
Los pueblos papús no conocen la rueda ni el vidrio y todavía usan herramientas de piedra.
Antes de descender, desde nuestra pequeña avioneta divisamos, entre la espesa vegetación, una columna de humo elevándose sobre las cabañas circulares de los Dani. Algo muy parecido a lo que debieron ver en 1938 los primeros exploradores que, por accidente, llegaron a esta región. Hasta entonces el valle de Baliem había permanecido oculto al resto del mundo. Y con él, cientos de tribus aisladas durante milenios.

El valle de Baliem permaneció oculto al resto del mundo hasta la década de los 30.
Visitar esta remota región es hacer un viaje en el tiempo. Es entrar en un mundo que no sólo está al otro lado del planeta. Está al otro lado de la historia. Herramientas de piedra, casas de barro y bambú, sistemas de cultivo primitivos y un estilo de vida que, según los antropólogos, tiene más de 5.000 años de antigüedad.
Ubicación en Mapa
La llegada al minúsculo aeropuerto de Wamena, única forma de acceder al valle, no es exactamente como esperábamos. Como en cualquier otra parte del mundo, los taxistas esperan impacientes a los turistas. Los techos de las casas son de uralita y todo el mundo viste ropa occidental. Está claro que esta parte del planeta tampoco ha escapado a la cultura global. Sin embargo, esta primera impresión pronto va a cambiar.
Tras una breve charla con Nanang, nuestro guía, intérprete y cocinero durante los próximos días, emprendemos la marcha y nos adentramos en el mítico valle de Baliem. Nos acompañan tres jóvenes de la etnia Yali, que nos ayudarán a llevar el equipaje, la comida y el material para cocinar. Sin ellos, el viaje sería impensable.
Mientras caminamos entre un espectacular escenario de escarpadas montañas y nubes bajas, en nuestra cabeza se suceden extrañas historias. Relatos y leyendas que hemos leído y oído sobre este misterioso lugar. De pueblos primitivos, caníbales hasta hace muy poco tiempo. De batallas tribales bañadas en sangre. Sin embargo, esta imagen se desvanece tan pronto como llegamos al primer poblado.
Nos reciben miradas amables, rostros pacíficos y acogedores que en nada recuerdan a ese pasado hostil y caníbal, sino todo lo contrario. Sonrisas y manos. Muchas manos que buscan las nuestras para decirnos, sin palabras, que somos bienvenidos. No entendemos nada de lo que dicen pero nos sentimos como en casa.
Hoy dormiremos en una casa Dani. Extremadamente básica para nuestro concepto occidental de alojamiento, pero con el innegable encanto de lo primitivo. El suelo es de barro, las paredes de bambú y el techo de paja. Una arquitectura que no ha cambiado en miles de años. Por la noche, el silencio lo envuelve todo. Apenas se escuchan, en la lejanía, las voces de las mujeres Dani que, cantando, intentan dormir a sus bebés. Fuera de nuestra cabaña, el cielo limpio y estrellado compone, junto a una luna que ilumina todo el poblado, un escenario de cuento que nos hace sentir lejos, muy lejos, de nuestra ajetreada vida de siempre.
A la mañana siguiente continuamos la marcha. Cada día, tras caminar entre cinco y seis horas, visitamos y dormimos en un poblado distinto. Y en todos encontramos la misma hospitalidad, las mismas personas entrañables que hacen todo lo que está en sus manos para que nos sintamos bien. Al atardecer, Nanang, que conoce como nadie el valle y sus habitantes, nos habla de sus costumbres. Nos cuenta que en la región viven más de 200 tribus y que cada una habla su propio dialecto. Son polígamos, utilizan herramientas de piedra y viven del cultivo, principalmente de una especie de patata dulce, que es lo único que comen. Sólo en ocasiones festivas se comen carne de cerdo, animal de gran importancia para ellos. Lo utilizan de moneda de cambio, pero también determina su estatus social. Además, creen que tiene un alma similar a la humana y lo tratan como a un miembro más de la familia.

Las mujeres solteras llevan una falda de paja, y las casadas, una de semillas que simboliza la fecundación.
Nanang nos explica también que los Dani encuentran ridícula nuestra forma de cubrirnos el cuerpo con ropa. Ellos se limitan a cubrirse el pene con una koteka, funda hecha de calabaza, y las mujeres visten una sencilla falda. Eso sí, tanto hombres como mujeres lucen bonitos collares de conchas marinas que aprecian como si fueran joyas, pues la mayoría no conoce el mar.
Para el último día, Nanang nos ha reservado una sorpresa. En el poblado que visitamos nos han preparado una fiesta por todo lo alto. Ataviados con ropas y adornos que utilizan sólo en fechas señaladas (bodas, funerales, ritos de iniciación etc), los Dani nos enseñan con orgullo sus habilidades: Cómo hacer un fuego con dos ramitas; cómo preparar un horno primitivo con un montón de hierba y unas cuantas piedras. Y finalmente nos invitan a participar de sus danzas y cantos rituales, haciéndonos sentir, como nos hemos sentido durante todos estos días, viajeros en el tiempo.
De regreso al siglo XXI, desde el moderno Boeing 777 que nos lleva a Barcelona, recordamos las palabras de Nanang sobre el futuro de los pueblos papús. Como ya intentaron antes los misioneros, el gobierno indonesio se ha empeñado en ‘civilizarlos’ y acabar así con su modo de vida milenario. Los mayores, que conocen el valor de su cultura, luchan contra esta tendencia y defienden sus tradiciones, pero los más jóvenes se sienten cada vez más atraídos por la modernidad. Por otra parte, la región ha empezado a escuchar los cantos de sirena de la industria del turismo, con todo lo que esto implica. Llega más dinero pero también aumenta el número de visitantes y su inevitable influencia. De la gestión responsable o irresponsable de este turismo, y de la conciencia que cada turista tenga de su propio impacto, dependerá que el valle de Baliem siga siendo un lugar dormido en el tiempo.

En sus celebraciones y rituales, los Dani se pintan el cuerpo y adornan sus cabezas con plumas de aves.
Por Agustín Ibáñez
CÓMO LLEGAR
QUÉ SABER
Qué llevar:
- Protección para el sol (gafas, sombrero y crema). La radiación solar es muy alta.
- Buenas botas de trekking. Algunos senderos pueden estar resbaladizos.
- Botiquín personal. Las farmacias en Wamena son muy básicas.
- Jersey o chaqueta. Las temperaturas descienden mucho por la noche.










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