Me lo habían advertido unos familiares hace pocos años: Suiza es el país perfecto para ir en tren e ir descubriendo su apabullante naturaleza. Y es verdad. Circulan por túneles, viaductos y rampas que son un auténtico desafío para el ingenio y la destreza del hombre. Lo que el ser humano ha sido capaz de construir en lugares a priori imposibles es una auténtica obra de arte: recogen rutas espectaculares entre el azul celeste de los lagos, el verde húmedo de los valles y la blancura grisácea de las rocas frías y el hielo.

Así pues, aquí estoy, dispuesto a subir en el pequeño tren de la Jungfrau. No es fácil decir que no a una propuesta como ésta: el famoso tren-cremallera que llega casi hasta la cima de este gigante de más de cuatro mil metros. El majestuoso paisaje y la perspectiva de una pista de más de diez kilómetros de longitud, ejercen una sutil fascinación.

Me encuentro en Grindelwald, un encantador y típico pueblo alpino suizo, situado a unos 45 minutos de la capital, Berna. De su estación salen los trenes que suben a las nieves perpetuas encajonadas entre los picos del Jungfrau, del Mönch y delEiger. Hace mucho sol pero estamos a nueve grados bajo cero y sopla un fuerte viento. No es que sea muy fuerte en realidad, pero se te mete debajo de la ropa y te muerde la carne.

Para que la excursión merezca los 150 euros que vale el billete de ida y vuelta es imprescindible que el tiempo esté despejado. De lo contrario no sirve de nada mirar por la ventanilla porque se pierde uno de los principales alicientes de esta excursión: la contemplación de uno de los escenarios naturales más bellos de la Tierra. Decidida la ascensión, hay que prever un día de excursión. De hecho son dos horas en tren cremallera desde el Paso de Kleine Scheidegg, donde se hace transbordo si uno, como yo, viene desde Grindelwald, hasta la estación de Jungfraujoch. Dos horas en pequeños vagones de madera, atravesando un túnel de forma helicoidal de más de siete kilómetros de longitud excavado en las paredes más abruptas y empinadas que uno pueda imaginarse, la pared norte del Eiger.

El tren se detiene durante unos minutos en un fantástico punto panorámico, a casi 3000 metros, frente a unas ventanas de cristal blindado talladas en el granito. La mirada recorre un amplio espacio, desde el Schilthorn hasta Interlaken. Un espectáculo grandioso.
Dos minutos y el tren continúa su lento recorrido, subiendo poco a poco, a una velocidad de 15 unos kilómetros por hora.

Echando una rápida ojeada a los turistas que llenamos el tren, me percato de la gran cantidad de japoneses que llenan los vagones. Bulliciosos, con sus videocámaras, sus bolsas y sus mochilas, todos me parecen iguales. Se pasan, como yo, la mayor parte del viaje apoyados en las ventanillas del tren contemplando extasiados el paisaje blanco-lunar que se precipita antes sus, nuestras, narices.

Una cinta grabada en cinco idiomas, japonés incluido desde luego, nos acompaña durante todo el tiempo que dura el trayecto. Va narrando la historia de este ferrocarril, describiendo sus principales características técnicas. Es así como descubro que este ferrocarril, el más alto de Europa, se debe al ingeniero ginebrino Adolf Guyer Zeller, quien concibió esta magna empresa por primera vez en el mes de agosto de 1893. Se emplearon más de dieciséis años en culminar el proyecto. A mi, la verdad, incluso me parecen pocos.

Crece la impaciencia por llegar. Por fin, los dos vagones alcanzan su destino. Enteramente excavada en la roca, la estación final de la Jungfrau está rebosante de gente. Escaleras, pasarelas, galerías, túneles, andenes son un hormiguero de personas que pretenden visitarlo todo en un día. Que se sienten obligadas a concluir su excursión en una orgía de compras que llenan a rebosar bolsas y mochilas.

