Brasil es un coloso agitado. Es la mayor geografía de Latinoamérica. Un catálogo de diferencias, un cierto cóctel batido de mezclas étnicas y sociales, de idas y vueltas de la historia marcadas a fuego a lo largo de un Atlántico infinito. Quizás el nordeste sea la región menos recordada. Pero no precisamente por falta de atributos geográficos o de tradiciones cultivadas a mano y cincel, sino más bien por un cierto desequilibrio de presupuestos a nivel nacional al momento de invertir en la maquinaria promocional.  Es bien sabido que las ciudades del norte jamás podrán contar con los manojos de reales con los que cuentan los cariocas, por ejemplo, a la hora de darle el alta a los desfiles del sambódromo.

Así, más allá de esas cuestiones vinculadas al universo de las comunicaciones y el dinero, hoy el olvido del nordeste se está transformando paradójicamente en una de los puntos fuertes de su belleza. Es un rincón con pocas transformaciones de cara al tropel turístico, una región de médanos que cambian como olas, de barrios coloniales y un mar rabiosamente turquesa. “El nordeste es la parte más sincera del Brasil sincero”, me decía no hace mucho tiempo un coleccionista arrepentido de pirañas embalsamadas, que subía y bajaba el antiguo centro de Recife buscando clientes para sus viejas piezas.

Playa de Pipa, una de las playas más bonitas del estado de Rio Grande do Norte

Y hay mucho de eso. Aunque la zona es bastante más extensa, esta vez hablaremos de tres estados: Rio Grande do Norte, Paraiba Pernambuco. Tres áreas que son la esquina más esquina del Brasil. Una diminuta saliente hacia el sol saliente.

ESCALANDO EL MAPA
Recife es un buen lugar para el aterrizaje. Es la capital del estado de Pernambuco y una ciudad de expansión lenta y constante. Tiene 39 puentes, tres ríos, el mar y unos 50 canales. No en vano la llaman la “Venecia de Brasil”.
Hacia 1630 fue la base del dominio holandés en la región, y por eso es aquí donde las huellas culturales de los europeos del norte en mezcla abundante con las comunidades locales se notan con más fuerza.

El centro histórico de Recife (estado de Pernambuco) acoge la mayor concentración de edificios coloniales de Brasil

Hay dos partes perfectamente diferenciadas. Por un lado está la ciudad nueva, bordeada por la Boa Viagem, una avenida kilométrica que marca el ritmo de la urbe cuando sigue tendencias y habla de modernidad. Allí es donde están las playas más populares, las que reciben las huestes del Carnaval cuando llega el momento, las que se van sucediendo como en una eterna Ipanema. Galo da Madrugada, uno de los blocos (grupos de Carnaval) más importantes de Recife, ha llegado a convocar a más de 20.000 personas en esas arenas; multitudes que pasan los febreros bailando al ritmo del frevô. Para muchos aquí se vive la mejor mascarada de Brasil.

El antiguo casco urbano colonial, en la otra banda de la ciudad, ha sido restaurado íntegramente en los últimos años. Es un gran barrio de mansiones del siglo XVII pintadas de verde, rosa, lila y amarillo, de callecitas empedradas que espantan tacones. Allí, en la rua da Apolo, hay un ex monasterio en donde se abre el centroJaime Aroxa, una escuela de baile para iniciarse en el forrô, frevô y maracatu, las tres principales danzas populares de la región. Allí es donde uno puede mezclarse con jóvenes y viejos para entrar a desmenuzar los pormenores del quehacer folklórico del nordeste.

Iglesia de San Pedro (Recife)

Para los adoradores de las antigüedades, en la rua do Imperador, aún dentro del centro histórico, están el convento franciscano Sao Antonio y la iglesia de la Ordem Terceira do Sao Francisco. Esta última tiene un altar de cedro, recubierto en oro que es una de las piezas religiosas más espectaculares de Latinoamérica.

La noche despierta en Graças. Es el distrito de los que llevan la vida sobre copas y se complacen diseñando rutas que llevan de bar en bar. Allí uno acude a la escena de siempre: mesas en la calle, multitudes, caipirinhas, risas de bocas empastadas, miradas cruzadas, vendedores ambulantes, luces bajas…

Olinda, la que fue capital de Brasil, es hoy una de las aldeas coloniales mejor conservadas del país

No muy lejos de ese centro nace Olinda, una de las aldeas más bonitas del norte. Fue fundada en 1535 como capitanato del estado de Pernambuco y de alguna manera fue la primera capital de Brasil. Hoy es conocida, sobre todo, por la espectacularidad de sus carnavales.
Olinda es una pequeña urbanización pegada a Recife que se ha ido transformando en un centro para artistas y artesanos de todas partes del mundo. De hecho, creo que es algo así como una ciudad del arte, como una pequeña Cadaqués a la brasileña, con más de 600 atelieres de pintores, escultores y artesanos.

