El sombrero blanco quizá no se lo quiten ni para dormir, quien sabe de esas intimidades. Un grupo de muchachos devora, desde taburetes y a chambergo puesto, tacos de carne en trozos demasiado picantes para el paladar medio europeo. Yo dudo, pero al final me animo a probar la desventura culinaria. Sin sombrero. Y claro, después, ante mis ojos “inyectados” por el chile, desde el otro lado del mostrador, las chicas ríen y se arremolinan cuchicheando.

La escena es de carnes rojas cortadas a cuchillo, salsas de pimientos que anuncian ardor, tortillas de maíz y, entre todo, los labios de las muchachas como cerezas de feria. Sonríen mientras vuelven a servir.

Hace mucho calor al mediodía en Guadalajara y quizá por esto no me siento original refugiado bajo los tejados de cinc de “La Libertad”, el mercado cubierto más grande de Latinoamérica; somos varios. Y no es que aquí se esté más fresco, pero se soporta mejor y uno tiene la posibilidad de asomarse al corazón del costumbrismo nativo.
No se porqué, pero me siento observador de instantáneas, devorador de fotografías, de “Polaroids” que no deberían irse con el tiempo. Busco lo que encuentro como cualquier viajero enaltecido por la sorpresa y sigo –con la garganta aún ardiendo– dando tumbos entre colores. Porque cada mercado es un pequeño universo de colores exaltados, y en México la palabra toma otro matiz: el de la papaya anaranjada, el mango amarillento, la jícama, las fresas y demás “integrantes” del sinuoso surtido de frutas y verduras nativas. El de las ropas de tonos eufóricos, las pieles oscuras, las miradas de ojos blancos que denuncian mi condición de extranjero. Aquí no hay gritos de oferta y demanda, sino un murmullo denso de proposiciones. Pero también hay una atmósfera de moscas y humedad, de olores mezclados y centenas de souvenirs de ocasión.

Después, recuerdos de aquí y de allá que no hacen más que aniquilar la verdad del objeto real al que representan. Pero en los mercados es esto lo que encanta, esa batuta del sin sentido, la orgía material sin líbido ni aviso previo. Encontrarse un rato con el vendedor de pájaros, con un bebé que dormita entre tomates, con un sombrerero que sube y baja escaleras cubierto de gorros blancos, con un extraño hacedor de ofrendas a domicilio, con un proveedor de globos para niños, con el que elimina la sed de los paseantes a base de hielo molido y jarabe. Es esto lo que diseña el extrovertido aquelarre de las ferias latinoamericanas. En los mercados se come, se vende, se compra, se descansa del sol de la tarde, pero sobre todo, se impone con fuerza el venerado encuentro social.

GUADALAJARA LIMPIA EL AIRE
Fuera del mercado, México pelea su equilibrio, trastabilla constantemente en su relación de amor-odio con un norte brutal, juega un vaivén indeciso entre la modernidad del “McDonald” y el rescate de sus tradiciones mestizas.
Casi en el centro del país, el estado de Jalisco es, en cierta forma, la síntesis de la realidad mexicana. Allí, mientras Vallarta se abre al turismo de lujo, palmeras, mar y piscinas, Guadalajara se inclina por el folklore. Y de la unión nace el encanto.

En la actualidad, Guadalajara sigue atajando la inmigración interna; desde aquel terremoto, en México D.F., de hace unos años, ha ido aumentando notoriamente su población. Es una ciudad de edificios bajos “para que limpie el aire”, como dicen los guías; un municipio de catedrales, iglesias y construcciones coloniales. Es la capital de Jalisco y, en cierto modo, el centro de las tradiciones, del más arraigado costumbrismo charro, del despilfarro emocional de los mariachis y de los bebedores de tequilas y “margaritas”.

