Los gauchos son una raza orgullosa. Son ganaderos, domadores y los mejores conocedores de un territorio selvático y duro

 

La radio, enmohecida de tantos días de selva, murmura el “Ave María” de Shubert en lengua guaraní. La casa es de paja y barro rojo, como el suelo, como el color de este mundo. La humedad se respira en la “Tierra del Jaguar”. Sentado en una silla de huesos de res, Lucas, uno de los más antiguos trabajadores del tabaco de Misiones, enrrolla un cigarro con hebras de su cosecha y piel de maíz y me relata los mitos comarcales. Entre mate y mate vuelvo a entender la alegoría de encuentros que propone esta bebida. A pesar de lo amargo, la hierba endulza los vínculos. Y justamente la Mesopotamia argentina es la región en donde crece la planta que se ha transformado en el símbolo de un país. “El mate hermana a las personas”, dicen por estas tierras.
El territorio es de selvas y caminos rojos como la sangre del felino que lo habita. Es una cuña geográfica que limita con Brasil y Paraguay, rodeada por los ríos Paraná, Iguazú y Uruguay.

El gaucho es un descendiente de los cruces étnicos entre indios guaraníes y europeos, mayoritariamente españoles

 

De hecho, fue la zona que eligieron los misioneros jesuitas del siglo XVII para sus asentamientos, la de las cascadas del río Iguazú, el calor de los humedales, la fauna que estalla en mil especies.

EL OTRO CIELO

Los árboles son “otro cielo”, una cúpula espesa que impide ver el sol pero permite el paso de algunos brillos. Aún no es mediodía. El Parque Nacional Iguazú, con un clima casi de Amazonía, alberga a más de 900 especies animales, y es el mayor del país. Es una región fértil, con unos 2.000 milímetros de lluvias anuales en la que el jaguar –o yaguareté – comparte espacio con tapires, tucanes, caimanes, osos hormigueros, arpías, ciervos, monos, guacamayos y los últimos “perezosos” que quedan en el planeta.

Camino despacio entre pequeñas cascadas y lazos de musgo que cruzan senderos. Hay un par de sociables coatíes (parecidos al lemur) que juegan en los caminos. Intuyo lo que me espera más arriba; lo oigo. Es un ruido como el de los glaciares al quebrarse, como el carraspeo de algún dios local. Aparecen decenas de pasarelas que cruzan saltos de agua, los brazos del río Iguazú que se abre. Sigo trepando. La bruma baña hasta el relato, hay un rocío constante en el aire y casi sin darme cuenta llego al lugar en donde las aguas gritan. Quizá deba hasta pedir ayuda para admirar tanta locura.

Iguazú en una de las más bellas caídas de agua del mundo

 

Son 250 saltos en 23 kilómetros de cataratas y un cañón de río de 70 metros de altura que alguien ha nombrado como “La Garganta del Diablo”. Allí es donde arrojan a Robert De Niro en “La Misión”, aquella película que relata las tareas de los jesuitas en la zona. Frente a esto, las caídas del Niágara o el Salto del Ángel, en Venezuela, son meros aprendices.
Iguazú significa “Aguas Gandes” y quizá el impacto que se recibe al ver las cataratas explique la devoción animista de los guaraní hacia ellas. De hecho tienen leyendas que cuentan su creación: “…Y los dioses, al ver que el joven se escapaba con la muchacha río abajo, decidieron hundir la tierra y lograron que el lecho de agua se derrumbara delante de la canoa. Nadie nunca había raptado a una mujer prometida al sacrificio, prometida a los dueños del cielo; los amantes pagaron por su desafío, la muchacha se transformó en roca y descansa en el fondo de la Garganta del Diablo y el hombre es parte de la selva que aún observa a su amada desde las alturas…”. Dos días más tarde salgo hacia el sur por la carretera número doce, hacia las Misiones. El mito me llama.

LAS MISIONES

El musgo lo cubre todo. Las paredes rojas de piedra arenosa que formaban las construcciones de los jesuitas fueron devoradas por la selva después de que, en 1767, el Rey hispano obligase a los misioneros a retirarse. Hubo más de cuarenta pueblos. En la actualidad son cuatro los que pueden visitarse en la provincia de Misiones y que han sido declarados Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1984. El resto aún duermen bajo el manto de la selva.