El Top d´Europe, nombre que ostenta el mayor de los edificios, es una especie de gigantesco shopping center lleno de souvenirs, gorras, camisetas, chocolate y otros muchos productos que hacen de este lugar un tinglado de altísimo rendimiento. Todo lo que se vende aquí es caro… Ya se sabe, hay que amortizar los costes de producción del glaciar. Es decir, el coste de tantas brillantes ideas indispensables para sacar dinero de las piedras.

Empezando por el “Palacio Blanco”, un pequeño laberinto de grandes esculturas de hielo realizadas por artistas japoneses (ahora entiendo el por qué de tantos japoneses); el Museo Histórico, sobre la construcción del ferrocarril; los trineos tirados por perros polares para hacer mini-excursiones por la nieve; el observatorio astronómico provisto de una gran cúpula con su correspondiente mirilla para el telescopio; el restaurante, que ofrece unas vistas impagables… y una carta exquisita.

El recorrido por las entrañas de la montaña supera los dos kilómetros. Un ascensor permite salir al exterior, a la terraza bañada por el sol del Mirador de la Esfinge. Entonces se abre un espectáculo sin parangón: los Alpes berneses, trescientos sesenta grados a la redonda iluminados por las cumbres más altas de los Alpes suizos: Jungfrau (4158 metros), Mönch (4092), Eiger (3970), Wetterhorn (3701).

El cielo es de color azul, impoluto; las nubes parecen nata batida; los glaciares monstruos bondadosos… Desde aquí arriba es posible ver la silueta de unos pocos esquiadores que se preparan para descender por la nieve del Juangfraufirn, el glaciar más largo de Europa. A mi lado, un puñado de turistas con las caras azotadas por el viento y la nariz al aire, enfocan sus binóculos hacia la cumbre de la Jungfrau, Que permanece allí, impasible, junto al glaciar Aletschgletscher, de 23 kilómetros de extensión. Un verdadero mar de hielo y nieve.
Durante el trayecto de vuelta uno se siente más feliz. Sencillamente porque esta excursión llena el corazón.

Guia del viajero:

LO MEJOR DE GRINDELWALD

Los aficionados al esquí tienen más de 200 kilómetros de pistas distribuidas en 49 estaciones, con una altitud de 2.468 metros.

Para los que quieren emociones más fuertes, la escuela de alpinismo (Tel.00 41 36 53 52 00) organiza excursiones fuerapista con guías expertos, para sumergirse en el glaciar más largo de Europa (Aletschgletscher, 23 kilómetros), en un camino de dos días.

Desde Grindelwald se pueden visitar otras localidades con estaciones de esquí de la región de la Jungfrau, como Kleine Scheidegg, Wengen y Männlichen, donde hay bajadas ideales para los amantes del snowboard.

En Grindelwald, el esquí de fondo se practica en 35 kilómetros de circuitos.

Hay pistas para los amantes de los trineos tirados por perros en Faulhorn, Bussalp y Bort.

El patinaje sobre hielo se realiza en un lago helado, y en el centro de deportes.

En teleférico se puede acceder a los miradores de Männlichen y First.

Información: www.berneroberland.com

 

JUNGFRAUJOCH

La subida en tren cremallera a la estación más alta de Europa es la excursión clásica en el Oberland bernés. Además de los magníficos panoramas que se obtienen, no deje de subir al observatorio Sphynx, visitar el Palacio de los Hielos y realizar la bien señalizada excursión al glaciar de Mönchsjochhütte.

Para llegar al Jungfraujoch, se parte en tren desde Grindelwald y se pasa por el Kleine Scheidegg, encajonado entre las cimas del Eiger, el Mönch y el Jungfrau.

 

DÓNDE DORMIR

Grindelwald es una estación alpina muy renombrada. No hay problemas para encontrar alojamiento. Información: www.berneroberland.com

 

DÓNDE COMER

En el Jungfraujoch se encuentra el restaurante homónimo, que cuenta con una gran sala a través de cuyas ventanas se puede disfrutar de una magnífica vista panorámica sobre el glaciar Aletsch.

 

MÁS INFORMACIÓN

www.jungfraubahn.ch

 

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