Después del mercado –y como ya atardece– prefiero el color sepia de la Catedral,el del sol en sus últimos servicios de faro luminoso. El templo es bonito cuando es así de anaranjado, es interesante en su arquitectura ecléctica. Hay días en los que dentro se organizan certámenes de organistas, con premios y público arrodillado. Es entonces cuando lo sacro se vuelve lúdico y la gente se abanica y resemantiza el espacio; Jesús es el que mira desde el fondo, como uno más, como el de la cruz, colgado y “a la espera”. A un lado de la Catedral, la Plaza de Armas es el escenario para la ronda tradicional de los pueblos mexicanos; girando alrededor de una glorieta diseñada por Eiffel y desde donde la banda toca un típico menú de corridos, se inicia el flirteo. Los muchachos van hacia un lado, las muchachas hacia el otro, “y después, para qué más detalles”: miraditas, guiños, y lo que el tiempo disponga.

EL LEGADO DE LOS MURALISTAS
Los muralistas y su devoción por plasmar el contexto en grandes superficies dieron pie en México a uno de los grandes movimientos pictóricos del siglo pasado. Fue uno de los legados más importantes al modus de la expresión artística mundial.
Los muralistas buscaban, sobre todo, resumir su tiempo en metáforas concretas, en episodios que hayan sido eje de los grandes cambios del país. Fueron artistas de la postrevolución mexicana, comprometidos con su contexto social.

En Guadalajara, Clemente Orozco fue, de alguna manera, el “niño mimado”. Pintó los techos y las paredes de edificios públicos, contando su particular visión de la anécdota local. En el actual Palacio de Gobierno se encuentra uno de sus trabajos más impactantes. Es la figura del cura Hidalgo, un héroe mexicano en la contienda de la liberación que parece desprenderse desde el cielo raso, como cayéndose encima de quien lo observe. El mural tiene una explicación de horas, de detalles ínfimos que cuentan años de historia.

Para seguir en la línea, cerca de la llamada Fuente Minerva, y quizás un poco alejado del centro histórico, está el Museo Clemente Orozco, donde se exponen sus últimos trabajos. Pero para los adoradores del muralismo, el Instituto Cultural Cabañas, a orillas de la plaza Tapatia y detrás de la Catedral, alberga la colección más importante de obras de Orozco. Al mismo tiempo, este edificio, antiguo hospicio de estilo Neoclásico, es sin duda uno de los más interesantes de la ciudad. Quizá por esto fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1997 y hoy funciona como centro de cultura local para promocionar la inmensa obra de Clemente Orozco. Allí pintó 53 murales, retratando la vida prehispana del territorio, la conquista y masacre por parte de la Corona española y la imposición de credos y cultura a la que fueron sometidas las comunidades nativas.

Más allá de este tipo de arte es interesante darse una vuelta por la Plaza de la Revolución, el Teatro Degollado y la iglesia de San Agustín, algunos de los otros componentes del pack histórico de Guadalajara. Para más tarde hay dos antiguos pueblos, que hoy –y a partir de la expansión urbana– se han transformado en barrios de los alrededores de la ciudad. Ambos merecen una visita.

TLAQUEPAQUE Y TONALÁ
San Pedro de Tlaquepaque es una comunidad artesanal restaurada hace pocos años, quizás un tanto tiznada por un concepto demasiado pulcro y esterilizado de la artesanía y los mercados. El punto de partida para un recorrido podría ser “El Parian” o plaza principal. Después es una sucesión de cafeterías, restaurantes, tiendas de arte y diseño, galerías de vitrales y casas de objetos decorativos de fachadas recién pintadas que se ordenan en la calle peatonal principal.