San Ignacio. Esta misión albergó entre 3.000 y 4.000 personas y estaba organizada alrededor de la iglesia y de una gran plaza

 

Las Misiones Jesuíticas fueron el ejemplo más claro de que era posible una integración cultural entre dos mundos distintos. Fue el único encuentro entre España y América que no estuvo basado en una idea de conquista, de imposición de credos y costumbres a través de la fuerza. Los misioneros, aún desestimando las pautas culturales locales, se acercaron a los caciques de las tribus aprendiendo la lengua nativa, y a través de una labor comprensiva lograron relacionarse con ellos. Los indios guaraní, ante el avance de los españoles, prefirieron aceptar la nueva religión y pautas culturales fundiéndolas con las propias. Así, la estructura económica de las misiones floreció tan rápidamente de la mano de esta nueva organización que, en pocos años, la producción de la planta del mate logró competir en Europa con el té inglés.

Ruinas de la Misión de Santa Ana

 

La del musgo es Santa Ana, tal vez la reducción jesuita más importante de las hermanas menores de San Ignacio; por allí empiezo. Aquí la estructura no es lo que impacta, sino más bien el ambiente impregnado por cierto misterio de verde y contraluz. Está totalmente sumergida en la selva, entre hormigueros que miden hasta un metro y medio de altura. La única presencia humana en los alrededores es la de los indios guaraní que intentan vender su cestería y las tallas realizadas con madera de Curupí. La primera fundación de Santa Ana fue en 1609 y subsistió hasta 1817, cuando fue destruida por las constantes guerras de la frontera. Aún quedan en pie el templo principal, los talleres y algunas viviendas.

Sigo internándome en la selva, entre la humedad que me pega la ropa al cuerpo y estos senderos de tierra colorada. Con el final del día llego a San Ignacio, la primera Misión construida, la más imponente y, quizá, la más conocida y preservada de todas. En su momento de esplendor, hacia mediados del 1700, San Ignacio llegó a albergar a más de 3.500 personas en su estructura de basalto y arenisca.

Sigo hacia Posadas, capital de Misiones, que descansa en la orilla sur del alto río Paraná. Es básicamente una ciudad húmeda. Muy vegetal. Arquitectónicamente no vale demasiado, pero se pueden visitar un par de museos interesantes.
Posadas me retiene un par de días, y más tarde cruzo por la aldea de Itati, donde veneran a la Virgen homónima como a una diosa. Salgo hacia Corrientes, la tierra de un nuevo santo de sombrero y facón (cuchillo local) cruzado.

Los gauchos mantienen una íntima relación con su caballo

 

NOBLEZA GAUCHA

Aquí, en Goya, a orillas del Paraná, en la provincia de Corrientes, el santo es un gauchito, el “Gauchito Gil”; un legendario “Robin Hood de ocasión” que murió en manos de la policía y hoy se ha transformado en héroe local. Un paisano sin botas, creyente de plegarias que esperan milagros. Por esto los altares a lo largo de la carretera; por esto las procesiones y las figuras sobre altares rodeados de banderas rojas, cintas rojas, velas en vasos para protegerlas del viento y fotografías familiares pegadas con chicle en paredes.
Goya es una ciudad pequeña y de encanto moderado que toma fuerza como atractivo para los viajeros porque en sus alrededores se abre el delta del río Paraná. Aquí es donde vive la familia de Tuti Zabala, un gaucho avezado que entiende el zapucay como un grito de entusiasmo, una especie de chillido colectivo que anima las noches de chamamé (folclore local) a fuerza de acordeón y guitarras. Aquí siguen los humedales, las casas de barro y junco de la ribera.
Aquí los gauchos son astutos en el arte de la doma, llevan las espuelas encastradas sobre talones desnudos y un sombrero negro que es un distintivo comarcal.

