ES COSTUMBRE EN ESTAS LATITUDES ENTREGAR LOS HIJOS MENORES A UN MONASTERIO PARA CONTINUAR SU PERPETUIDAD, DONDE LLEVARÁN UNA VIDA DE AUSTERIDAD

 

 

Situémonos. Nos encontramos en la región más remota de la India. Un territorio de gran altura, árido, situado en lo que geográficamente se conoce como la meseta del Tíbet. Lo rodean dos de las cordilleras más importantes de Asia, los Himalayas al sur y la del Karakorum al norte.

Precisamente los Himalayas forman una barrera impenetrable que impide la llegada de los monzones, siempre tan habituales en otras regiones de la India. Aquí, el índice de lluvia es tan escaso como en el mismísimo desierto del Sáhara.

AQUÍ, LA PRISA Y LA URGENCIA CARECEN DE SENTIDO. NO SÓLO SE TIENE LA IMPRESIÓN DE HABER CAMBIADO DE CONTINENTE SINO DE ÉPOCA, TRASLADÁNDONOS AL SIGLO XII

Tenemos la inmensa fortuna de encontrarnos en uno de los últimos reductos de la cultura budista. Y es que Ladakh ha estado siempre muy unido con el Tíbet (es, de hecho, un Tíbet en miniatura) y ambas tierras están estrechamente emparentadas y comparten la misma herencia cultural y religiosa que se remonta a muchos siglos atrás, cuando el Ladakh era una provincia del Tíbet. De hecho, hoy al Ladakh se le conoce como “El Pequeño Tíbet”. De esta forma, el Ladakh se conserva como una verdadera reliquia cultural, inmersa en un país cuya belleza natural y humana inspira al alma y a los sentidos.

BREVES PINCELADAS HISTÓRICAS

El Ladakh ha sido objeto de incursiones chinas en varias ocasiones. En 1859 y en 1962, China, tras haber anexionado Tíbet, invadió también una parte de Ladakh. Por otro lado, la línea del alto el fuego impuesta por la ONU entre Pakistán y la India no está lejos. Las posiciones están bloqueadas, pero los ejércitos indio y pakistaní continúan observándose a un lado y otro de esta línea. Y es que la India considera a Cachemira (a la que está unido el Ladakh) como parte integrante de su territorio, mientras que el Pakistán declara que este status quo no es definitivo hasta que no tenga lugar un plebiscito.

 

ES EL VIENTO QUIEN SE ENCARGA DE LLEVAR LAS BENDICIONES DE LOS BANDERINES SAGRADOS A TODOS LOS PUNTOS CARDINALES DEL UNIVERSO

Ambos factores han hecho que el Ladakh no se haya abierto al mundo exterior hasta 1974. Fue entonces cuando se descubrieron monasterios tibetanos y riquezas insospechadas, pueblos de costumbres intactas y una ciudad completamente en el fin del mundo, Leh.

Calle principal de Leh

Efectivamente, Leh es otra historia. En un desierto de montañas, en el corazón del alto Indo, a 3600 metros de altitud, es una capital atravesada por una sola calle. Y esa calle viene a desembocar en una cima rocosa, el antiguo Palacio Real, cuya fortaleza de ocho pisos es un excelente mirador desde donde observar la estructura medieval de la ciudad.

Estupa de Shanti

Mercado en la calle principal de Leh

También el fuerte y el Monasterio Rojo, son  junto al bazar y la mezquita, visitas obligadas que bien nos van a mantener ocupados un par de días.  Lo cual es perfecto para que nuestro cuerpo se vaya acostumbrando al mal de altura. Además, muchos de los más interesantes monasterios de Ladakh se pueden visitar en una sola jornada partiendo desde Leh, lo que permite combinar la experiencia de adentrarnos en la vida diaría en estos increíbles santuarios de religión budista y tener la oportunidad de disfrutar de un buen alojamiento y una buena mesa.

Monasterio de Tag Thog

AQUÍ ESTOY, ENTRE BUDAS Y LAMAS

Mientras camino por la calle principal de Leh, un joven monje nos explica que “en efecto, Ladakh es uno de los raros lugares donde el budismo tibetano es todavía practicado en su más pura forma”.

LADAKH ES UNO DE LOS ÚLTIMOS LUGARES DONDE SE VIVE DE FORMA MONACAL, INMERSOS EN LA RELIGIÓN TIBETANO-BUDISTA

 

ES ÉSTE EL REINO DEL SILENCIO MÁS ABSOLUTO, DE LA MÚSICA Y DE LOS MÁGICOS CÁNTICOS DE LOS MONJES.