Los vendedores de frutas toman la acera y con ellos se alternan “minoristas” de fotos de Frida Kahlo (esposa de Diego Rivera), Rivera y Zapata y un sinfín de vendedores ambulantes que le dan un toque de autenticidad a la cuestión. Sobre la misma calle, Teresa de la Cruz, mujer huichol (comunidad de la Sierra Madre Occidental), ha bajado hasta aquí con sus ropas tradicionales a modo de “marketing circunstancial”, y se sienta a vender a la sombra de un árbol. Los cuadros llevan bordadas las leyendas huicholas, y si antes tenían un sentido religioso, hoy se liquidan entre pulseras y colgantes; cada cual hace lo que puede. De esta combinación nace un Tlaquepaque más interesante que deja su carácter de escaparate evidente y se pinta de realidad mexicana.

Al otro lado de Guadalajara, Tonalá es una historia aparte. Un tianguis (mercado ambulante) popular de olores, papeles, colores y entre 800 y 1.200 tenderetes. Es uno de esos mercados para perderse entre callecitas de tierra y encontrarse con las profundidades del temperamento local. Aquí están los vendedores de artesanía, de loros bebés sin plumas, cachorros de perro sin raza, pollos a la parrilla y de ese surtido kitch de Cristos retratados entre luces de neón. El popurrí de la oferta y la pureza del espacio y la gente son, sin duda, uno de los atractivos de Tonalá. Es interesante reservar una tarde para este paseo.

DE CHARROS Y ESPUELAS
Tercer intento y enlaza. El potrillo cae sobre sus patas delanteras, gira sobre sí mismo y vuelve al paso. El charro se anota un punto. Charro es la figura emblemática de la tradición criolla mexicana, una especie de mariachi campero que ha cambiado el violín por el lazo y el caballo. Podría compararse con el gaucho argentino o el cowboy del norte. Hoy los charros participan en competiciones en las que demuestran sus habilidades en el manejo del caballo, en la utilización del lazo, etc. Llevan atuendos tradicionales: pantalones como de torero, un poco más sueltos y con motivos bordados en los lados, una chaqueta del mismo tono, pañuelo al cuello, un cinturón aparatoso y el típico sombrero de ala ancha. El conjunto se completa hoy con un “móvil”; nadie quiere dejar de “estar comunicado”.

En un lienzo charro –redondo y casi como una plaza de toros– la función se inicia con unos mariachis que improvisan el corrido de guitarras y vientos; después llegan las mujeres. Van vestidas de dama antigua, con preciosos trajes largos con volantes barrocos blancos y rosas. Van sentadas de lado sobre los caballos, a la usanza femenina, y realizan varias pruebas de sincronización y destreza sobre la pista. Después de esta función aparecen los charros y la historia se transforma en una seguidilla de enlaces a la carrera, toros que despiden jinetes y galopes a toda velocidad. Generalmente las actividades se realizan como una competencia, con jurado y público, entre equipos de charros que deben atravesar varias pruebas.

El lienzo de Guadalajara es uno de los más importantes de Jalisco, por lo que paso allí un par de horas. A la mañana siguiente viajo a Tequila.
Desde el pueblo de Tequila se ve el fin de la Sierra Madre Occidental, donde duermen los huicholes. Y desde Tequila se abren también los campos de agave donde se produce la bebida blanca por excelencia, la que facilita el “mareo” mexicano. Paseo por el calor seco e intenso de la aldea y en una especie de tour me explican el proceso de producción del tequila. Después cruzamos por el estado de Nayarit, bordeamos Ixtlán –que sigue con su leyenda filosófica de brujos y “donjuanes”– y seguimos hacia Vallarta.

VALLARTA: LUJO MEXICANO
El fin del trayecto se abre en Puerto Vallarta. Es, junto a Acapulco, una de las ciudades más preparadas para la acogida del turismo en la costa del Pacífico. Hoteles de tantas estrellas como uno prefiera, restaurantes de tantos tenedores como a uno le apetezca, piscinas grandes como planetas, deportes de aventura y un océano abierto a una bahía que sabe mucho de atardeceres. En los alrededores, una selva espesa de palmeras y humedad; en el centro, un pueblecito colonial que mantiene la belleza de antaño y le presta a Vallarta ese “plus” que la hace diferente del resto de los centros vacacionales de turismo masivo.

