía de la región de Agra es heredera de la rica cocina mogol, típica del norte de India, cnocida como mughlai. Se basa en un uso generoso de especias y suele prepararse al “tandoor”, un horno de barro. Sus grandes especialidades son el pollo tandoori; el biryani, un arroz con cordero o pollo y verduras, sazonado con especias y frutos secos; rogan josh o cordero con curry; gushtaba, unas bolas de carne de cordero preparadas con yogurt; y el pollo makhanwalla, cocinado con mantequilla. La especialidad de Fatehpur son las galletas khataie.
QUÉ COMPRAR
Los artículos más preciados de la zona de Agra son sus artículos de piel y cuero, las joyas, las dhurries o alfombras y, especialmente, todos los objetos elaborados en mármol de Makrana, con incrustaciones de piedras de colores, similar al trabajo en “pietra dura” del Taj Mahal. La mayoría de tiendas se encuentran en Sadar Bazaar y la zona sur del Taj Ganj.
Las mejores joyerías están en los alrededores de Pratapur, y el pueblo de Shilpgram ofrece la artesanía de mejor calidad y variedad.
MÁS INFORMACIÓN
www.tourismofindia.com (Web oficial del Ministerio de Turismo y Cultura)
www.indiatravelog.com (Información sobre turismo y aspectos prácticos)
www.www.up-tourism.com (Web oficial del departamento de Turismo de Uttar Pradesh)

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