 

140 kilómetros separan Leh de Lamayuru, el monasterio más antiguo del Ladakh. Originariamente eran cinco edificios pero hoy sólo queda el central. Cuando se entra en Lamayuru, se entra en otro mundo. Su biblioteca contiene rarísimos manuscritos jurídicos y religiosos del mundo budista. Aunque en la antigüedad cobijó a más de 400 monjes, hoy apenas hay 150, y no todos viven entre sus paredes.

Los monasterios del Ladakh, poblados de lamas más o menos numerosos, comprenden varios edificios y generalmente se levantan, como el de Lamayuru, en los parajes más aislados.

Otro monasterio importante en Ladakh es Tiksé. En al cima de una colina Tiksé, devorada por el sol, barrida por los vientos hace pensar en el Potala de Lhasa. En el interior varios santuarios albergan estatuas múltiples de dioses del panteón lamaico. Tiksé nos es tan fastuoso ni monumental como el Potala, cierto, pero igualmente su situación impresiona.

Tiksé recuerda mucho al célebre Potala de Lhasa

Todas las tardes, a las cuatro, resuena el grave sonido de las conchas marinas que los jóvenes lamas soplan para invitar a los monjes a acudir a los oficios. En la penumbra del santuario se salmodian los mantras (fórmulas rituales). En algunos momentos profundos golpes de trompa, el estruendo de gongs y de los címbalos crean, con su poder, una especie de solemnidad propia para favorecer la contemplación interior y provocar el estado de conciencia necesario para suscitar las visiones sagradas.

Otros muchos monasterios hay en Ladakh: Ridzong, Likkir, Spituk, Alchi… Éste último es del siglo XI y está escondido entre los meandros de un aflluente del Indo. Aquí sorprenderán cómo todas las paredes están maravillosamente adornados con frescos de una cuidada filigrana.

Muchos monasterios se levantan sobre las colinas

Nos llega el momento de asistir al mayor acontecimiento en Ladakh: el festival de Hemis. La mayor parte de los festivales en Ladakh se celebran el invierno, sin embargo, en Hemis, el Hemis Sechu tiener lugar cada año en el gompa (monasterio) del mismo nombre que suele ser durante la segunda quincena del mes de junio. El festival comprende vistosas danzas con bailarines enmascarados y atrae a peregrinos de todos lados, y desde hace poco tiempo, a turistas de todo el mundo.

Cada monasterio tiene su fiesta anual. Festival de Hemis.

Festival de Hemis: danzas de máscaras ejecutadas por los propios lamas

La ceremonias se celebran en un patio del mismo gompa y empiezan después de los requeridos rezos, con la solemne entrada acompañada de música del lama jefe o Rimponché, hasta que ese ocupa un lugar de honor en la galería del patio. El tema de las danzas es básicamente una representación de diversas luchas entre las fuerzas del bien y del mal, con la inevitable victoria del budismo sobre los demonios y los infieles.

Hasta aquí llega nuestro viaje. Uno se da cuenta que aquí es especialmente cierto que el acto de escuchar puede transformar completamente al que «sabe» escuchar. Las voces de las piedras y las luces del Ladakh y de sus apacibles habitantes nos revelarán más de una lección magistral.  Gracias  “mi pequeño Tíbet”. Hoy uno se siente mejor persona…

Por Carlos Sunyer

 

CÓMO IR. Primero a Delhi. Desde allí directamente a la capital del Ladakh.

CLIMA. Extremo durante todo el año. En invierno, las temperaturas al medidodía suelen ser de -10. En verando el calor es fuerte, con temperaturas superiores a 30 grados.

QUÉ VER. Entorno a los «gompas» o monasterios budistas se desarrollan los aspectos más interesantes. Los gompas más importantes son: Mulbech, Lamayuru, Rizón, Alchi, Saspul, Likir, Nimnu, Shey, Tiksé, Spitok, Tagthong, Matho y Stangna. A casi todos ellos se puede llegar en coche en trayectos de media hora y tres horas de duración. En Leh, además de sus cinco «gompas» hay que visitar el Palacio Real, El fuerte y el interesante mercado de la calle principal. El Ladakh es también un paraíso para los amantes del treking y el montañismo.

GASTRONOMÍA. Inconfundible sabor de la cocina tibetana. El plata básico es la tsampa, una torta de cebada. Verduras y tubérculos acompañan la mayor parte de los platos.

DÓNDE DORMIR. La mayor parte de las poblaciones más importantes del Ladakh ofrecen alojamiento en hoteles o «guest houses» muy básicos que a menudo son las propias casas de sus habitantes. Algunos monasterios disponen de habitaciones entre sus «celdas».