Detalle de las espuelas de un gaucho

 

Tuti guía canoas de madera de timbó hacia el interior del delta del Paraná, hacia la jungla, hacia los arroyos cortos y brazos de curso grande que crecen y decrecen según lo dictaminen las mareas fluviales. Él es quién me guía. Siempre –aunque sea el momento de tocar las guitarras– anda descalzo y lleva una especie de taparrabos de cuero que le envuelve la cintura. Tiene un carpincho (roedor gigante) como mascota y cicatrices en las piernas, producto de sus luchas con pirañas, yacarés y otros “animalitos del jardín”. Dando vueltas por el delta, Tuti intenta enseñarme la pesca con jabalina. Gracias a su destreza tenemos la cena a base de sábalos. Paso una semana en la zona conviviendo con los Zabala, intentando aprender a mover los dedos en el acordeón o a pescar sin anzuelo, viviendo este universo de aguas bajas y entorno silvestre. Luego salgo hacia el final de este trayecto, hacia los Esteros del Iberá.

ESTEROS EN MOVIMIENTO

Otra vez entre gauchos. En el bar de Colonia Pelegrini intento seguirles el paso. Al poco rato uno de ellos alinea su tropilla de caballos blancos al borde del camino. En este lado de la Mesopotamia, Pelegrini es el centro de la Reserva Natural de los Esteros del Iberá, una laguna de unos 53 kilómetros cuadrados que ha generado un ecosistema único en el planeta. El total de la región protegida comprende otros 13.000 kilómetros cuadrados.

Esteros del Iberá es una cuenca húmeda que conforma un ecosistema de extraordinaria biodiversidad

 

Aquí también es donde los yacarés y carpinchos son mascotas libres y uno puede internarse en un bote de remos para descubrir, ocultas entre totoras erguidas, las intimidades del ciervo de los pantanos o la huida del chajá. Los Esteros son islas gigantes flotantes y, por lo tanto, cambian constantemente su ubicación. Por esto es recomendable ir en compañía de un guía. Durante el trayecto no es mala idea bajar a caminar un poco. La consistencia esponjosa del suelo regala una sensación extrañamente agradable, como pisar un gran colchón de gomaespuma. En Colonia Pelegrini hay poco más de una veintena de casitas que le hacen frente a la humedad y están rodeadas por eucaliptos, que aquí parece ser el árbol nacional. El único bar, el “Saindatú”, tiene como barra algunos tablones sobre caballetes y un televisor constantemente encendido que transmite series norteamericanas de los años setenta. Cada día suena el chamamé desde los altavoces. Todos –o casi todos– los gauchos llegan a caballo, los atan en el palenque principal del bar, tiran los sombreros hacia atrás y los dejan colgados sobre la espalda. Empieza el baile; el cuerpo a cuerpo hacia un lado, el cuerpo a cuerpo hacia el otro, dominado por el ritmo del acordeón. Amigable es el clima. Sólo hay que tener un ápice de cuidado y no mirar demasiado a la chinita (mujer) ajena.

Ciervo de los pantanos

 

No hay que olvidar que esta es tierra de cuchilleros. Y no es que la vida no valga nada, pero el facón es un arma cotidiana que para muchos forma parte del cuerpo. Va enganchado en el cinturón y no es tan extraño encontrarse con algún duelo entre varones si la cosa se pone espesa. Cuando empieza a amanecer cada paisano se va trepando a su caballo y se desmaya, queda colgado con los dos brazos sobre el cuello. No hay problema: todos en Iberá están seguros y convencidos de que su animal lo llevará de vuelta a casa.
Mezclarse con los habitantes locales es la mejor manera de descubrir el paisaje geográfico y cultural. La Mesopotamia combina sus paisajes de selva, esteros, misiones y cascadas con una particularidad folclórica que podría definirse a partir de su devoción por el “Gauchito Gil”, el chamamé, los sombreros negros, la doma y la figura mitológica y real del jaguar. Esta es su tierra. Y para mí el fin del trayecto.

Texto y fotos: Martin Correa

CÓMO IR

Con Iberia (www.iberia.com), hasta Buenos Aires. Ya en Buenos Aires, Aerolíneas Argentinas vuela a Posadas, capital de Misiones, y a Corrientes.

QUÉ SABER

Formalidades de entrada. Con el pasaporte en vigor, los españoles no necesitan visado para una estancia inferior a 90 días.