Vallarta es casi un elogio del lujo mexicano, uno de los rincones para el escondite de la clase pudiente que se codea con canadienses, norteamericanos y europeos. Un espacio en el que el golf es deporte estrella y el concepto de “calidad de vida” aparece hasta en la sopa. Pero la gente lo pasa bien; se nota en lo distendido de las arenas de tumbonas con mujeres al sol, en los restaurantes, en las tardes de paseantes de las calles coloniales, en el casco antiguo. En Vallarta uno sólo puede dejarse tentar por el lujo.

Pero también hay actividades que son un complemento para los turistas: cabalgatas que parten de los ranchos, cruzan riachuelos, cascadas y trepan por pequeñas lomas que se abren en la selva, una buena manera de encontrarse con el paisaje y la naturaleza, como sucede con la tirolina: un trayecto de cables de acero que cruzan por precipicios sobre los ríos, varios kilómetros de recorrido sostenidos por un arnés asegurado firmemente a una roldana que gira en el cable. La experiencia es interesante, sólo hay que perderle el miedo a la primera vez; después es un delicioso paseo por el vacío. Luego queda el pueblo, la iglesia, paseos en barco por la bahía y volver tranquilamente a la tumbona, al “margarita de tamarindo”. Quizá para algunos esta sea una buena manera de terminar un viaje por Jalisco. Quizá.

Guia del viajero:

CÓMO IR
Iberia vuela a diario desde Madrid al Distrito Federal. Desde allí hay combinaciones todos los días con Guadalajara y Puerto Vallarta. (Iberia: 902 40 05 00 y www.iberia.com).

QUÉ HAY QUE SABER
Formalidades de entrada
. Sólo se necesita el pasaporte en regla.
Moneda. Peso mexicano
(10 Pesos Mexicanos =1 Dólar;
1 e =12,144 Pesos Mexicanos).
Cuándo ir. Todo el año, porque Jalisco tiene un buen clima.
Centros de Turismo. En Guadalajara, la Oficina de Turismo está en la Plaza Guadalajara (Catedral).
Desplazamientos por la ciudad. Hay autobuses urbanos que permiten desplazarse desde cualquier punto del centro histórico hasta Tomalá y Tlaquepaque.

QUÉ VER
En Guadalajar
a
Mercado de la Libertad. Cuatro manzanas de mercado donde se venden vajillas, objetos de cuero y de cristal, comestibles, etc. Es interesante para conocer la cotidianeidad mexicana y el regateo. (C/ Cabañas y Avda. Javier Mina).
Catedral. Con dos campanarios gemelos que mezclan el gótico y el neoclásico, en su interior se guarda “la Ascensión de la Vírgen”, de Murillo. (Calle Liceo, 17).
Museo de Orozco. Antigua casa y estudio del pintor mexicano, actualmente es un museo donde se exponen los cuadros y dibujos del mismo. (Aurelio Aceves, 27).
Teatro Degollado. Del siglo XIX, es sede de la Orquesta Sinfónica de Guadalajara y del ballet folklórico. Actuaciones los domingos. (Calles Balén y Morelos).
Instituto de Cultura Cabañas. Centro de arte que conserva algunos de los mejores murales de Orozco, incluído el célebre “Hombre en llamas” (Calle Cabañas, 8).
Festivales charros. En la Oficina de Turismo de la ciudad y en los hoteles le informarán de los horarios de las exhibiciones diarias.