Urbanísticamente es un pueblo de cuerpo pequeño que cae en lomadas hacia el mar, un caserío de techos de teja roja y paredes blancas. Es un elogio de la arquitectura colonial, considerado como patrimonio protegido por la UNESCO por la sencilla razón de que es la segunda ciudad con mayor número de edificios de ese estilo del país. Aquí la foto debería incluir las calles de piedra, las bicicletas, los hombres sentados al sol bajo sus sombreros de paja en mezcla de cowboy y espantapájaros, un mar verde esmeralda, las rocas, las palmeras, las pinturas y esculturas que nacen como setas decorando galerías.

Después, claro, tendríamos que incluir también a algunos de los íconos locales, como la igreja Nostra Señora do Carmo, el convento de San Francisco y la capela de Sao Roque, todos ellos edificios del siglo XVI.
En el Alto da Sé, que está al lado de la Catedral, se consigue una de las mejores vistas que incluye Olinda, Recife y el océano abierto. La igreja da Sé vale como pequeño paseo introductorio.

Casas de Olinda, llamada el "Cadaqués de Brasil" por su concentración de artistas

Después de unos días en Pernambuco, Paraiba es un buen sitio para seguir escalando hacia el norte, quizás un poco más salvaje que el anterior.

CIEN PLAYAS Y UNA IGLESIA
Cuando Lua despierta en su jardín, que es un inmenso desierto lamido de sal, apenas da el sol. Y eso que el sol de aquí es el primero del continente. Sí, porque Paraíba es el estado que más se entromete hacia el este en el Atlántico.
Cuando Lua despierta ya sabe qué hacer. Papá aún cura los excesos de cachaza sobre la hamaca en la playa y los hermanos pequeños se afanan por conseguir los cocos que aún no han sido tocados por la “competencia”.

Las playas del estado de Paraiba siguen siendo la mayor atracción para los viajeros

Nos encontramos en temporada alta porque aquí, en el Hemisferio sur, estamos viviendo un verano rabioso y por eso Lua tiene aún más tareas en su cubil playero, que no es más que un chiringuito de aguas de coco y “antártica gelada” (cerveza) sobre la esquina del cabo do Seixas. Este es el punto en el mapa en donde empieza el día, el primer sol de Brasil, cuando empieza el día en Latinoamérica.

Paraiba es un estado de cien playas y una iglesia. El cajú es casi la fruta nacional y hay muchas Luas que ayudan a sus padres a trabajar la jornada, atendiendo chiringuitos, tostando el cajú, vendiendo caracolas del tamaño de una sandía. Es la normalidad en esta esquina del mundo.
Paraiba es también uno de los estados más pequeños de Brasil y el punto de partida para la BR 230, la mítica carretera transamazónica que buscaba unir Atlántico y Pacífico para mejorar los intercambios comerciales en el continente. Fue un sueño de la dictadura militar que no prosperó, básicamente por que no tuvo en cuenta el crecimiento continuo y descomunal de la selva. Luego de terminarla, en muy pocos meses, el verdor se había tragado el asfalto.

El caballo es aún un preciado medio de transporte en el nordeste de Brasil

El centro cultural de Sao Francisco es el atractivo central de Joâo Pessoa, capital del estado. Es una construcción de difícil definición, quizá podría clasificarse como parte del llamado «barroco colonial», sobre todo porque posee, dicen, el mayor púlpito barroco de Brasil. Los grandes azulejos en las paredes que remiten al legendario Portugal y el cielo raso de madera pintado con imágenes de la Biblia y de la historia de San Francisco, constituyen el atractivo principal del edificio.

La ciudad es relativamente pequeña, con posadas coloniales y un ritmo ajetreado. De todas maneras, el punto fuerte de Paraiba, o al menos la excusa que convoca a los viajeros, es la interminable sucesión de playas kilométricas esporádicamente salpicadas con algún pueblito de pescadores fatigados. Hay grandes extensiones de arena que parecen aún no estrenadas. Playas de esas que invitan a vivir tardes de hamaca, siesta y cigarro. De esas en las que siempre hay un par de jangadas (balsas) de velas improvisadas y cosidas a mano, que se abren al mar y de alguna manera contribuyen a la frescura del paisaje.