Cuándo ir. La mejor época para visitar la región es de octubre a mayo. La menos recomendable es durante el verano, cuando hace calor húmedo, abundan los insectos y coincide con la época de mayor pluviosidad del país. En las proximidades a las cataratas de Iguazú el ambiente es un poco más fresco.
Idioma. Además de español, en las provincias de Misiones y Corrientes también se habla Guaraní.

QUÉ VER

En la Provincia de Misiones
Parque Nacional de Iguazú. Las cataratas de Iguazú son consideradas una de las grandes maravillas naturales del Mundo, con una magnitud superior a las del Niágara y Victoria.

Las Misiones. El nombre de Misiones procede de que en este territorio se asentaron, a principios del s XVII, poco más de una docena de misiones organizadas por la Compañía de Jesús. Derruidas murallas, paredes y columnas labradas por antiguos artesanos, iglesias abandonadas y comidas por la selva son el testimonio de su legado. En las proximidades a la ciudad de Posadas, capital de la provincia, se pueden visitar numerosos vestigios de estas misiones de los Jesuitas, la mayoría perdidas en la jungla. Sólo las ruinas de San Ignacio Miní han sido limpiadas completamente de vegetación y pueden visitarse.

Entre Posadas y San Ignacio hay ruinas de otras misiones peor conservadas:
La Candelaria. Aún perduran algunas paredes de piedra. Fue sede de las principales autoridades jesuitas de la región.
Santa Ana. Fundada en 1637, una amplia escalinata nos da idea del tamaño de la iglesia que se alzaba aquí. Loreto. En las proximidades del pueblo de igual nombre, fue fundada en 1632 y se mantienen en pie algunas paredes. Con la prensa de esta misión se editaron los primeros libros en la Argentina.
Posadas. Capital de Misiones y en la margen izquierda del río Paraná, es centro de un extenso territorio dedicado al cultivo del mate, y punto de partida para excursiones a la ruinas de las misiones Jesuitas, a las cataratas de Iguazú y a los Esteros del Iberá. La ciudad en sí es moderna, aunque en la zona de Bajada Vieja se conservan algunas de sus construcciones más antiguas. Sus puntos de interés son: el Museo Regional e Histórico de Misiones en el parque República del Paraguay; el Museo Provincial, en la calle Sarmiento, 317, donde se exponen tallas de las misiones; el Palacio del Mate (Bolívar, 324), con un museo sobre la hierba mate; el Museo de Ciencias Naturales (San Luis, 390) con un pequeño zoo, un acuario y un serpentario donde en el mes de julio hay una demostración de extracción del veneno de las serpientes. En la calle Alberdi, 602 hay un mercado de artesanías y cerca del embarcadero está el Mercado Paraguayo, donde se venden productos de este país.

En la provincia de Corrientes

Esteros de Iberá. Al norte de Corrientes, entre las cuencas del Paraná y el Uruguay se extiende una región que ha provocado el estancamiento de grandes masas de agua causadas por las lluvias subtropicales de la región. Conocida como los Esteros de Iberá, este ecosistema abarca más de 20.000km2, siete lagunas, cuarenta y tres espejos de agua menores y es un dédalo de lagunas, bañados y esteros de aguas cristalinas. “Galarza”, “De Luna”, “Iberá”, “Fernández” y “Tigre” son los nombres de las lagunas principales. Entre su variadísima fauna destacan especies al borde de la extinción como el ciervo de los pantanos, el lobo rojo y dos variedades de yacarés, además del capibara, la nutria o el mono aullador.

DÓNDE DORMIR

En Puerto Iguazú, Hotel Cataratas. Ruta 12, km 4.

En los Esteros del Iberá, Estancia San Juan Porlahú (Marcos García Rams, 3483. En Loreto (Corrientes)). Es una de las estancias más antiguas y tradicionales de todo el nordeste de Argentina, fue fundada por los jesuitas el siglo XVII. Aquí se realizan excursiones a pie, a caballo, “pick-up” y “chatas”, embarcaciones tradicionales ideales para navegar por lagunas y esteros. Los precios son asequibles y el personal es siempre muy cordial.

En la Colonia Carlos Pellegrini, Refugio de la estancia Villa Francisca (Calle Sarmiento, 465. Código Postal 3470 de Mercedes (Corrientes)). Se participa en las actividades de la estancia y se recorren los Esteros en lancha.