En los alrededores
Tlaquepaque. A 8 km al este de la ciudad. Localidad famosa por sus cerámicas pintadas a mano.
Tonalá. Pasear y conocer un tianguis tradicional. La cerámica rojiza de color terracota es típica de este lugar, a precios más baratos que en otras localidades de Jalisco, como Puerto Vallarta. Hay mercadillos al aire libre todos los jueves y los domingos por la mañana.
Zapopán. A diez kilómetros al norte de Guadalajara. La basílica custodia la imagen de la Virgen de Zapopán. El monasterio franciscano que se levanta al lado mismo, alberga un pequeño museo dedicado a los indios huichol.
Tequila. Se puede solicitar una visita guiada para conocer el proceso de elaboración de este líquido en la hacienda de José Cuervo, una de las marcas más reconocidas a nivel internacional. La fábrica está en el corazón de la ciudad, pero hay autobuses que conectan a diario Guadalajara con Tequila.
Barranca de Oblatos. Se encuentra a once kilómetros de Guadalajara y es una garganta de setecientos metros de profundidad, con lujuriante vegetación y senderos para recorrer a pie.
Lago Chapala. A cuarenta kilómetros, es ideal para hacer excursiones en barca a la Isla de los Alacranes, partiendo de la ciudad de Chapala, a orillas del lago.

En Puerto Vallarta
Vallarta es estupenda para hacer deporte y para estar tendido al sol sin agobios ni molestias. El golf, las cabalgatas y la tirolina son algunas de las actividades adicionales que se pueden hacer en esta localidad.

DÓNDE DORMIR
En Guadalajara
Hotel de Mendoza.
Ubicado junto al Teatro Degollado, en el antiguo convento de Santa María de Gracia. Está perfectamente restaurado. (Carranza, 16).
Hotel Frances. Es el albergue más antiguo de la ciudad (de 1610). Atmósfera colonial y un bello patio interior. En el corazón de Guadalajara. (Maestranza, 35).

En Puerto Vallarta
Fiesta Americana.
Es uno de los más tradicionales resorts de la zona. Está en la Avenida Francisco Medina Ascencio, km. 2,5.
Cuatro Vientos. Magnífico hotelito con catorce habitaciones estratégicamente situadas en una colina, desde la que se obtiene una panorámica inolvidable de Puerto Vallarta, (Matamoros, 520).

DÓNDE COMER
En Guadalajara
La Chata
. Restaurante muy famoso en la ciudad por su especialidad llamada platillo jaliscience, una delicia local. (Calle Corona, 126).
Igualmente recomedables son:
La Rinconada (Plaza Tapatia), el mismo restaurante del Hotel Frances y Los Itacates (Chapultepec Norte, 110).

En Tlaquepaque
El Parian
. Muy típico.

En Puerto Vallarta
El Edén de Mismaloya
. Situado en la playa homónima.
Fuente del Puente. Con actuaciones de música mexicana en vivo.

VIDA NOCTURNA

En Guadalajara puede escucharse durante todo el día la mejor música de los mariachis en la histórica Plaza de los Mariachis. En Puerto Vallarta, La Iguana (Cárdenas, 311) ofrece los jueves y los domingos una tradicional fiesta mexicana con mariachis… También Mr. Tequila (en el Malecón de Puerto Vallarta) ofrece música de mariachis.

QUÉ COMPRAR
Sergio Bustamante es uno de los modernos y consagrados artistas mexicanos, y sus excelentes trabajos realizados en cerámica y joyería de colores fuertes son requeridos desde todas partes del mundo. En Tlaquepaque se encuentra una galería con sus obras, y en Tequila hay algunas otras expuestas en la casa de José Cuervo.
En los mercados de Tlaquepaque y Tonalá se encuentran excelentes piezas en alfarería, cuero y cestería. Los trabajos de colores llamativos de los indios huicholes, en Tlaquepaque, son una excelente opción para llevar a casa. También hay una tienda de artesanías huicholes en Vallarta, pero a otros precios.
El centro colonial de Puerto Vallarta es todo un gran paseo para realizar diversas compras.

MÁS INFORMACIÓN

www.visitmexico.com

www.jalisco.gob.mx (es una web para saberlo todo de Jalisco: alojamientos, excursiones, restaurantes, etc.)

 

Fotografo:

Martin Correa

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