Playa de Tambau, a pocos kilómetros de Joao Pessoa, capital del estado de Paraiba

Praia de Tambau, al oeste de la ciudad, es una de las más cercanas y una buena manera de empezar a recorrerlas. Un poco más al sur está la praia Cabo Branco, que casi se funde más adelante con la Ponta do Seixas. Poco después, a unos 40 kilómetros de Joâo Pessoa, está la praia Jacumâ, uno de esos lugares de bosquecillos de palmeras, piscinas naturales y franjas muy largas de arena de varios colores. Ya al final, en el municipio de Conde, nace la praia de Tambaba, una de las diez mejores de Brasil y célebre por articularse como la única oficialmente nudista del nordeste. Es una de esas de postal típica: las rocas salpicando la playa, grandes cocos, un par de posadas de madera y muy poca “humanidad”.

Es el estado más pequeño de Brasil, pero Paraiba es una bella región que ofrece bellas estampas

UN MAR DE DUNAS
Rio Grande do Norte es también parte de este nordeste negado de por vida a los agorafóbicos; las playas son absolutamente abiertas. Todo es un espacio despejado, de horizontes que no cierran. Natal, capital del estado, de alguna manera corre a toda velocidad para transformarse en el eje turístico de la región. Es una ciudad con memorias de pueblo pescador, que es lo que fue no hace mucho tiempo. De hecho, la mayoría de las aldeas de los alrededores aún conservan prácticamente intacto ese aura artesanal de redes y madrugadas en alta mar.

Playa de Genipabu (Natal). Comienza justo donde acaba el mar de arena del Parque de las Dunas Móviles

Natal, hoy, es un poco más urbana, lleva el ritmo frenético del forrô. No es extraño ver familias bailando a cualquier hora. Según dicen es una de esas danzas que no necesitan una justificación ceremonial para ser ejecutadas y apenas requieren maestría, sólo la intención de soltar el cuerpo y dejarlo “viajar”. Y de eso, claro, por aquí conocen bastante. El forrô se mueve en las casas, en las fiestas, en la calle. Digamos que tiene más que ver con ese millar de celebraciones íntimas, caseras y familiares del día a día, que con la espectacularidad del sambódromo carioca.

Más allá de la ciudad, uno de los puntos más interesantes de Rio Grande es el llamado Parque de las Dunas Móviles. Aunque es un sitio que tiene su contrapunto en el hecho de que justamente esas dunas se van comiendo poco a poco lo que resta de mata atlántica y, por lo tanto, contribuyen a la creciente deforestación y desertización de la región, el espectáculo del desierto pegado al Atlántico es de los más impresionantes de la zona. Hay cientos de enormes montañas de arena que van cambiando de forma y tamaño según el mandato de los vientos.

Después, ante este escenario, ¿qué hacer? Por un lado, soltarse a maniobrar el buggie, ese vehículo de fibra, liviano y a doble tracción que se desliza en la arena como velero sobre el agua. Por otro lado, darle rienda a las correrías por los médanos, como quién se anima a la más natural de las montañas rusas. Y luego, la velocidad, la arena en los dientes, el derrape constante, el grito en el cielo…

Mar de arena. El Parque de las Dunas Móviles se recorre en buggie

Natal también empieza a conocerse por sus playas. Pero es verdad que para llegar a las mejores hay que recorrer un poco. La praia de Pipa, a 85 kilómetros de la capital, es una de las más cuidadas del litoral. Hay unas pocas posadas, olas perfectas para el surf, delfines que acompañan el braceo de los nadadores, barecitos con música para las noches. En los alrededores, hay otras menos conocidas que también valen la pena, si lo que se prefiere es estar aún más apartado de todo contacto social. Cotovelo, Pirangi y Buzios son interesantes puntos a explorar. Poco más allá, a cinco kilómetros de Pipa, la praia Tibau do Sul es un santuario ecológico de arena blanca.

El nordeste empieza a estirar los brazos en su despertar. Como planteábamos, es una de las regiones menos machacadas por el turismo, y por ende, es una de las mejores conservadas de la costa atlántica de Brasil. Es este entramado de dunas, playas extensas, barrios, iglesias y conventos que son patrimonios coloniales y siempre un forrô que se teje a fuerza de cintura y amanecer.
Brasil es un coloso agitado que hoy sabe compartir su precioso arrebato.

Texto: Martin Correa; Fotos: Marco Casiraghi

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